Sally Mann

La mano áspera sujetaba con violencia el lápiz, trazando surcos en las amarillentas hojas. El lomo estaba roto, el cuero se había desprendido hacia demasiado tiempo como para recordarlo, pero no le importaba. Aquella libreta era su única cábala. Y la sostenía cuando la vio. Un cosquilleo recorrió su cadera. Un impulso feroz embargó sus ojos negros, sin pupilas; un abismo de ganas. Muchas ganas.

Inhaló su olor hasta ahogarse. Observó su cuello, el lóbulo de su oreja. Su mandíbula se tensó. Quiso tocar su hombro, pero temió quemarse. La siguió por el pasillo sin saber qué estaba haciendo. Subieron las escaleras y entraron en una puerta con el marco descascarado. Entraron juntos, ella ignorando al mundo a su alredor; él, hundiéndose en aquella tormenta.

Se contentó con observarla. Imaginar qué le gustaba, a qué le temía. El color de su bombacha, el grosor de sus muslos. Le gustaría acariciar la marca del corpiño sobre su piel. Desde la otra punta, la escuchó decir su nombre. Su voz retumbó como el sonido de un bajo en sus tripas. Sus palabras lo excitaron.

Se tocó pensando en ella, en sus piernas y su pelo negro, repitiendo el eco de su voz. Se quedó dormido a medio desvestir, la bragueta abierta, los pequeños brillos en su rostro disipándose hacia su cuello. No sabía su nombre.