Marrajo

María
María
Jul 23, 2019 · 10 min read

Perdió el ojo derecho antes que el izquierdo. Sol; el cielo azul; alas, y el dolor, la negrura. Habían pasado días de eso; ahora, lo único que le dolía a Marrajo era no haber podido preguntarle al pájaro su nombre. La palmera estaba en la orilla del camino, única y solitaria, exiliada. Cuando aún tenía ojos, Marrajo seguía su sombra sobre la tierra blanca, el sol siempre a su espalda. El pájaro que le había robado los ojos también le había robado el tiempo.

Los nombres eran tan necesarios como los puños y el buen metal para la venganza. Marrajo, como veterana, lo sabía bien. Los años la habían hecho profesional, si no sabia: los hermanos de los muertos se convertían en muertos, que también tenían hermanos. Los cadáveres que dejaba tras de sí en sus vagabundeos harían fértil hasta una tierra tal, seca y amarilla e inclemente.

¿Por qué lo hacía?

Por orgullo. Porque podía. Por miedo, especialmente: Marrajo y sus hazañas, antes de que su nombre comenzara a rezumar sangre, la habían convertido en poco más que un vientre lleno de vísceras. Comenzó a vengar los insultos, aterrada por la amenaza de su propia mortalidad: habían pasado veinte años, y aunque el miedo a la muerte no había desaparecido, todo lo que la había hecho famosa tiempo ha había sido olvidado, sustituido por los hijos muertos, las madres asesinadas. La muerte nos sigue a todos; es inevitable, como el cielo azul en verano y la crueldad de las avispas. Pocos, sin embargo, la invitan a cenar día sí y día también; pocos creen que una buena cena te compra noches de vida. Marrajo llevaba décadas bailando con la Sin Dientes, sacrificando almas sin piedad; la mujer, que una vez fue alabada como heroína, salvadora, se había convertido en algo tan o más terrible que la muerte.

Los nombres eran importantes; ella había perdido el suyo. Si alguna vez Marrajo no fue Marrajo, Marrajo lo había olvidado.

*

Las noches y los días se sucedían. Marrajo había perdido la cuenta. Quizá dos, tres; quizá más. Las horas de calor abrasador de la mañana alternaban con el relativo frescor de la oscuridad. Las chicharras eran la única constante. Las moscas no desaparecían con el sol, pero sí calmaban sus zumbidos, se resguardaban en lo que quedaba de su ropa, en las cuencas de sus ojos, en las briznas de su cabello, negro y sucio y rígido como la aleta del animal que le había prestado el nombre. No sentía ni pies ni manos; solo tenía espacio para la sed, el terror, la furia. Maldecía a los dioses, que no la habían hecho lo bastante fuerte: sus ligaduras eran gruesos cabos, como los que usaban los pescadores de las Tres Hermanas en sus expediciones mar adentro.

Quien a hierro mata, a hierro muere, pero Marrajo siempre había pensado que el camino sería más corto.

Sabía que estaba empezando a perder la cabeza. Alguien la llamaba, de manera intermitente, desde más allá del camino, madre o hija, no conseguía recordar quién. A veces sentía dedos suaves acariciándole el rostro destrozado. Se esforzaba en soñar, pero la furia, el miedo, le arrancaban del recuerdo una y otra vez. La casa en las montañas en la que pasó meses de joven rota, irrumpida por el recuerdo del juicio. Noches de taberna amargadas por el recuerdo de aquella en la que le tendieron la trampa. Pequeños éxitos pasados corrompidos por su presente.

Una mujer más sabia, con más consciencia de sí misma, sería capaz de entender que su sino era inevitable; una mujer más sabia, sin embargo, jamás habría acabado en tal situación. Marrajo no había dedicado un instante a deliberar si su pena era justa; Marrajo era incapaz de mirar más allá de la pena misma, menos ciega que miope.

O ciega y miope. Después de todo, un pájaro sin nombre le había arrancado los ojos.

*

Otro día murió. Las piernas ennegrecidas de Marrajo (sangre, roña, los cuerpos de mil insectos) se tiñeron primero de rojo, luego del azul casi gris del atardecer. La habían atado mirando al norte, y los últimos rayos del sol acariciaron con dedos crueles su costado izquierdo antes de desaparecer. Después, la noche: la penumbra pesada, polvorienta y aterciopelada del estío. Los insectos bajaron la voz; no así las chicharras que, desde las matas y las frondosas palmas de la palmera, cantaban su canción de vida y muerte.

Durante la noche, la sed era menos terrible. Quizá la sentía menos. Quizá era igual de horrible, pero la ausencia de sol la hacía más ligera. Marrajo sentía la lengua hinchada, la cabeza abotargada. El hambre había desaparecido a los dos días; no así la sed. Creía poder escuchar la savia subiendo y bajando dentro del tronco de la palmera, a su espalda; en su imaginación enfebrecida, la savia era agua pura, cristalina, como la que solo había probado una vez en las montañas al este.

