Losa

La verdad es que no sé qué decirte. ¿Qué te voy a decir? ¿Que ya no duele? Pues claro que duele. El que dijo que el tiempo cura todo es porque nunca perdió a nadie, eso sí puedo decírtelo. Pero la verdad es que la losa se va haciendo cada vez más liviana. Y muy a mi pesar. Que me lo digan a mí hace cinco años a ver si les iba a creer. A mentir no vengo, tú ya sabes. Y hasta eso duele. Duele irlo olvidando, aunque sea poco a poco. Duele irte dejando atrás, aunque lo necesite.

¿Qué hacer cuando el recuerdo se va desvaneciendo? ¿Lo dejo irse? ¿Así, sin más? El caso es que ya no sé ni lo que quiero.

Esta confusión me va a matar. ¿Cómo voy a dejarte ir?

Hace poco hablé con el doctor Ramiro. ¿Te acuerdas de Ramiro? Buen tipo. Bueno, hace poco fui a verlo y platicamos un rato. Le pregunté cómo estaba su familia y me dijo que no se quejaba. Luego que si como estaba él, que si nada nuevo, cosas así. Solo me dio unos cuantos sí y algunos muy bien gracias mientras volteaba a verme casi de reojo y hacía una sonrisa rápida. Es curioso como a veces pasa de ser el más charlador del mundo a una persona tan cohibida que cuesta arrancarle sílabas. Me preguntó que si cómo estaba yo y entre una cosa y otra fui rápido al grano. Le conté que apenas me acordaba de tu cara, y ese apenas fue bastante generoso en todo caso. Ya sabes tú que fotos casi no conservamos y yo no me quedé con ninguna. No me hacían ningún bien. Tu descripción me la sé de memoria, cómo es cada cosa y en donde va. Ojos cafés claro. Nariz desviada hacia la izquierda. Cabello rizado. Barba abundante. Cejas pobladas, pero bien definidas. Labios más bien claros y pequeños, aunque bastante largos, eso sí. El caso es que junto todo y no saco nada más que una cara genérica. ¿Así eras tú? A mí que no me pregunten porque no sé. Qué quieres que te diga. Que dios me perdone, pero no lo sé. Luego le pregunté que si como debía de tomar eso. Me dice que un avance es un avance y no debería de menospreciarlo. Un avance para qué, le pregunto. ¿Olvidar? A mí me enseñaron a no olvidar lo que de verdad importa. Aunque duela. ¿A quién le creo ahora?

Lo que si recuerdo es cuando veíamos fútbol juntos. Absortos en la pantalla como si no hubiera otra cosa en el mundo. Y bien pudo no haberla. Y cuando llegaba el medio tiempo nuestras charlas más acaloradas de lo que deberían. De eso también me acuerdo. Demasiado bien. O cuando en medio de la noche de repente nos soltábamos a hablar sobre cualquier tontería y lo mismo nos daba hasta el amanecer. Es muy curioso porque había días en donde si cruzábamos más de un par de palabras era hasta extraño. Así de inconstantes.

Tantas diferencias entre los dos. Pero cuando congeniábamos era con ganas. ¿Sí o no?

Me da muchísimo miedo. A veces sueño contigo y más que alegrarme me desconcierta. Sales de la oscuridad a balbucear no sé qué cosas. Y al inicio todo está más o menos bien hasta que miro con más atención. Esa no es tu cara. No sé cómo era, pero sé que así no. ¿O sí? Mi mente me juega bromas y no hay nadie para reírse. Miedo me da que pase el tiempo y después ya no me acuerde ni de tu nombre.

También me he encontrado a la familia, por cierto. A ver si no se dejan ver por aquí más tarde. Ojalá que no tenga boca de profeta. Bueno, todos siguen más o menos igual. Unos años más viejos, algunos con unas cuantas canas, hasta incipientes arrugas. Algunos que otros de los pequeños son más altos. ¿Te acuerdas de Juan? Ya hasta mide más que yo. También le ha dado por hacer ejercicio al niño, y ya no le agrada tanto que le digan niño, pero él ni está aquí, a mí que me importa ahorita. Igual son nimiedades, la verdad. Creo que el que ha cambiado más he sido yo. A mí que es lo que menos me gusta. No me lo dice nadie, pero yo lo veo en el espejo. Una persona te puede mentir, pero un espejo no.

