La Calaca Desorientada

5 días deambulando en el Cerro Cuericí


El sol se ocultó hace un par de horas, cayó la noche apresuradamente en la espesura de esta ladera, somos privilegiados lector, tu y yo somos testigos fantasmas, volamos sobre la montaña, vemos la tarde acabar y como la noche se adueña de todo, allá abajo la jungla despierta, bajo nosotros un bosque hermoso, escarpado y hogar de cientos de criaturas selváticas, no así de humanos, ni el más ferviente ermitaño eligiría aquel sitio para afincarse, pero lo indómito no le resta belleza.

Si te creyeras a salvo de toda amenaza y peligro, ¿descenderías en este bosque? ¿Avanzarias conmigo por esta majestuosa y estremecedora montaña? El puma en ese roble imponente no puede vernos. Ven…

El terreno es escabroso, empinado, el follaje se cierra ante nosotros, en consideración a ti prevalecerá nuestra licencia fantasmal y nuestro avance no se verá obstruido por los látigazos de las ramas; entiendo tu desconcierto lector, ¿música? ¿Esta región no debería estar a salvo de tan urbano elemento? Sin embargo, podemos escucharla, el sonido procede del rincón más alejado de esa saliente, vemos también una escasa claridad producida por pequeñas lámparas, ven conmigo lector, vayamos hacia ella.

Eres apenas consciente de pasar una diminuta tienda de acampar, escucha, son murmullos adentro, un llanto calladito, pero este no es nuestro destino, avancemos hacia la luz, Otra tienda un poco maltrecha, sin duda por el suelo colmado de piedras, menos mal que no tenemos cuerpo al cual darle acomodo lector porque en ella no queda espacio, con la escasa luz se iluminan los rostros de sus cuatro ocupantes.

Ahora puedes verles.

Se ríen, sus miradas guardan complicidad, como niños que comparten un secreto misterioso, tienen la certeza de estar con la gente correcta, de aquellos que si no pueden sacarte del hueco, bajarán a hacerte compañía. Unos meses después, tampoco demasiados, escriben su versión de la historia.

El pequeño chocolate que se reparten y la música que escuchas es su único presente año nuevo, deciden emplear unos minutos de uno de los celulares, y en ese modesto detalle encuentran alegría, su aspecto es bastante menos favorecedor, eres afortunado al acudir en modo fantasmal, te salva de enfrentar el aroma que emana de estos 4 viajeros errantes. Su travesía de cuatro días por la montaña les tiene extenuados, caminando por las orillas de un río acaso hogar de quién sabe cuántas serpientes, sorteando acantilados, resbalando peligrosas laderas, treparon interminables cuestas, se han arrastrado cansadamente a traves de matorrales cerrados, todo esto cargando sus enormes mochilas, esta noche no tienen una gota de agua.

Podemos ver las siluetas de los insectos recorriendo la superficie de la tienda, y cuando la luz se apaga, todos inician su sueño intranquilo.

Desconozco el porqué de mis limitaciones como narrador, sé que no tengo acceso a las memorias de todos, tendrás que hacerte una idea con los recuerdos de uno de los viajeros. Ella. La del curioso sombrero de orejas peludas, hay por lo menos 2 sombreros en su mochila, ninguno particularmente funcional, al ser esta su primera expedición con equipaje, se podría aventurar que en un futuro le alcanzará con una gorra. No es así. Se llevaría el sombrero seleccionador de Hogwarts si tuviera acceso a él.

Estamos aquí para recorrer su Biblioteca de Memorias, ese lugar dentro de cada uno donde atesoramos vivencias, no es tan fácil para ella acceder a todos sus recuerdos. No sé porqué. Sabe que a veces recuerda lo que quiere olvidar y olvida lo que quiere recordar, del mismo modo hay rincones grises en su biblioteca que no desea visitar. Quizá la mala memoria es su amiga.

Llegamos a un librero etiquetado Cuericí. En la primera repisa hay 3 frascos. Uno con musgo, el otro contiene una especie de espinas y el último esta lleno de algo azul. No sabría decir que es. Déjame abrirlo. ¿Es esto es listerine?. Supongo que solo ellos conocen la relación, lo importante es que dimos con los recuerdos de estos 5 días que vivirán en ella siempre.

Acceder a sus recuerdos de -La yunta- cuesta muy poco. Poquísimo. Ella quedó fascinada por este par de tórtolos. La forma en que él la mira, como se cuidan y juntos velan a sus cuatro hijos adoptivos durante aquellos 5 días, el buen sentido del humor con el que se ríen de ellos mismos. Y se conocen tan bien. Ese efecto de complicidad que sobresale cuando se hablan. Ya me contarás si esto no es lo que todos anhelamos. Compañía de la buena. Incluso en los momentos más desesperantes se tienen fé, siempre guardando algún bocadito especial para el otro, ella valienta, heroína, siempre con una palabra amable para regalar, siempre con su tono dulce, siempre desprendida y él un capitán, siempre fuerte y procurando sacarles adelante. Si se puede. Si salimos. Y siempre amoroso, detallista, juntos quedaran en su memoria, como la pareja feliz, preparada, el uno aprendiendo del otro, siempre piropeandose, compartiendo el cafecito, peleando de mentirillas. O en serio. Pero rápido pasa, aún a distancia seguían siendo un equipo, se escuchaban. Todo eso, más el cariño que recibió de ellos todo guardado en este librero de recuerdos.

