Rosablanca

[Este relato forma parte para el fanzine del Taller de Fanzines de San Cristóbal 2017.]
Primera parte: Como dos gotas de agua
Era el primer hijo de la pareja. Se veía en la cara del padre, que, nervioso frente a la puerta de la entrada, esperaba la llegada del médico. Se sentía en el terror que la abuela ocultaba bajo capas y capas de ilusión y saber hacer. Y se escuchaba en las órdenes calladas y tranquilas de la comadrona, en la habitación del joven matrimonio, al lado de la joven madre. El aire olía a sudor, a miedo, a sangre. El vientre distendido de la chica relucía a la luz de la desnuda bombilla eléctrica que colgaba del techo enyesado, y sus piernas, pálidas y temblorosas tras las horas y horas de parto, no dejaban de temblar.
El pueblo estaba rodeado de prados y campos y pequeños encinares en los que los cerdos de los campesinos comenzaban el largo camino hacia su metamorfosis en jamón, y el doctor había ido solo dos veces a ver a la madre. Es por eso, quizá, que nadie se había dado cuenta que el primer hijo de la pareja no era tal. La comadrona, por su parte, no se dio cuenta hasta que, a las seis horas de comenzar el parto, palpó por enésima vez la enorme barriga de la madre y, en vez de una cabeza, contó dos.
Las dos niñas eran idénticas. Morenas, de ojos oscuros, pequeñas y arrugadas y rojas como manzanas demasiado maduras. Ninguna de las dos lloró al nacer, pero observaban todo con una mirada extrañamente despierta, acunadas en los brazos de su incrédula madre. Ella contaba con uno, no con dos; y menos con dos bebés como dos gotas de agua.
Las dos niñas eran idénticas, completa y absolutamente idénticas. La mujer, agotada tras el parto, miraba de la una a la otra, confusa, no del todo segura de no estar alucinándolas. Su marido estaba encantado, y observaba la escena con expresión del que sabe que ha hecho bien su trabajo; para él, esas dos pequeñas vidas eran válidas por el mero hecho de ser suyas. Revisaba nombres, uno tras otro: intentaba recordar el santoral, elegir entre los nombres de abuelas, tías, hermanas; pero ninguno le resultaba satisfactorio.
Al final, las llamaron Rosa y Blanca. La comadrona, cansada de confundir a las niñas, se acostumbró a atar una cinta de raso en las muñecas de las dos. Una era rosa, la otra era blanca; y cuando la comadrona se fue por fin, al terminar ese día tan largo y abandonando a los jóvenes padres a su suerte, estos decidieron adoptar los nombres.
Nunca dejaron de confundir a Rosa y Blanca. Eran idénticas hasta el último detalle: la voz, el pelo, el olor, hasta la forma de reírse, la una imitaba a la otra, y resultaba imposible averiguar quién copiaba a quién. Y al principio era algo que pasaba, algo accidental, pero pronto, cuando las niñas contaban con apenas cinco años, descubrieron el infinito potencial que supone tener un doble.
Comenzaron jugando a cambiarse las pulseras frente al espejo, la una al lado de la otra. Sin el distintivo lazo de raso en la muñeca izquierda lo que las diferenciaba desaparecía como por arte de magia. No había ninguna diferencia entre lo que les enseñaba el espejo y lo que veían la una en la cara de la otra: como si sus respectivas sombras hubieran decidido ganar consciencia sin preguntar primero.
De haber descubierto esto algo más mayores, no les habría resultado tan divertido.
Su madre se volvió a quedar embarazada otra vez unos años más tarde. Rosa y Blanca tenían apenas cuatro años cuando un bebé les quitó el protagonismo indiscutido del que, hasta entonces, habían gozado en su casa. La madre, que hasta entonces había sido la estrella en torno a la cual habían girado sus pequeños mundos, vio absorbida su atención por una cosa pequeña y llorona que encima no les dejaba dormir. Las gemelas, que hasta entonces habían sido unas niñas modelo, se convirtieron en pequeños monstruos en su pelea por ganar la guerra por la atención de su madre. Era una guerra de guerrillas, de pequeñas emboscadas, y que estaban destinadas a perder. Dos años más tarde tuvieron otro hermano, y poco después, otro más.
Pero eso no fue lo peor: lo peor fue descubrir que, además, la madre de las gemelas había perdido la capacidad de distinguirlas sin ayuda.
