En estos tiempos en que el miedo intenta ganarle al amor

Y el cansancio a la voluntad de dar

Solo me queda gritar.

Camino por 18, en silencio, conmigo

Cuando levanto la mirada y lo único que me encuentro son parejas de la mano, que parece que no se pudieran soltar por nada del mundo. Caminan mirando a las demás personas de su al rededor con miradas de advertencia, como si estuvieran marcando su terreno, como si su pareja fuera su propiedad privada y la mínima mirada hacia ésta que no salga de sus propios ojos hará que surga una bestia escondida entre los corazones del día de San Valentin y los tantos chocolates y dulces que comieron en la cama antes de salir.

A veces me gusta mirarlos a los ojos, sonreirles, simplemente para ver sus expresiones. El miedo se manifiesta enseguida, su lenguaje corporal esta más que claro, la inseguridad los rodea.

Cuando están solos, sean personas con pareja o no, siempre buscan seducir al otro; sin jamás haberse primero seducido a ellos mismos. Buscan la aprobación del otro, pero frente a una mirada ajena directa hacia los ojos o una sonrisa de frente y sincera, ellos se derrumban nuevamente, reaccionan de formas tan diferentes pero iguales a la vez. Algunos devuelven la mirada o la sonrisa, pero de un modo seductor sensual-superficial, buscando la aprobación del otro en su respuesta y creyéndose dioses al tenerla, solo por unos segundos, obviamente. Otros responden con miradas frías, rostros serios, cuadrados, como malhumorados o a veces sin mucha expresión, pero marcan un territorio de “peligro, dentro de mi hay un perro” un perro que ataca, feroz, protegiendo su propio espacio y sin dejar que nadie invada ese lugar que al fin y al cabo, ni ellos realmente conocen.

Hoy en día se está perdiendo la mirada sincera, la sonrisa luminosa, los labios que dicen “Te amo” y los corazones que lo sienten. El ego, nuestro escudo frente a situaciones de riesgo y nuestro colador a la hora de elegir y presentarnos, esta sufriendo un gran desequilibrio el cual si no logramos ser conscientes de esto y bajarlo al piso, seremos simplemente caretas caminantes, creyentes de una realidad inventada por no poder aceptar la propia, sonriendo a la falsedad de la supuesta alegría de poseer y ser poseído. Inundandonos en la soberbia, prejuicios, ignorancia y los oídos sordos que siempre los acompañan.

Los miro, les sonrío, y me pregunto ¿su esencia algún día volverá a la luz? ¿ganarán tanto ocultandose? ¿qué se sentirá pasar la vida ocultándose de uno mismo? ¿volverán los abrazos llenos de afecto? ¿y la sinceridad de un “te amo” donde ha quedado? Tantas preguntas y mil respuestas más tengo en mi mente, que la verdad sigue de largo, o quizás esta escondida entre mis propias máscaras sin ojos.

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