Twitter es un barrio cerrado

¿Qué fue lo que pasó para que en pocos años hayamos convertido a la herramienta más poderosa de libertad intelectual de los últimos siglos en un compendio de Tías Irmas, primos Cachos y vecinas Luisas? En esta columna, el autor (“El autor sos vos, idiota, qué escribís?” “Es que se pone así, como si esto fuese La Nación o alguno de esos lugares que están llenos de publicidad”) analiza el dispositivo social que hizo que la red más cuestionadora se convierta en un encuentro de ex alumnos bulleados.

Empecemos por el principio. El pasado es una mierda. Nada que se haya perdido en el tiempo es digno de admiración per se. Descreo de la memorabilia vintage, del antesestabamosmejorismo y del hoytodoesunamierdismo.

Dicho esto, en párrafo aparte y sin asegurarme que algún milagro estadístico que haya logrado aprobar cuarto grado sin aprobar comprensión de texto lo desmienta, creo que dejo bastante en claro que este enfoque no es parte de un miedo a los cambios o intentar quedarme en la zona de confort.

Amo Twitter. Lo amo inconsciente y conscientemente. Lo amo por darme acceso al mundo, por permitirme dialogar con gente que admiro profundamente y (no menor, claro) por ser la plataforma sobre la que basamos nuestra agencia, mi sustento y parte importante de mi imagen. Todo ese amor y necesidad, suele llevar a confundir nuestras cabezas y considerar maravilloso aquello que nos funciona. Sin embargo, de un tiempo a esta parte, siento más y más decepción en mi conexión diaria: Twitter ha mutado del ágora pública mas grande de la historia a un barrio cerrado prejuicioso, camarillero y banal.

Historia antigua

Hablemos de historia antigua. De aquel primer ágora en donde los hombres libres dejaban las preocupaciones mundanas para dialogar y resolver el mundo. No, Atenas no. Eso no es antiguo, eso es imaginario. Antiguo es el periodo que transcurre del 2007 al 2011

Hay poca gente que llegó a Twitter en Argentina en el primer semestre de 2007. De los que conozco y recuerdo, Max Goldenberg, d.g., @capitanintriga, Conz Preti, Facundo Falduto y Lalo Zanoni. Era un páramo perdido y sin utilidad. Eso de “que estás haciendo?” terminaba irremediablemente en “Nada”, “Comiendo” o “Mirando tele”. Como herramienta de microblogging parecía innecesaria y como lugar para interactuar, era un Facebook sin imágenes y una cantidad ridícula de caracteres. ¡Encima era asimétrico! ¿Si no les mandabas “amistad” como te iban a leer?

Pero de pronto, un milagro de sólo dos letras: el RT. Leer un tweet y agregarle RT en el inicio hacía que tus seguidores puedan verlo. Si, así, manual. Sin botonito ni app alguna. Casi como un código a tus followers: Ojo que lo que sigue no es mío. Al instalarse esa idea, la asimetría no sólo no era una desventaja, sino que funcionaba como filtro meritocrático. Leer no sólo lo que seguimos, sino las cosas que les parecen geniales a nuestros seguidos. Esos dos caracteres y el # como ordenador de temáticas convirtieron a Twitter en el protagonista de la agenda mundial que hoy conocemos.

Y empezamos a encontrarnos. A maravillarnos con ese arroba raro que tiraba joyas, a enojarnos con ese otro con el que nunca estábamos de acuerdo pero tenía formas hermosas de decirlo. Era un territorio nuevo, salvaje y libre. Alejado de nuestros facebooks atrofiados de gente conocida y con interacciones regladas. Un lugar donde decirle a alguien “que idiotez decís” no implicaba pelearse con un compañero de trabajo o primo. De hecho el meme cotidiano era justamente ese: “En Facebook tengo a la gente que conozco y no me interesa, en Twitter a los que no conozco y me interesan”.

Fueron 4 años de exploración, maravillas y sentidos. La guerrita del campo, las elecciones 2009, leer a daniel molina contando por vez primera en la red sus años de encierro, el Mundial del Die en Sudáfrica. Todos descubrimientos deliciosos.

Hacíamos malabares para contarle a alguien sintwitter algo que habíamos leído en la matrix (“Me dijeron que Nestor va de candidato” “Quién te dijo?” “Velas” “Quién????” “Velas. Bah, Velas A Balzac. Es un negrito africano. Bah, no… pero tiene eso en el avatar de Twitter”) y nos nutríamos de esa experiencia.