Siempre había sido la única persona. La única. La madre había aprendido las pocas cosas que las convertían en personas distintas en cuanto comenzaron a hablar. Sin embargo, pronto se quedó de nuevo embarazada, y ya no tuvo tiempo de ponerse al día con los cambios y las diferencias que se iban desarrollando en sus respectivas personalidades. Las niñas siguieron creciendo, sin ayuda y sin atención, luchando una guerra sin esperanza, perdiendo todas las batallas. De las travesuras infantiles pasaron a pequeños actos crueles, esos que se les dan tan bien a los niños solos. Llegó un momento, cuando las gemelas tenían ya ocho años, en el que la verdadera razón de su larga guerra acabó por ser olvidada; no así la guerra.
Eran Rosa y Blanca, RosayBlanca, Rosablanca. Cada vez que sucedía algo en el pueblo, que alguno de los hijos de los vecinos volvía a casa llorando, con las rodillas arañadas, los padres sabían inmediatamente quiénes habían sido las culpables. Las gemelas se crecían con los castigos, con la atención superficial que les regalaba su madre con cada uno, con el terror que, a veces, intuían en los ojos de los otros niños del pueblo.
Todo terminó cuando el padre, sin preguntar a nadie, decidió emigrar con la familia a Madrid.
Partieron a la capital un día de principios de verano. Era 1950, pero las niñas no lo sabían. Hasta entonces, sus días no habían sido más que una serie de mañanas y tardes eternas, que pasaban entre el colegio y los prados que rodeaban el pueblo. Cuando llegaron a Madrid se encontraron un mundo distinto: un lugar de descampados pelados, de malas hierbas y árboles muertos, de edificios extraños y polvorientos en construcción.
Presidía el lugar una enorme chimenea de ladrillo que, como un dedo acusador, cortaba el cielo azul intenso de junio.
Segunda parte: La tienda de ultramarinos
La llegada a Madrid trajo un cambio de perspectiva. La familia al completo se mudó a una casa que, a pesar de recién construida, olía a casa vieja, en medio de una colonia. Compartían barrio con varios cientos de personas más, decenas de familias que, como ellos habían dejado todo lo conocido por la promesa de una vida distinta, mejor. El padre comenzó a trabajar en una de las fábricas, construyendo partes para ascensores, y las gemelas y sus hermanos convirtieron las calles polvorientas, los descampados y las ruinas que había dejado la guerra (La Guerra, como decían los adultos, como si solo importara una) en su nuevo terreno de juegos.
Sin embargo, las gemelas pronto se aburrieron de hacer de exploradoras, y poco a poco se inventaron un juego nuevo. Adivinaron la multitud de posibilidades que prometía ese nuevo ambiente, en el que nadie las conocía, y de manera más o menos instintiva decidieron aprovecharlas.
El primer día en la nueva escuela se cambiaron los lazos. Rosa era Blanca; Blanca se convirtió en Rosa. Nadie advirtió la diferencia. Al día siguiente repitieron el experimento. Pronto se dieron cuenta de que ni siquiera su propia familia era capaz de distinguirlas sin ayuda, y el juego se hizo más elaborado. Decidieron que Rosa sería La Buena, y Blanca, La Mala; y a lo largo de las semanas fueron refinando ambos papeles, un poco sin querer, un poco porque sí.
Lo malo de la infancia es que termina. Rosa y Blanca crecieron, y poco a poco dejaron de cambiarse los lazos, pero no de jugar. Sin embargo, la colonia en la que vivían aprendió a relacionar los colores con el grado de peligro, y poco a poco el engaño se convirtió en la realidad. Rosa era aplicada en clase y ayudaba en casa; a Blanca se la tenían jurada la mitad de las maestras de la escuela. Las gemelas sabían perfectamente que los papeles no eran más que eso, una mentira, pero a pesar de ello se acomodaron en esas nuevas identidades, las incorporaron al núcleo que hasta entonces habían sido Rosa y Blanca, que había formado Rosablanca.
Para cuando las gemelas cumplieron trece años, Rosa y Blanca eran dos personas muy distintas, al menos para todo el mundo que no fueran ellas mismas: ellas, por su parte, sabían muy bien que si algún día decidían volver a cambiarse los los lazos nadie se daría cuenta. Como las dos caras de una moneda, pero partes de un todo: así se entendían Rosa y Blanca. Y, durante muchos años, fue más que suficiente.
Pero entonces cumplieron trece años, y el mundo comenzó a cambiar, y ellas con él.
Descampados, ruinas, fábricas a medio construir, el pueblo y el ferrocarril: y, por detrás, la enorme chimenea de ladrillo, apuntando al cielo. Así era el nuevo mundo de Rosa y Blanca. Un mundo nuevo, para ellas y para casi todos los obreros que, como su propia familia, habían ido llegando desde el final de la guerra para trabajar en el campo. Sin embargo, el pueblo tenía historia, una historia que se remontaba años y años en el pasado, más allá de lo que hasta los más ancianos del lugar se podían imaginar.
