Incendios
[Este texto fue escrito el día 19 de junio de este año.]
Desde la parte de arriba del cerro se veía la humareda, negra sobre el rojo anaranjado de las llamas. Pintaba de gris sucio el cielo deslucido de julio, libre de nubes, el sol una cosa blanca y ciega muy arriba. Entre ellos y el incendio estaba el río, poco más que un hilillo de agua sucia bordeada de matas, pero sabían que haría muy poco como cortafuegos.
Lucía y su padre se pasaban los prismáticos, la gorra bien calada hasta las cejas, los pies ardiendo dentro de las zapatillas. Olía a tierra seca, a pinos recalentados, y, por debajo de todo ello, a humo. Una mosca negra y gorda les rondaba, confusa, buscando la sal de sus pieles. Cuando comenzó a levantarse el viento se fue, sin embargo: las moscas también arden.
El incendio se desperezó. Las llamas crecieron de la nada, bebiendo el oxígeno del aire, extendiendo los miembros sobre el césped seco del prado. Si achinaba los ojos, sin mirar a través de los prismáticos, a Lucía le parecía ver una pequeña figura humana entre el fuego, negra y delgada y sonriente.
El viento soplaba desde el pueblo, y, como siguiendo el olor a casas y humanidad, el incendio comenzó a extenderse en esa dirección, contracorriente. En algún sitio comenzó a sonar una campana; como hormigas, los bomberos vestidos de rojo de la torre de vigilancia de la entrada comenzaron a moverse, preparando las mangueras, preparando las sacas de arena.
Lucía miró a su padre. El hombre, atezado y encogido, seguía mirando a través de los prismáticos, la mandíbula apretada y los nudillos pálidos.
— Papá, ¿bajamos?
Éste bajó los prismáticos, y, durante unos segundos, Lucía le vio pensar, calcular posibilidades. La adolescente, por su parte, no estaba segura de que valiese la pena. Entre ellos y el pueblo estaba el río, el incendio, y metros y metros de prado seco y ardiente. El fuego les llevaba ventaja.
Una nueva ventolera les dio con el humo en la cara.
El hombre torció el gesto, con desagrado, y negó, silencioso. Cuando se inclinó para recoger su mochila de entre la tierra, Lucía le imitó.
Echaron a andar, con la cadencia y el paso largo del que está acostumbrado a comerse los kilómetros con los pies. Pronto dejaron atrás el incendio. No el olor a humo.
*
El mar estaba lejos, pero no tanto como al principio. Los incendios aparecían y desaparecían por el camino, como estrellas. Uno les cortó el paso cuando cruzaban Albacete, y tuvieron que desviarse, salir de la vieja autovía. Las llamas les ignoraron, demasiado entretenidas calcinando los coches abandonados, jugueteando con los restos de gasolina bajo el cielo azul. Eran como niños, jóvenes y fugaces, inocentes en su destrucción.
Lucía y su padre se detenían en los pueblos y aldeas que sobrevivían, y cambiaban trabajo por agua, por comida, por noticias. A veces, aviones del ejército cruzaban el cielo libre de nubes con un rugido, en dirección a algún lugar lejano, sin parar jamás: el desierto ardiente en el que se había convertido España no merecía más atención. Los pocos viajeros con los que se cruzaban iban siempre para el norte, hacia donde decían que aún quedaba verde: Lucía y su padre eran la excepción, y la gente les miraba con lástima, con desconfianza, con una mezcla de pena y burla en la mirada. Qué pretenden estos locos, parecían decir. También hay mar en el norte.
Lucía no sabía por qué su padre quería ir al Mediterráneo. Tampoco le importaba la razón. Aquel hombre, triste y cansado y envejecido, era lo único que le quedaba. Todo lo demás estaba muerto. Si él quería llegar al mar, ella le acompañaría, costase lo que costase.
*
Cuando su padre murió, debido al calor y el agotamiento y algo que se parecía extrañamente a la pena, Lucía pasó dos días velando el cadáver, sin saber bien qué hacer. El hombre se había desplomado una noche, de golpe y sin mediar palabra, mientras acortaban campo a través por la tierra ardiente, los incendios jugando en la oscuridad como estrellas rebeldes. Cuando atardeció el primer día, el cadáver había comenzado ya a pudrirse, y el olor a carne en descomposición comenzaba a atraer animales de muy lejos. Esa noche, Lucía se la pasó en vela, el viejo machete de su padre entre las rodillas y los ojos muy abiertos, respirando el olor del cadáver y escuchando los aullidos de los perros, el zumbido de las moscas.
Aún así, Lucía se resistía a abandonarle. El cadáver del hombre que había sido su padre se consumía ante sus ojos; los perros, cada vez más numerosos, rondaban en manadas famélicas; y el mar, el maldito mar, estaba muy lejos.
Lucía no llegó a llorar: hacía meses que se le habían secado las lágrimas. Pero cuando le cortó la cabeza, cuando la metió en la mochila vacía que había sido de él y echó a andar, el peso caliente y apestoso colgado del hombro, se le hizo un nudo en el estómago. Tardó en distinguirlo del hambre.
*
Lucía siguió el camino. Conforme se acercaba al sur, las montañas crecían, cerros y gargantas, resecas y peladas. En los trozos en sombra crecían árboles achaparrados, ennegrecidos, matorrales de un verde casi gris. Y el fuego, siempre. Los incendios bailaban, enloquecidos, en las crestas en los cerros, en las ruinas de las casas de campo, entre los coches abandonados en las carreteras, el asfalto hirviendo bajo el calor y las llamas acariciando el metal.
Ya no había gente, solo fantasmas, asomándose a través de las ventanas, hablando desde el otro lado de las murallas de los pueblos, voces sin cuerpo y sin aire. Los castillos, supervivientes de épocas lejanas, se asomaban desde las crestas de los cerros, el humo pintando espirales grises sobre las almenas amarillas.
Su padre pesaba cada vez más, olía cada vez peor. La pequeña manada de perros le dejó de seguir cuando dejó atrás la vieja señal de tráfico que indicaba que ya estaba en Alicante.
Dos días más tarde llegó al mar. Primero le tocó el olor, sal y agua rompiendo la monotonía del humo. Luego encontró la arena, las dunas, los pinos retorcidos y chaparros.
Lucía se quitó las zapatillas cuando llegó a la orilla. El agua tibia le refrescó los dedos recalentados, llenos de ampollas.
La adolescente sacó a su padre de la mochila.
— Mira, papá. La playa.