Luego llegó el 2011. Y con él muchísimas desvirtualizaciones. Campañas políticas, fiestas, almuerzos y por que no, sexo. Interacciones entre arrobas y arrobas. Ya no era tan raro decir “leí en Twitter”. Los medios empezaron a darle un lugar central. Para los que no creen que existió una época en donde los medios no sabían de que se trataba, basta recordar el HT #ElProgramaDeFantino en donde 300 o 400 (Nunca más que eso, con eso eras tendencia mundial, incluso) nos reíamos de Leto y su carmela o Ruggeri y sus eses. Pasaron meses hasta que se dieron cuenta que se hablaba de ellos.

Durante esos años lejanos que van del 2011 al 2014 nos enamoramos, nos asociamos, nos peleamos, nos cogimos, nos trabajamos, nos discutimos, nos hicimos “famosos”, nos etiquetamos y nos bloqueamos. Si en 20 años me preguntan “donde viviste esos años” no recurriría a ningún domicilio físico. Diría, como cada uno de ustedes, “en Twitter”. Y la influencia lograda no era más la de unos locos discutiendo en un galpón virtual. Nos convertimos en influencers. Al principio nos daba vértigo y sorpresa que salga en el diario algo que dijimos o mostramos, luego aprendimos a manejarlo. Nos convertimos en los generadores de contenido de la agenda pública. Si no estaba en Twitter, no existía como tal. El ágora ya no era ateniense. El mundo entero estaba a nuestro alcance.

Los primeros síntomas de agotamiento se vienen dando hace dos años, pero se hacen imposibles de ignorarlos en este 2016. Nos hemos convertido en fakes de nosotros mismos. Nuestros personajes son boas constrictoras que no permiten una interacción enriquecedora e incorporar nuevos puntos de vista, se convirtió en una utopía.

Mucho de esto tiene que ver con la edad del espacio: la primavera de Praga digital pasó hace mucho y algunos de nosotros estamos llegando a los 10 años de Twitter. Si, diez años de entrar a diario, de noche y de día. Diez años de tweets, en mi caso 213.500. Suficientes caracteres como para escribir La Biblia, las obras completas de Shakespeare, Cervantes, Melville, Dumas y Stephen King. Exigir que en 10 años no pase nada que rompa el mecanismo, suena ridículo.

Pensá en tus usos de la plataforma. A cuantos de tus seguidos los seguís hace más de 2 años? probablemente arriba de un 80%. La “culpa” que sentimos al dar un UF es enorme y lo evitamos por todos los medios. Estudios realizados dicen que arriba de las 500 personas seguidas ya no podemos leer e incorporar.

Estos dos elementos, La culpa de los UFs sumado a la dieta de seguidos genera un escenario en donde sólo el 5% de tus lecturas cambia. El resto está atado al mismo comportamiento social por el cual escapamos de las reuniones de egresados, del asado familiar e incluso de nuestro FB.

Ese instinto gregario nos hace reunirnos en ghetos, en barrios cerrados de sentido cada vez más exclusivos. Y nos hace trolls del resto. Todo alien del nosotros se convierte inmediatamente en un peligro. No es casual que estemos plagados de maleza troll. La violencia, la burla despiadada, las habladurías sin base son el sustrato mayoritario de esta época de la plataforma.

¿Hay salida de este envejecimiento? ¿Hay chance de no ser un espacio previsible, autocensurado y endogámic0? ¿Hay una forma de volver a discusiones que nos maravillen y no a quien corneó a quien o quién engordó? Como el superhombre nietzcheano, nos hemos convertido en el camello que se ha adentrado en el desierto de la intrascendencia, los chismes de intrusos 2.0 y el hablar mal de arrobas en ghetto. ¿Podemos convertirnos en el león que destroce cada pacto social tramado por DM? ¿Podremos ser el niño creador nuevamente? No lo se. Quizás otra red, quizas otra generación, quizás el cierre de Twitter derivado del Leviatán financiero no sea una mala idea. Nada dura para siempre, nada es bueno “porque es” y, como dije al principio, nada más triste y decadente que ser un lloraconchas del pasado.

Plis RT.

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