Señor Jaíd


Fíjese, compadre, que ando retriste. Como que se m’antoja abrirme el corazón, a ver si así mi deja de pegar aquí en el pecho, porque mi duele retiarto. No he comido nadita, ¡al cabo que ni mi da hambre! Es que mi quede solo, compadre. Se mi fue la Margarita con las chiquillas; se devolvió para su rancho. Y se lo juro, compadre, que yo mi lanzaba por ellas, de veritas se lo juro, si no fuera que es toditita mi culpa…


Jaíd vivía en El Arrollo, una comunidad apartada del pueblo de San José por 7 kilómetros de terracería. Se había llevado a Margarita a vivir con él después de que ella quedó embarazada. Por las mañanas, Jaíd se subía a la caja de la primera pic-up que se cruzara en el camino y se iba al pueblo. Cuando había trabajo, era albañil, cuando no, era cualquier otra cosa. El terminar la jornada se iba con los vecinos a la cervecería del Chato.

Un día lo despidió el maestro de obra; había arrebatado el martillo del carpintero para darle un golpe en la cabeza. Eso era lo que sentía él: el ruido convertía a sus sienes en clavos y recibían cincelazos.

— ¡Pa’ que callé el ruidajo con los clavos! — fue todo lo que alcanzó a decir antes de que el carpintero se alejara corriendo.

No hubo trabajo ni patrón que le pagara, pero al final del día fue con el Chato de todos modos, para matar la resaca. Ramiro, su vecino, ya le llevaba un cartón de ventaja y estaba tirándose amenazas con un sujeto. ¡Qué escandalosos! Las amenazas se materializaron en botellas quejumbrosas: gritaban mil chillidos en mil piezas de vidrio desparramado. Jaíd quería silencio, y se fue a meter en el embrollo. Le reventaron el pómulo izquierdo. Al final los corrieron, a él y a Ramiro, y a caminar para la casa; a esa hora no había quién los llevara a El Arrollo.


— Pero yo nunca fui borracho, compadre, se lo juro que no. Mi viejo me lo dejó bien clarito. Sí me tomaba la cerveza con los otros, así, por el puro argüende, pero borrachos ellos. De verdad que yo nunca fui borracho.


Larga fue la caminata y la tierra casi había dado la vuelta cuando llegó a su casa. Margarita estaba dormida. Él se tumbó a su lado. Le ardía la cara y le punzaban los pies, necesitaba dormir… dormir mucho… dormir bien… No supo cuanto tiempo pasó, pero para él pudo ser sólo un segundo cuando la niña empezó a llorar.

— ¡Ándale por la niña, Jaíd — le dijo Margarita adormilada — . Yo la tuve cuidando todo el rato hier. ¡Ándale! pa’ que no andes llegando retarde como hier.

Jaíd podría haber estado dormido, pero no lo estaba. Se levantó, erguido como una montaña, le martillaba la cabeza y el llanto era como un taladro. Lanzó un zarpazo a la mujer y la tomó del cabello. Tiró con fuerza hasta sacarla de la cama, como si se tratara de un costal de cal.

— ¡Ni mi andes mandando como perro! la chiquilla anda rechillona por tu culpa — . Arrastró a su mujer fuera del cuarto y la arrojó sobre la cuna de la pequeña, que lloraba con más fuerza ahora. No fue la primera vez.

Jaíd volvió a tumbarse en la cama y se perdió en un mundo mejor al nuestro.


— No soy yo, compadre. Se lo prometo que no. Es que mi coge el enojo. Es el enojo, se lo juro que es él. Mi coge y no soy yo.


Abrió los ojos con alivio, como quien despierta de una pesadilla. No recordaba exactamente qué había soñado, imágenes borrosas se presentaban interrumpidas por la neblina de la lucidez. Salió de su cuartito y vio a Margarita dormida en un sillón con la pequeña en brazos. Recordó todo; fue una pesadilla, pero no un sueño.

— ¡Güerita, güerita bella! — dijo arrojándose de rodillas ante su mujer — ¡Perdóname, rechula! ¡Perdóname de favor! que ya sabes que ti quero, ti quero de veras. ¡Ay, güerita chula! mi princesa, es que mi cogió el enojo. Ya sabes que mi coge el enojo y yo no se que hacer. ¡Perdóname, mi güera! ¡Ándale, sonríe! No mi voy hoy pa’ el pueblo, ni con el Chato. Mi quedo ‘qui con las chamacas, pa’ que tu ti vayas con doña Tila a descansar. ¡Ándale! pa’ que me perdones. Y en la noche, arrejunto a los muchachos y ti tocamos la canción que tu queras.

Eran cerca del las tres cuando Margarita se fue con doña Tila y Jaíd se quedó con las niñas. Conectó la antena de conejo, remendada con cinta y alambres, a la televisión, pero no había fútbol, entonces dejó que su hija mayor escogiera. Fue cayendo el sol, a Jaíd le empezaron a arder los ojos. La pantalla se volvía cada vez más brillante, había estática y casi no se escuchaban las caricaturas; la niña subió el volumen, la estática se hizo más fuerte.

El zumbido en sus oídos penetraba más y más en su cabeza, tanto que sentía lo sentía hormiguear entre las punzadas de la jaqueca. Sus ojos eran atravesados por alfileres de luz.

-Ya ‘pagala, chata.

-Horita, pa.

-¡Que ya! ¡A mí mi obedeces!

Jaló a la niña del brazo, arrancó el control de su mano y lo arrojó a la pantalla, ahora craquelada. Pero seguía brillante y seguía zumbando. Le tiró una patada y el aparato rodó por el suelo. La niña pequeña comenzó a llorar y él se volvió a ella todo furia, todo truenos, todo tormenta. La mayor corrió, tomó a su hermanita y salió corriendo de la casa a buscar a doña Tila. Margarita no volvió.


— Se mi fueron, compadre. Mi dejaron resolo. Y ya se mi va usted también, ya mi lo eche completito, compadre. Nada más le pego otro trago y mi quedo con la purita botella vacía.

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