Durante los dos, tres primeros días, había alternado silencios de introspección, en los que ideaba mil y un planes para escapar y buscar a sus captores, con horas en las que solo podía chillar, chillar a la nada, un bramido voraz, sin palabras, que acallaba a las chicharras y espantaba a los pájaros.

Luego, los ojos. Y ya no tenía fuerzas ni para gritar. Y con ellas, y a sus espaldas, había desaparecido también la esperanza.

*

Metal y sangre.

Los olió llegar. De lejos, inconfundibles, a pesar de su propio hedor; también metal y sangre. Marrajo alzó la cabeza, inhalando por la nariz, a través y a pesar de las moscas. Luego, los pasos, crujiendo casi inaudibles bajo las chicharras y sobre la tierra del camino. Noche cerrada: el sol hacía horas que había cesado de darle en las piernas.

Tras días de soledad, el rumor lejano de esos pasos le resultó, al principio, irreconocible. Qué extraño animal, pensó Marrajo, que camina sobre dos patas. Luego entendió. Si tuviera más fuerzas y más sentido del humor se reiría de sí misma. La mujer concentró toda su atención en ese ruido y, poco a poco, a sus espaldas de nuevo y también a su pesar, la esperanza la agarró del pecho.

—¡Oye! – Marrajo necesitó tres intentos. Al tercero, consiguió arrancar un hilillo de voz a su garganta reseca.

Los pasos, lentos, se detuvieron. Marrajo inhaló con fuerza, creciéndose con el olor de la sangre que parecía envolver a la persona extraña como una neblina. Quien quiera que fuese no respondió; siguió andando, con los mismos pasos pesados y lentos, acercándose cada vez más a Marrajo y su palmera. Marrajo la siguió con el oído, buscándola sin éxito con sus ojos ciegos.

—Mujer – comenzó Marrajo –, soy rica. Si me desatas, te daré lo que quieras.

—Yo también soy rica, extraña – respondió la mujer. Su voz sorprendió a Marrajo. Era grave, elegante, algo ronca, más cansancio que edad. Hablaba también la lengua de las Hermanas, pero con un acento refinado, sureño y melodioso –, y ya no necesito de riquezas, de todas formas. ¿Qué me puedes dar a cambio de tu libertad?

Un silencio.

—Lo que quieras – respondió al fin Marrajo –. No tengo nada que perder.

La extraña tardó en responder. Finalmente, un suspiro, el frufrú de ropa, el crujir de la tierra del camino. De haber tenido párpados, Marrajo habría parpadeado: la mujer tomó asiento frente a ella, a pesar del hedor y las moscas.

—Cuéntame una historia que me haga reír, y te daré mi cuchillo.

Marrajo guardó un segundo de silencio. Buscó en su memoria, y luego comenzó a hablar:

LA PRIMERA HISTORIA

Hace dos estaciones, viajaba con un conocido desde las montañas del este hasta Armentera, en la costa. El señor de Armentera estaba reuniendo un ejército, y buscaba espadas y escudos. Las guerrecillas de invierno de los señores de las Tres Hermanas son siempre cortas y fáciles, y necesitaba dinero, así que conseguí un caballo y agarré mis bártulos y con un tal Liberto, un extranjero del Imperio al que conocí en una taberna, emprendí el viaje.

Entre las montañas y las Hermanas están los llanos; y, en los llanos viven los pastores de piedras. Tienen sus cuevas en las olas de granito que hay hacia el suroeste, cerca de Aguasfrías, pero siempre se ha dicho que bajo la llanura hay excavados túneles que albergan ciudades y que se extienden casi hasta la sierra del norte.

No lo sé; no he estado jamás.

Pero algo de verdad hay en ello, porque cuando llegamos a las hoces del río Verde, nos encontramos Liberto y yo con los restos de una cohorte real. Quedaban tres o cuatro, sin armadura, pertrechos o montura. Uno de ellos había perdido una mano, y los demás apestaban a sangre, barro y sudor.

Me reconocieron al llegar. Me contaron que sabían que iba de camino a Armentera. Que habían planeado esperarme, emboscarme al cruzar las hoces. Que habían tomado posición en las grutas sobre el río. Y que, durante la noche, algo les había encontrado y, les había dado caza uno a uno. Los emboscadores, emboscados.

Marrajo dejó de hablar. Esperó, en silencio, algún tipo de reacción de la desconocida.

—¿Cómo se salvaron? Los supervivientes.

—Eran los capitanes – respondió Marrajo. La mujer bufó. Marrajo inclinó la cabeza, intentando adivinar el rostro del silencio de la desconocida.

—¿Se supone que algo así me tiene que hace reír? – dijo al fin –. Es una historia horrible.

Marrajo guardó silencio. En su momento, hace tantos días, ella se rió hasta que le dolió el estómago. Había partido de esa hilaridad mal recordada; lo cierto es que tampoco le encontraba ya la gracia.