Siempre me gustaron las historías de amor. Y de la siguiente repisa el amor se desparrama. ¿Son muchos osos de peluche? Talvez.

EL, su gran amor, el premio más grande con el que le recompensaría el cerro. Esta claro que para aquel tiempo ese bonito amor suavemente estaba naciendo. Pero eso se nota aunque no quieras. Especialmente si no quieres que se note. EL los acompañaría a la montaña, la noticia le alegró el corazón. Otro indicio del rumbo que llevaba su amistad. No puede evitar sonreír cuando hablan de la desconcertante y sutil forma que tenía ella de corresponder al amor que tocaba a su puerta.

Siempre fué precavida con el amor. Hermética. Ahora que lo ha vivido con el alma. Se da cuenta. El corazón no debe ser blindado, el amor se deja salir a raudales. Hay que ser amor. Para experimentar amor. Amor no es algo que puedas predecir, el amor llega exactamente cuando debería y nadie sabe cuánto tiempo se va a quedar. No se fuerza, se vive y se disfruta sin egoísmo.

De sus días perdidos ella colecciona tantos recuerdos cálidos con EL. Abrazos de madrugadas frías. Dormir bajo una roca a merced de la noche. Lograrías dormir lector? No, yo tampoco. No hay sitio para armar la tienda. Es una montaña, cuesta de creer, pero no lo hay. Ella se refugia en sus brazos en momentos en que se siente vulnerable. Recuerda verle feliz y conmovido con los regalos de la naturaleza. Paisajes inolvidables, atardeceres mágicos. Sufrir por él cuando se quedaron sin agua. Hay cariño. Por eso la preocupación no es solo por uno mismo. La expresión de absoluta felicidad de él cuando al fin pudieron bañarse en un río al 5to dia. La sensación de alegrarse tanto por el bienestar de los demás. Temblorina por miedo de montaña. El le tranquilizó. El día que sus miradas se cruzaron de orilla a orilla en un río en Peralta de Turrialba buscando el túnel del Ferrocarril. Ese fué uno de los días más afortunados de su vida. Ella sabe .

Siguiente repisa. La más artística, arte emo llamaría nuestra protagonista. Le pertenece a -La artesana del monte- parece un taller miniatura, lleno de lienzos, una colección de materiales descabellados. Cuando conversan siente que esta frente a una Pocahontas contemporánea y sobrada de talento.

La montaña le favoreció con esta alma gemela de la montaña. Con quién intercambiaba sonrisas francas y dulces abrazos durante los 5 días en Cuericí . Con la artesana del monte comparte la pasión por la tierra. Es la que entiende que en los caminos de los cerros se sienten realizadas. Fuertes. Encajadas en un par de burros se sienten guapas. Con atuendos de americana están sobradas para conquistar la montaña más alta. Una artesana que recibió cada mañana fría como un regalo y entiende como ella el privilegio que fue vivir cada momento de esa experiencia, le vio agacharse para avanzar entre la maleza con coraje, aceptando también las partes abrumadoras de la travesía, la que nunca dejó su pasión por la fotografía de lado, la que se convirtió en profesional empacando la mochila. Siempre estará en su corazón, a la que le tocaba huevito duro solo, el cabello invadido por las marañas, la que lo compartió todo hasta el final, la que enfrentó sus miedos. Meses después la artesana del monte le pide que recolecte sus cabellos en un tarro. Con fines artísticos imposibles de adivinar. Que se le va a hacer?, recolectar los pelos. Eso es lo que se va a hacer.

Compartir una aventura como aquella con su hermano es sobre todo mágico. Ese chocho poeta. Llegaron de la zona sur. Ya sabes, su familia. Cuando ella y su hermano tenían 7 y 8 años. Dieron sus primeros pasos en botitas. Un dúo de esos que casi se leen la mente. Juntos todo es aventura. Como Mario y Luigi. Como Phineas and Ferb.

Rocky and Bullwinkle.

Vaca y Pollito.

5 días en Cuericí nunca le faltó una sonrisa. El chocho poeta el más apestosito de los 4. Un logro muy reñido. Lo ganó gracias a una caja de leche que explotó en su bolso desde el segundo día. En una parada para descansar, ella llegó incluso a confundirle con un bicho muerto, cuando iba buscar otro lugar para sentarse, descubrió que el olor provenía de su hermano que tenía casi al lado.

El chocho se convirtió en el sabueso rastreador. Se aventuraba en la espesura buscando salidas para ayudar al navegante. Siempre fuerte, siempre sonriendo. El loco que consideró bajar por un precipicio a noche cerrada para conseguir agua. A quién se le ocurrió la atinada idea de llenar el fondo las tiendas con musgo para resistir mejor el frío. Todos estos recuerdos guardados en el anaquel más hippie de todos.

Quinto día. El último, el día en que finalmente salieron de Cuericí. Tantos recuerdos para explorar en su mente, la primer comida al salir, lavarse la cara con jabón después de 5 días. Los asientos del carro que les llevó hasta Perez Zeledón. Lo suave y acogedora que le resultaba la cama.

Las historias se cuentan y algunos detalles se omiten. Para estos 6 aventureros, lo importante es la hermandad que nació en la montaña.

Gracias a Laura Villalta por motivarme a escribir sobre Cuericí.

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