Los concursos y tu derecho a ser libre

Cuando algo me da curiosidad o me embarco en la aventura de investigar sobre ello para comprenderlo de manera más profunda suelo acudir al origen del concepto o la palabra. Para escribir este artículo acudí a la raíz etimológica de la palabra concurso: Del latín concursus, significa convergencia de gente.

Así, un concurso vendría a ser un acontecimiento que logra convocar o reunir a cierto número de personas con propósitos e intereses compartidos. Sin embargo, es fácil inferir que a lo que hoy nombramos concurso en realidad es una competencia, pues la dinámica que establece es la del certamen. Una confusión que la mayoría hemos asumido sin cuestionar… Así que te invito a que hagamos el ejercicio de desmenuzar este fenómeno:

Por lo general, nos encontramos ante dos tipos de concursos: públicos y privados, gestionados por alguna institución del mismo carácter. Pero un concurso no consiste simplemente en la convocatoria de cierto número de participantes interesados. Cuando escuchamos la palabra concurso inmediatamente la asociamos con premio, aunque a eso también se le añade una postura estética y política que se traduce en el tema del certamen y el perfil seleccionado de los postulantes. Cualquier institución, fundación, galería o colectivo respaldan un discurso y narrativa. Por lo tanto, el jurado o panel calificador se compone por personas afines a la ideología y discurso de esa institución, lo que de hecho cabría esperar.

Sin embargo, cuando participamos en un concurso no solemos tomar en cuenta esta realidad que nos permitiría considerar la opinión y los juicios de valor de la institución y el jurado como tales: un discurso con un sesgo de confirmación que pertenece a una porción de nuestra sociedad variopinta. Un discurso que también define al número de postulaciones, participantes seleccionados y criterios para la asignación de “lugares” premiados. En palabras llanas: Cualquier institución (museo, curador, escuela o crítico de arte) debe justificar su existencia y permanencia, ya sea que esa justificación se albergue en la necesidad vital del perfeccionamiento de la técnica, la exigencia de la validación de aparatos “oficiales” o el respaldo de criterios “profesionales”.

Teniendo esto en cuenta, preguntémonos ahora sobre los posibles motivos que nos llevan a participar en un concurso. Entonces podríamos encontrar razones económicas, pues los premios pueden suponer un potenciador por sí mismos; laborales, ya que al participar u obtener algún lugar dentro del certamen es posible continuar nutriendo un currículum. Por otro lado, y no puedo obviar estas razones, también encontraríamos motivos psicológicos como la inagotable necesidad del reconocimiento de los otros, la visibilización de nuestras capacidades y potencia intelectual o el sustento de nuestro narcisismo, entre otras.

Ojo, trato de hacer una descripción de elementos, de ninguna forma un juicio maniqueo. Dicho lo anterior, nos damos cuenta de que en el fenómeno del concurso ocurren una serie de situaciones y procesos mucho más complejos de lo que aparentan y que tienen implicaciones muy profundas.

Personalmente me hace mucho más sentido una muestra o un encuentro por encima de los concursos-competencias, pues parecen más congruentes y posibles en cuanto a los objetivos que supuestamente persiguen. Un concurso, tal y como lo conocemos es una imposibilidad, pues ni se puede competir pues no existe igualdad de condiciones ya que una obra u estilo no se puede comparar a otra; ni se busca solamente la exposición de un tema de forma desinteresada, pues nunca llegamos a conocer realmente el discurso que promueve el evento; y tampoco puede declarar que tal o cual artista es el “primero” pues los criterios no son universales ni trascienden al paso de los años. Por esa razón viene a ser un suceso fenomenológico.

Sé que no soy el único que piensa de esta forma, ni ahora ni en el pasado.

Resulta que en 1884, hace casi 140 años, un grupo de artistas compartían esta misma postura en Francia: la llamada Société des Artistes Indépendants (Sociedad de artistas independientes). Ellos acuñaron este lema: Sans jury ni récompense (Sin jurado ni premios) y con él inauguraron un espacio al que llamaron el Salón de los Independientes donde, desde el 15 de mayo hasta el 15 de julio de ese año, llevaron a cabo la primera exposición libre de arte contemporáneo en la que mostraron más de 5.000 obras de más de 400 artistas.

The Salon of Independent Painters opens at the Grand Palais de Paris, 1884. Keystone Press

En los años posteriores el salón de los independientes se convertiría en el primer escaparate donde se mostrarían las corrientes de vanguardia de la época y que hoy admiramos y estudiamos. Artistas como Braque, Chagall, de Chirico, Kandinsky, Malévich, Matisse, Miró, Modigliani, Mondrian, Munch, Rousseau, Signac, Toulouse-Lautrec, Van Gogh, Dalí e incluso Diego Rivera expusieron su obra en este espacio.

Para aquellos “mediocres”, rechazados, censurados, despreciados e ignorados por las autoridades del arte y las instituciones oficiales, el salón de los independientes significó un refugio donde pudieron concurrir. De haber confiado en el “criterio y experiencia” de las “eminencias” o “profesionales” para la difusión y exposición de la producción artística, probablemente nunca los hubiéramos conocido…

Esas generaciones asumieron el derecho de su propia voz y rompieron con esquemas tradicionales pues comprendieron los elementos y mecanismos que entran en juego en esta dinámica, entonces llevaron a cabo acciones congruentes con su postura.

¿Cómo podríamos reproducir la rebeldía de los independientes ?¿Hoy puedes imaginar un lugar donde sería posible exponer a la gran cantidad de artistas y creativos de tu comunidad? ¿Qué museo, plaza o pabellón podría albergar tal número de obras? ¿La pandemia de COVID-19 no te dejo algunas lecciones? ¿Conoces algo llamado Instagram o Tik Tok? ¡Todos tenemos la posibilidad de crear nuestra propia galería, colaborar, entrar en contacto con creadores e influencias de todo el mundo! Podemos entrar en relación directa con el público espectador, dar difusión a nuestras exploraciones, inquietudes y reflexiones sin la necesidad de la aprobación de un jurado o un muro de museo donde colgar un cuadro caro con marialuisa.

En serio, no necesitas un concurso. Necesitas definirte y ser congruente con ello. ¿Por qué estás haciendo lo que haces hoy?

¿Vas a continuar mendigando la aprobación de las instituciones o vas a asumir tu derecho de Ser libre? Créeme que hasta que eso no suceda los esquemas tradicionales seguirán justificando su razón de ser, gracias al sustento que hasta el día de hoy nuestra validación les tributa.

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Somos un equipo de creativos que escriben ocurrencias cotidianas sobre la imagen y nuestro panorama visual. Iniciativa de la Fundación Pedro Meyer.

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