El que abandona no tiene premio..

Los centros cruzados lo mataban. Era un arquero súper seguro abajo de los tres palos pero cada vez que una bola pasaba de izquierda a derecha o de derecha a izquierda surcando el aire, el tipo se volvía loco. No había forma de que no le sudaran las manos cuando veía venir el esférico como una nube más en el inmenso cielo.

De chico aprendió cubrir con alma y vida el arco y hasta era sensacional en los mano a mano, esos con los que cualquier arquero se desespera y por lo general se arroja antes que la jugada se lo pida. Pasó por el baby, después se fue a probar en cancha de 11, hizo las inferiores y llegó a Primera. El puesto se lo ganó rápido porque una noche de verano el DT de turno no le quedó otra que meter al pibito de 18 años después de que rompiera el titular.

Sus saltos habían sido grandes y casi sin que los midiera. La vida parecía ir a toda velocidad y él tampoco le buscaba ponerle un freno. Vivía y se esforzaba por ser el mejor. Ganó experiencia rápido, fue figura rápido y terminó por ser líder mucho más rápido. Se había ganado el vestuario y todavía ni se afeitaba. Hasta los grandes del plantel lo escuchaban. Tenía pasta de campeón.

Era difícil encontrarle un defecto pero él sabía que los tenía y que no era perfecto. Su refugio siempre fue el esfuerzo y se escondía detrás de eso. Nunca fue necesario que se quedara después de un entrenamiento pero siempre lo hacía. Su mente, sin que nadie lo sepa, era lo que lo incentivaba a darle más pasión a lo que ya estaba mucho más que aprendido.

Tuvo algunas diferencias con los dirigentes y terminó separado del plantel. La hinchada lo ovacionaba cuando salía al terreno de juego aunque estuviera en el banco de suplentes y otra vez la suerte jugó a su favor. El que se había quedado con su puesto salió a cortar un centro venenoso y chocó con todo lo que se le cruzó. Resultado: tres costillas rotas, así es el fútbol y así es la vida.

Se puso los guantes, calentó y ya no hubo forma de sacarlo de la titularidad. ¿Podía un hombre de ese estilo tener miedo? Claramente aunque él lo ocultara. Su mayor miedo dentro de una cancha eran esas malditas bolas cruzadas. Eran como un demonio volador el cual se presenta en las pesadillas. Nunca lo pudo superar.

Años y años de inferiores no pudieron quitarle ese temor. Siempre matizó ese dilema con una gran actuación bajo los tres palos y ayudado por grandes defensores, pero un buen día la vida lo sacudió. Su equipo llegó a la gran final y los dos centrales titulares no podían jugar, uno estaba suspendido y el otro lesionado.

El DT decidió mandar a un juvenil y a un lateral a cubrir los puestos que le faltaban en la defensa y un día antes de la definición se acercó a él y le susurró al oído: “Vomita el miedo y salí a cortar los centros. En la vida el miedo es tu peor enemigo. Intentar es ganar”. El técnico se dio media vuelta y se perdió en el vestuario. Sin mediar palabras este joven arquero se fue a su casa y la intranquilidad lo invadió. Las palabras de ese viejo lobo de mar daban vueltas en su cabeza.

Horas más tarde estaba cumpliendo con todo lo que hacía normalmente antes de un partido y en el calentamiento previo se decidió: saldría a cortar todos los centros que pudiera. Fue baile total de sus rivales, los centros llovían todo el tiempo y él volaba de palo a palo aunque cuando quiso cortar ese que venía muy pegado al piso lo salvó uno de los improvisados centrales, aunque en la próxima bola ya no lo salvó nadie. ¿Resultado? Derrota 1–0 y gracias a su error en una salida sin mucho sentido y que cualquier otro arquero despejado lejos con los puños.

Al llegar a su casa, se sentó, sonrió y se dijo a sí mismo que lo volvería a intentar. En las derrotas se aprende más que en las victorias y el que no intenta vive en la duda permanente. Por suerte para este arquero, la vida le dejó una enseñanza cuando menos la necesitaba pero que lo marcó para siempre. El que abandona no tiene premio..

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