Sopa de almejas es todo lo que como..

La historia del ermitaño era conocida en toda zona. Los pobladores acudían a él para conseguir respuestas y para usar sus supuestos poderes para sanar enfermedades que los médicos daban por incurables. El hombre vivía alejado de la sociedad pero recibía a todo aquel que acudiera a su encuentro. A cambio de su trabajo solicitaba una ofrenda floral. Un ramo o una flor robada de cualquier jardín. El dinero parecía no importarle y parte de su mística se la ganó gracias a eso.
El Flaco vivía relativamente cerca de los pagos del ermitaño y desde hacía un tiempo no pegaba una. Odiaba su trabajo, solo le quedaba una tía solterona que casi nunca veía y el amor golpeó a su puerta tantas veces que ya había perdido la cuenta de las oportunidades en las que se brindó al calor de una mujer. Ya no manejaba muy bien su tiempo, simplemente se le pasaba la vida por la cara y él la miraba. La desesperación lo convirtió en un arma de doble filo. Estaba en jaque y lo tenía claro.
La decisión de acudir al ermitaño estaba tomada desde hacía un tiempo pero su falta de fe lo alejaba de las creencias populares. Solo creía en él y en sus pensamientos, sin embargo la desesperación le jugaba una mala pasada y sin razonamientos lógicos llegó a la conclusión de jugarse. Tomó unos mates, se puso su mejor camisa y salió al mundo. Su manía por la caminata hizo que apostara por caminar los cinco kilómetros que lo separaban del “templo”.
Saludó al ruso, el viejo dueño del almacén y luego pasó por la canchita donde los chicos se juntaban a despuntar el vicio del fútbol. Dobló una, dos, cinco veces y aceleró. Solo se percató que estaba frente a la casa de la morocha de pómulos rojos cuando escuchó a su madre llamarla a los gritos. Ese había sido su último amor. La loca le pegó y le pegó fuerte. Los quilombitos habían invadido la relación aunque los dos estaban enamorados. Pesaron otras cuestiones y el cariño se dejó de lado. “Otra mala decisión” se dijo al mirar el cielo y pensar en cuando la besaba.
Desde lejos comenzó a vislumbrar el monte donde residía el ermitaño. Era un lugar extraño para el contexto en el que se movían todos en el lugar. Lo singular se notaba a simple vista: era una pequeña montaña con mucha vegetación. El sitio estaba rodeado de árboles que extrañamente desaparecían una vez que la montañita finalizaba. Todo lo demás era un campo despejado y florido. Era como si los árboles de hubieran puesto de acuerdo: “de acá para allá no va nadie”. Y más tarde se dijeron a ellos mismos: “Nos juntamos todos acá pero bien juntitos eh”. El Flaco lo pensó, sonrió y arremetió al interior de la arboleda.
Tras un par de pasos y sobre el final del camino se veía la humilde casita en la que vivía el viejo hombre. Ubicarla era sencillo, no solo porque era la única edificación del sitio, sino porque encontró gente que esperaba cerca de la puerta para ser recibida. El Flaco los contó con la vista y supo que iba a tener que esperar. Las personas entraban solas, acompañadas, con niños, con familiares en silla de ruedas. Las caras largas eran la única postal en la que coincidían todos los que se encontraban ahí, pero como si fuese un acto de magia luego de salir de la casilla sus rostros transmitían serenidad y alegría.
Cuatro horas tuvo que esperar el Flaco para que de una vez por todas fuera su turno. Desde adentro una sombra le chistó y con una seña lo empujó a que ingresara. Una mesa grande dividía el ambiente y más atrás se observaba la cocina y una gran cama. El ermitaño era tal cual lo imaginó. De estatura pequeña, algo regordete y barbudo. El hombre lo invitó a sentarse y con un tono cariñoso le largó: “¿Qué te aflige querido?”. La pregunta lo sorprendió y sin muchos preámbulos se quedó mudo. Un balbuceo o dos y ni una palabra. “¿No sabes a qué viniste?”, le tiró el viejo y con algunas dudas se animó a decir la verdad: “Nada me sale bien y tengo muchas dudas. No era así pero ahora estoy así”. “¿Desde cuándo?”, fue la repregunta y otra vez el ambiente se vio invadido por el silencio. “No sé…”
“Siempre uno sabe, la disyuntiva es percatarse”
“Y entonces le voy a decir que es desde que no veo a la Morocha”
“Comprendo. Contame más…”
El Flaco comenzó con un discurso que ni él tenía preparado pero era algo normal en su forma de ser. El viejo le convido un mate y el relato continuó. Un par de minutos después se detuvo y el ermitaño lo miro a los ojos. “Deja las flores en la mesa, abrí la ventana y mira el cielo. ¿En qué pensaste antes de venir para acá? La cara del Flaco se transformó, cómo sabía que el viejo que había mirado al cielo y que pasó por la casa de la Morocha. “¿En qué pensaste?”, insistió el hombre. La respuesta era obvia y la pregunta cumplió su propósito.
“Mira querido la vida es cortita. Antes de venir a perder tiempo conmigo salí al mundo y hace lo que te dicte el corazón. La duda no es buena compañera y sobre todo en el amor. Vaya mi hijo y recupere a esa mujer”.
“¿Eso solo me va a decir?”
“No necesitas que te diga nada más. Uno siempre tiene las respuestas, pero busca refugio en otras personas para avalarlas o para negarlas. Todos los que vienen acá creen que tienen el peor dilema del mundo y nunca creen que puedan resolverlo por sí solos. El planeta se mueve gracias a la gente que pelea y sueña. Agacha la cabeza, hace lo que sientas y nunca tengas miedo porque es peor motor”..