Seis pasos

Son las 3:00. Desde la puerta de mi habitación hasta la lámpara que está detrás de la cama me separan seis largos pasos. Mientras el silencio presiona dentro de mis oídos, me repito que son seis pasos; solo seis. Un zumbido colma el espacio. Dentro de mi cuarto, la oscuridad cobra vida. Mis ojos buscan los destellos proyectados desde la calle. Recuerdo que cerré la persiana, pero la luz siempre se abre paso.

La oscuridad oculta cada reflejo en la habitación con un ritmo lento, pero decidido. Arrastro los pies cubriendo la distancia de lo que creo son dos pasos. Miro de refilón hacia la puerta, pero es demasiado riesgoso darme vuelta. No distingo con claridad debajo de mi cintura. Donde antes había un par de piernas ahora solo percibo un frío que cala hasta mis huesos. Me arrastro un poco más con los brazos extendidos hacia los costados. A mi izquierda siento la rugosidad del placar bajo mis dedos. Estoy a mitad de camino.

El resto del cuarto se extiende ante mí. Es un abismo en picada. Un cosquilleo en la nuca y todo mi cuerpo es un bloque de hielo. Estoy atascada, entre miles de clicks de diferentes interruptores. Fantaseo con ellos, con su seguridad y su calidez. El sonido que espanta a los monstruos.

Cuento cuatro pasos, cinco pasos, y me arrojo dentro de la espesura rogando aterrizar sobre mi cama. Una descarga eléctrica me paraliza. Intento ignorar el dolor y tantear con dedos húmedos el interruptor. Estiro un poco mi brazo derecho: sé que la lámpara está ahí porque mi rodilla chocó contra el borde de la cama. Un click me devuelve el aliento. Observo a mí alrededor. Son las 3:05. Esa noche no pienso dormir con la luz apagada.