Después del baile
[Este relato está basado en un dibujo de Silvia Coleto. ¡Espero que te guste, Silvia!]
En la inmesidad del Atlántico norte lo único que se divisa son las luces del pesquero. Se balancea sobre las olas, oscuras en la noche polar, recorta una sombra más profunda sobre el cielo lleno de estrellas. A lo lejos se distinguen los filamentos vaporosos de la aurora boreal, verde y rosa y verde otra vez, y el resplandor tiñe el metal del casco de la nave de colores.
Las profundidades de ésta duermen también. La decena de personas que forman su tripulación descansan o montan guardia, pequeños rescoldos de consciencia entre el puñado de mentes dormidas. Mientras tanto, más allá del metal de la quilla, en el agua negra y casi congelada, algo late, espera. Su esencia sube hasta la superficie, acaricia el acero con dedos hechos de burbujas y voluntad, se agita en sueños. Lleva casi un siglo con los ojos cerrados, pero puede esperar un poco más; los milenios lo han hecho paciente.
El cadáver sube a la superficie alrededor de las doce del día siguietne. El sol es un disco blanco a pocos centímetros del horizonte: el día no ha acabado de nacer y ya se está muriendo. En la penumbra grisácea, al principio se piensan que es un pez muerto, un trozo de hielo, que cabecea entre las olas. Luego distinguen un brazo azulado, los jirones de un vestido de seda verde, y la tripulación, confusa, se pone en movimiento. Con todo el cuidado del que son capaces, enganchan el cuerpo y lo suben a cubierta, el cadáver golpeando con un ruido húmedo contra el costado del barco, goteando gélida agua salada.
Es una mujer, muerta, casi congelada. Algo ha devorado sus pies, y sus ojos, de un color azul nublado, miran a la nada. Lleva un traje de noche de seda verde intenso, una gargantilla de brillantes entorno al cuello, y su espesa cabellera castaña se desparrama, enmarañada y empapada, cuando la bajan a la cubierta.
Toda la tripulación observa el proceso en un silencio apenas roto por el ruido de las olas contra el casco, el silbar del viento; casi todos son veteranos, de un puñado de países distintos, supervivientes de tormentas y desastres, y nadie ha visto nada así jamás.
Dejan el cadáver, envuelto en plásticos, en el interior de uno de los enormes congeladores que utilizan para guardar el pescado. En la penumbra, la muerta parece dormida, a pesar de los ojos abiertos y el vestido de baile. Cuando intentan ponerse en contacto con el continente, comunicar el descubrimiento, la radio falla: interferencias. Tras una corta discusión con su segundo, el capitán del pesquero decide seguir el viaje.
Noche de nuevo. La puerta del congelador, en medio de la cubierta del pesquero, está abierta de par en par, las dos planchas de acero desplegadas como alas de mariposa. El aire es tan frío que corta, y la cubierta está desierta, y lo único que se escucha es el rumor del mar, el chapoteo de las olas, el petardeo del motor del barco. Van hacia el norte, hacia las luces de la aurora boreal. El barco cabecea, tranquilo, sobre el agua negra; la tripulación está dormida, y la única luz sale de la cabina, donde el capitán sigue despierto. Tiene las cartas de navegación desplegadas en el escritorio, la caja de la radio abierta a un lado de la mesa, y en el silencio nocturno que en realidad no lo es, siente más que oye cómo le late la sangre en los oídos.
No entiende por qué no funciona la radio. De solo captar interferencias el aparato ha pasado a no encenderse, a pesar del perfecto estado de sus tripas. No solo eso: en algún momento, el barco pesquero ha equivocado su rumbo. El capitán, a pesar de veinte años de experiencia, no sabe muy bien dónde están.
Alguien llama a la puerta de la cabina, y en el silencio nocturno el ruido le hace saltar en su silla. No se ve nada a través del cristal que hay en la parte superior, pero el hombre se levanta y, la cabeza aún perdida entre los mapas y la radio, se dirige hacia la entrada.
La cosa de las profundidades vuelve a conciliar el sueño en su fosa, a millas y millas de profundidad. El barco pesquero, al hundirse, deja un rastro de burbujas que ascienden hasta la superficie, se pierden en la oscuridad. La mujer muerta desciende también a través del agua casi gelatinosa, una bailarina en caída libre, su cabello castaño y el verde de su vestido flotando como algas. Hace setenta años que duerme en el fondo del mar, y ya es más criatura que cadáver.
La entidad la acoge entre sus naufragios, y le promete otro baile.
