Negro

Cuando era más chica, me vestía muy diferente de como lo hago ahora. Mi mejor amiga siempre elegía el color negro como comodín y yo, por el contrario, el blanco. Siempre me gustó el color blanco: me inspira orden, claridad, simpleza; cualidades que valoro muchísimo. Pero el negro no; no lo sentía parte de mí.

Durante una de las tantas charlas que tuve con mi mejor amiga, me recordó que en esa época yo le había dicho algo que en ese momento sonó como una estupidez, pero que con el paso del tiempo fue adquiriendo otro significado. Mirando su ropa o la mía (no lo recuerdo), le dije que tenía miedo que mi placard fuera todo negro…

Ahí estaba la clave: el miedo. A ser diferente, a ser rechazada. A exteriorizar un interior que quizás no fuera tan atractivo para el resto y que me colocara en el lugar de marginada. Todo eso por un color.

Claro está que no tenía que ver con el color ni con la ropa, sino con la construcción de una identidad más honesta; más real. Y todo ese proceso siempre es doloroso porque rara vez somos de la manera en la que nos gustaría ser, pero no queda otra alternativa más que abrazar nuestras singularidades y pelearnos con nosotros mismos hasta que no quede más nada nuestro.