Aún así, las historias sobreviven a las personas: es parte de su poder. Y un día, en el colegio, Rosa escuchó una de la más curiosa. Una de sus compañeras le contó sobre una feria mágica, que todos los meses, coincidiendo con la luna llena, se instalaba bajo el viejo puente. Si eras lo suficientemente valiente, y estabas dispuesta a pagar el precio, podrías comprar cualquier cosa que se te antojara.
La otra niña juraba y rejuraba que una de sus tías, que no podía quedarse embarazada, había acudido allí una noche y había vuelto con un bebé envuelto en una manta. La familia ya no vivía en el pueblo, pero de vez en cuando llegaban fotos desde Valencia, ella las había visto. Al principio, las demás mantuvieron la incredulidad necesaria, pero entonces otra intervino, con su propia historia, y luego otra, y otra.
Rosa volvió esa noche a casa con las semillas de una idea en la cabeza.
La idea tardó casi un mes en eclosionar. En todo ese tiempo, tomó posesión de su mente. No se la contó a Blanca hasta que no tuvo más remedio: era la primera vez que le ocultaba algo así, tan importante, a su hermana gemela, y es quizá por eso que también tardó tanto en confesarlo.
Blanca, por su parte, sabía que Rosa le estaba ocultando algo: pero la experiencia era tan nueva, tan inesperada, que ni siquiera sabía cómo actuar.
De esa nueva tensión nadie se dio cuenta, como venía siendo la tónica en todo lo concerniente a las gemelas. Otra pelea, pensó su madre; ¡peligro, peligro!, pensaron sus hermanos. Su padre no pensó nada: no pasaba mucho tiempo en la casa.
Por lo tanto, la noche de luna llena que las dos hermanas se escaparon de la casa nadie sospechó nada. Las gemelas llevaban sus ahorros, pequeñas fortunas para sus cerebros casi adolescentes, bien guardados en el bolsillo del abrigo. Cruzaron el barrio hasta llegar al puente como un par de sombras, invisibles y casi inaudibles, y una vez allí se detuvieron, intentando recuperar el aliento sin demasiado éxito.
La feria apareció de repente. De la oscuridad, una nube de luz; entre las matas y las piedras del camino, puestos de madera; y del silencio de la noche de invierno, el murmullo de una pequeña multitud y el calor de miles y miles de bombillas.
Era como una feria más, y a la vez no: los puestos, los dependientes y la gente que caminaba de unos a otros parecían normales, vecinos del barrio, pero las cosas que se compraban y vendían, y lo que cambiaba de manos para pagar todas las transacciones rompía con la ilusión. De uno de los puestos colgaba una ristra de cabezas de cerdo, en apariencia recién cortadas: la mujer era una señora mayor, una anciana vestida de negro, muy parecida a la abuela de las niñas en el pueblo, pero las cabezas de cerdo estaban vivas, y de vez en cuando rompían a cantar, coplas y sintonías de anuncio. En esos casos, la mujer cogía una vara de madera que tenía el lado y las azotaba hasta que callaban.
— ¿Qué hacemos aquí? — le preguntó entonces Blanca a su hermana. Miraba con los ojos muy abiertos y llenos de maravilla la feria, pero la voz delataba curiosidad genuina.
Rosa se encogió de hombros.
— No sé. — contestó la niña. Luego, más bajo. — Pensaba que este sitio no existía.
Una de las tiendas les llamó la atención más de lo normal. Estaba algo apartada del resto, y en vez de un puesto construido a base de lona y palos de madera, era una pequeña caseta, pintada de amarillo y azul y con un tejado de tejas reales, que reflejaban doradas la luz de las pequeñas bombillas de la feria. La encontraron después de deambular, casi perdidas y alucinadas, entre los muchos puestos de la tienda lo que a ellas les parecieron minutos pero fueron en realidad horas: no compraban nada, conscientes de que las pesetas que llevaban en los bolsillos no funcionarían con moneda de pago, e ignoraban las esporádicas llamadas de atención de los vendedores con la cabeza baja y las orejas rojas, pero en la feria del puente el mismo hecho de mirar era más que suficiente.
La pequeña tienda, sin embargo, las atrajo sin que ellas se dieran apenas cuenta. En la parte de encima de la entrada había pintado en un cartel, con letras muy cuidadosas, ULTRAMARINOS. Tras un instante de duda, Blanca dio un paso adelante y abrió la puerta de madera. La tienda era más grande por dentro de lo que parecía por fuera, pero aún así la habitación era diminuta. Todas las paredes estaban forradas de latas y paquetitos y cajas de miles de colores, que prometían cosas de las que, en muchos casos, las gemelas ni siquiera habían escuchado hablar jamás. Detrás del mostrador había sentado un hombre muy mayor, un viejecito encorvado. Le cabalgaban unas gafitas redondas sobre la larga nariz, y estaba profundamente dormido cuando ellas entraron. Sin embargo, en el tiempo que tardaron en terminar de mirar a su alrededor, el hombre se despertó en silencio.