Y mamá. A ella sí que no creo que se le haga más liviana la losa o que lo vaya a hacer nunca. Me han dicho que no hay nada más doloroso que perder a un hijo, y yo no tengo hijos, pero sí tengo madre, y ella es la viva prueba de que mentirosos no son. Hasta cuando sonríe con gusto se ve como afligida, como cansada. No le vayas a decir, pero parece que en lugar de cinco hubieran pasado diez para ella. Y diez bien vividos, como quien dice.

Hablé con ella hace rato. Me dijo que te iba a traer tu pollo como te gusta. En un plato rebozando, porque tú no eras de comer poco. Un poco de agua para pasar la comida tampoco viene mal, dice. No es muy partidaria de estas tradiciones, pero contigo las cumple a rajatabla. Considérate afortunado.

Te voy a ser bien sincero, no me gusta que venga a verte. No te lo tomes a mal. Yo sé que ella se la pasa llorando, se le nota en la cara, en los ojos. Cuando llegabas cada vacación tenía un semblante parecido, como nostálgico. Pero ahí era de felicidad. Si no lo notabas por sus ojos lo tenías que notar por su sonrisa. Esa sonrisa tan bonita y tan natural. Tan simple, tan sencilla. Tan generosa, tan apabullante. Como la extraño…

Y a ti también. Te recuerde bien o no, te extraño. Y yo creo que por eso viene todo. Apenas han pasado cinco años y me da miedo que dentro de otros cinco, o de otros diez ya no me quede ni el vestigio de lo que alguna vez fuiste. No quiero que deje de importarme. Que deje de respirar, pero que nunca deje de pensar en ti, eso no, por favor.

Lo más que puedo hacer es aferrarme a ti. Sano o no, lo siento como necesario.

Otra cosa que me dijo el doctor Ramiro es que hacía algo muy común entre la gente que ha pasado por el infortunio de perder a alguien. Que no había nada que yo pudiera hacer para salvarte. Ni yo ni nadie, vamos. Que eso podía tenerlo bien claro.

No es el primero que me lo dice y a lo mejor no será el último. No les creía antes. Me negaba rotundamente. Me lo decían para que dejara de mortificarme, porque era lo que tenían que hacer, ¿no?

Pero antes era imposible creerlo. Cuando te vimos por primera vez. Mamá y yo. Hasta la fecha no sé si ella lloró desconsoladamente de inmediato o si solo se quedó fría, como muerta a tu lado. Yo solo me sentí apabullado, como ido. Como si no estuviera allí. Y ojalá no hubiera estado.

Te veías tan frágil, tan pálido. Fíjate que de eso sí me acuerdo. De tu expresión de paz absoluta. Lo decía todo el mundo al pasar luego a verte. Que les pregunten a tus brazos bien escondidos que opinaban de esa paz que reflejabas, a ver que decían ellos.

Pero, ¿les creo ahora? Honestamente no lo sé. Quizá si recordara tu cara lo supiera. Supiera ver la culpa ahí, en tus ojos otrora tan vivos, tan llenos de fuego, de impertinencia.

¿Sabes? Creo que ya sé que quiero. Quiero verte otra vez. Recordarte corriendo como cuando eras niño. O más grande incluso. Eras un dolor de muelas, sí, pero eras nuestro dolor de muelas. O en mis brazos como cuando te trajeron del hospital por primera vez. Tan chiquito y extraño. Tan ruidoso. Pero tan querido. Yo no soy quien para juzgar, pero a veces me preguntó por qué hiciste lo que hiciste.

No quiero dejar que el recuerdo se me escape. Si me tengo que agarrar a él como de la cornisa de un rascacielos pues me agarro, pero no te vayas. Eres mi hermanito. No eras, eres. Al final esa es la única verdad que necesito. Y si me arrastras contigo entonces ni hablar, me voy con una sonrisa en el rostro.

Si esa losa es lo único que nos mantiene unidos la voy a seguir cargando por toda la vida. Solo no te vuelvas a ir.

No sabes cómo desearía que estuvieras aquí…