LA SEGUNDA HISTORIA

Volví a viajar con Liberto tras la guerrilla de Armentera. Nos pagaron bien, y decidimos buscar un barco que nos llevara por la costa hacia el norte, hasta llegar al Imperio. En el Imperio siempre se puede hacer dinero.

Nunca he estado en el Imperio. Supongo que ya no lo podré ver.

(A Marrajo le pareció escuchar un bufido, tenue, casi inaudible, que bien pudo haber sido una risa ahogada.)

Sin embargo, la mañana anterior a que partiera el barco que contratamos su capitán enfermó. Dijeron que era peste, o la plaga; por si acaso, cerraron el puerto. Ya estaba el pasaje pagado y el equipaje a bordo, así que me encontré con un puñado muy pequeño de plata, sin ropa ni armas, en una ciudad extraña.

Así que buscamos una taberna. Liberto dijo saber de una, y yo, que que no conozco bien Armentera, le seguí.

En Armentera tienen un vino dulce, empalagoso, que se sirve muy frío y que es más popular la cerveza. Hacía mucho calor, y estaba muy enfadada. Bebí hasta perder el sentido, y luego seguí bebiendo.

Entramos de madrugada, y por la noche, cuando apareció la guardia de la ciudad, aún seguíamos allí. Con la guardia estaba uno de los capitanes de la cohorte que nos encontramos en las hoces.

Maté a dos, o a tres, pero alguien me dio un golpe por la espalda, y cuando desperté ya estaba aquí.

Resulta que Liberto, el viajero del Imperio, había estado trabajando para la asamblea de familias de Aguasfrías. Le habían pagado mucho dinero por viajar conmigo, por informar de mí, por ganarse de mi confianza.

Y yo caí de lleno en la trampa.

—No entiendo por qué piensas que estas historias son graciosas – dijo la extraña. Su voz sonaba más débil, y Marrajo hubo de inclinar la cabeza aún más hacia ella, hasta que se le clavó en el cuello el cabo que la amarraba contra la palmera.

—En su momento me lo parecieron – confesó al fin Marrajo –. Creo que llevo demasiado tiempo aquí, porque ya no les veo la gracia.

Otro silencio. Las chicharras seguían cantando, y Marrajo escuchó un crujir de palmas y matorrales a su espalda, en el bosquecillo.

—¿Sabes quién soy?

—No.

—Me llaman Marrajo.

Un vacío. La extraña no contestó; Marrajo no podía siquiera oírla respirar.

—¿Sabes por qué me llaman Marrajo?

LA TERCERA HISTORIA

Un marrajo es un tipo de tiburón. Donde yo crecí, en una aldea de pescadores cerca de la Estrella, la más al sur de las Tres Hermanas, unos pescadores atraparon uno sin querer.

No me llaman Marrajo por eso.

Son unos animales temibles. Muy rápidos y muy fuertes, muy listos.

Pero tampoco me llaman Marrajo por eso.

— ¿Por qué te llaman Marrajo, entonces? — dijo la mujer, impaciente.

— ¿Hay luz?

— Sí. Comienza a amanecer.

— ¿Has visto alguna vez un marrajo?

— Sí.

— ¿Quieres saber por qué me llaman Marrajo?

— Sí, por la Madre.

Marrajo esperó un instante más, en silencio.

— Por esto — dijo, antes de sonreír, bien amplio, enseñando los dientes.

Marrajo no conocía a nadie con una buena dentadura, pero sabía que la suya era especialmente atroz: los colmillos montados, los paletos retorcidos, algunos dientes en el paladar y otros saliendo perpendiculares a las encías.

La mujer exhaló, sorprendida, y luego soltó una carcajada, breve y dolorida.

— No debería haberme reído — dijo después –, es un poco cruel.

Marrajo no contestó. No sabía si era o no cruel; pero desde luego era cierto. Escuchó a la mujer levantarse, con un crujido de tierra y un suspiro, y luego sus pasos, acercándose a ella.

— Te prometí mi cuchillo — dijo. Luego empezó a gritar.

Marrajo miró, ciega, inútil, buscando con sus cuencas vacías el peligro. Pero el camino y las palmas y las matas estaban silenciosas; tan silenciosas que, cuando la mujer dejó de chillar, escuchó cómo la hoja del cuchillo le daba en la palma de la mano. Tan silenciosas que, después, escuchó también cómo algo, un cuerpo, golpeaba como un fardo contra el suelo.

Tardó poco en soltarse, y en atar los cabos; luego avanzó a ciegas hasta acercarse a la mujer, hasta poder tocar con sus manos frías e insensibles la tela de su vestido. Estaba húmeda, y apestaba a hierro. Poco a poco comenzó a entender.

La mujer boqueaba, y la sangre no paraba de manar. Marrajo encontró la herida, en el costado izquierdo, entre dos costillas. Al arrancarse el cuchillo la mujer no se había condenado; había acelerado lo que era ya inevitable.

Marrajo se acercó, las rodillas en carne viva contra la tierra, y palpó hasta encontrar el rostro de la desconocida. Luego se inclinó, y le susurró en el oído:

— Dime sus nombres.

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