— ¿Les puedo ayudar en algo, señoritas? — dijo, con voz cascada. Las niñas, sorprendidas, se volvieron al mismo tiempo. Los ojillos del hombre, enormes y llorosos tras el cristal de sus gafas, se pasearon entre las dos, confusos.
Rosa y Blanca intercambiaron una mirada.
— No. — dijeron a la vez. Y, sin una palabra más, salieron corriendo de la tiendecita.
Estaban llegando ya a la casa, la luna llena alta en un cielo sin estrellas, cuando de repente Rosa se detuvo en la mitad del camino. Blanca siguió unos pasos más antes de darse cuenta de que estaba sola. En la oscuridad, su hermana era poco más que una sombra más oscura recortada contra la negrura de la noche.
— Tengo que volver. — dijo, preocupada. Blanca frunció el ceño, confusa. En la oscuridad era incapaz de distinguir la expresión del rostro de su hermana. — He perdido el lazo.
— ¿Qué más da el lazo? — la niña estaba cansada, tenía frío: no entendía el motivo tras el viaje, y la perspectiva de recorrer de nuevo el camino de vuelta hacia la feria no le entusiasmaba. — Tienes más en casa.
— Espera aquí un segundo y vuelvo enseguida. — dijo, y sin una palabra más se dio la vuelta y echó a correr.
Blanca dudó un segundo: luego se dio la vuelta y retomó, las manos metidas en los bolsillos, el camino de vuelta a casa.
Tercera parte: Mi hermana no es mi hermana
Blanca tardó segundos en darse cuenta, a la mañana siguiente, que algo había cambiado. Eran las pequeñas cosas, interrupciones en la rutina de todos los días que no eran coherentes con la persona en la que Rosa se estaba convirtiendo. Pidió la leche fría a la hora de desayunar, se ató los zapatos en el orden equivocado, cositas pequeñas, inapreciables, en las que no se fijó nadie excepto ella. Para el resto de la familia, para las compañeras de colegio de Rosa y sus maestras, la niña era la misma de siempre: no para su hermana, su otra mitad y su reflejo, sin embargo.
Pero lo que convirtió la sospecha en una certeza no fue eso, sino la ausencia del lazo rosa que la misma Rosa había ido a buscar a la feria la noche anterior.
— ¿Encontraste el lazo ayer por la noche? — preguntó Blanca a su hermana, mientras se estaban lavando los dientes antes de ir a clase.
— ¿Qué lazo? — respondió Rosa, con una sonrisa distraída.
La otra niña, a su lado en el espejo, sintió cómo desaparecía el mundo bajo sus pies.
Blanca hubo de esperar todo un mes, hasta la siguiente luna llena. Fue entonces cuando escapó de casa, en un reflejo de la noche anterior, y corrió y corrió, de nuevo con sus ahorros en los bolsillos del abrigo, hasta llegar al puente bajo el que se estaba organizando la feria. Una vez allí se dedicó a recorrer todos y cada uno de los puestos: preguntó, desesperada, a los vendedores y a los compradores, sin éxito.
Dejó la pequeña tienda de ultramarinos hasta el final. El lugar estaba como siempre: la caseta de madera pintada, las bombillas brillando doradas en torno a ésta, y el viejecito dormido, con sus gafas de culo de vaso y su ropa pasada de moda echando una cabezada detrás del mostrador. Nada más entrar Blanca en la tienda, sin embargo, el hombre se despertó con un respingo. Durante unos instantes, viejo y niña se miraron fijamente, en un silencio absoluto: el rumor de la feria se había quedado al otro lado de la puerta cerrada.
— ¿Puedo ayudarla en algo? — dijo el hombre, incorporándose en su banqueta.
— Mi hermana se dejó algo aquí el mes pasado. — contestó Blanca. — Un lazo rosa, de raso. ¿Lo ha visto?
La cara del anciano se iluminó, llena de reconocimiento.
— ¡Oh, el lazo rosa! Sí, sí, claro que lo he visto. Lo tengo aquí mismo, de hecho. — dijo, señalando a una de las estanterías que había a su espalda. Y ahí estaba, efectivamente, enrollado con cuidado en una de las lejas más altas. Blanca sintió una fuerte sensación de alivio. — Pero no se lo dejó, no. Lo vendió.
FIN
