Identidades fake

(Publicado originalmente en Revista Crisis)

–Imaginaba que eras otra persona.
–¿Cómo?
–Que eras otra persona a la que imagino. Que me he equivocado sobre tu identidad.
–No te entiendo.
-Olvidalo. No he dicho nada.
Milan Kundera, La identidad

Todas las personas, en algún momento de sus vidas, imaginan la posibilidad de no ser ellas mismas sino otras. Si no del todo, al menos algo diferentes: más atractivas, más jóvenes, más hábiles socialmente, más exitosas. La idea de tener una identidad distinta a la propia estaba destinada, hasta esta época, a ser un mero ejercicio del sueño, la imaginación o la literatura. Con la llegada de las redes sociales esta fantasía se ha convertido en una posibilidad narrativa que a veces, cada vez más, puede rozar lo enfermizo.
Internet ha aniquilado el valor de la privacidad. Todo está ahí: las fotografías, los intereses, las producciones, los lugares que se han visitado. Cualquiera que tenga acceso a las redes puede, con una rápida búsqueda, servirse de abundante material como para construirse una vida imaginaria. Una vez salteado el problema ético que representa, las posibilidades son infinitas. ¿Qué detendría a una persona de aprovechar estos elementos para armarse a gusto una falsa identidad y actuar e interactuar como si fuera original? Sólo se necesita una conexión a internet, un poco de esfuerzo y la voluntad de disociar la persona que se despierta y va al trabajo todos los días de la forma del personaje que es cuando esa persona está conectada a internet. Somos seres anfibios, opina el crítico cultural Daniel Molina, vivimos a la vez en el mundo de los bytes y en el mundo de los átomos. Esta condición es basal para entender el fenómeno de los fakes. La traducción más literal de fake es “falso” pero es más exacto definirlo por negatividad como “no genuino, no auténtico”. La identidad fake de un famoso, por ejemplo, puede ser a la vez falsa y admitir de manera manifiesta o solapada (por exageración o por alteración) su carácter de parodia. En estos casos el fake no va más allá de un divertido happening narrativo del que participamos todos con un pacto similar al de la literatura: el lector acepta, por el tiempo en que dura la lectura, hacer como si creyera lo que el autor está contando.
Empecé en Twitter manejando una cuenta colectiva con una amiga, era una forma de juego, luego se me ocurrió crear una cuenta individual, cuenta Cecilia, que en Twitter es conocida como @muysofia (trece mil seguidores hasta la fecha en que cerró su cuenta). Cecilia es socióloga y concibió a Sofía como un experimento social, una forma de mostrar cómo una cuenta basada en un estereotipo puede alcanzar el éxito en la más narcisista de las redes. Para hacerlo, echó mano a las fotos de una atractiva pero no famosa modelo que tenía entre sus contactos. También subía otras imágenes que reforzaban la credibilidad de su identidad: Sofía de compras en el supermerado, Sofía haciendo duckface, Sofía en el cumpleaños de su sobrina rebelde. Sofía no sólo era hermosa: hija única, padres católicos, rebelde, de puteada fácil, estudiante de sociales, algo indie, experta en política y fútbol. Una utopía posmoderna, una hija de la pequeña burguesía dispuesta a comerse el mundo. El boom de seguidores de los tuits de Sofía fue inmediato y entre ellos apareció un tal Maro. Comenzaron a leerse y con el tiempo a construir cierta intimidad. Sofía y Maro, se entiende: Cecilia apenas era la narradora que escribía y hablaba emulando a una mujer que sólo estaba en su cabeza pero Maro creía tan real como él mismo. Lo inevitable: el amor. Una buena persona lo hubiera cortado ahí, dice Cecilia, pero yo no lo hice.
Comenzó a empatizar con Maro cuando él contó que su mamá sufría ataques de pánico. Cecilia también los padecía, llegó a tener uno en medio de un recital de Radiohead. Las llamadas por Skype abrieron no sólo el terreno del diálogo sino también el del sexo telefónico. Me resultaba erotizante erotizar, explica. Que se caliente sin poder tocarlo, saber que se estaba tocando, que estaba en ese momento con una erección producida por mi voz. Me enviaba fotos masturbándose, eyaculando. Me sentía segura, poderosa. Fue un abuso de mi parte, una amoralidad enorme. Yo estaba en pareja entonces y me cuestioné si no era un acto de infidelidad. ¿Por qué lo hice? Porque podía. No siento culpa. Hubo manipulación, una clara falta de límites, pero no crueldad. Lo que siguió precipitó el final: Maro, completamente poseído, se dispuso a romper todas las barreras que fueran necesarias para llegar a ella. Empezó a insistir en verla por webcam. Ella se negó con la excusa de que la depresión y los ataques de pánico la habían aislado al punto de no poder mostrar su imagen a nadie. Él propuso un encuentro. Estaba dispuesto a viajar a donde fuera para conocerla, pero ella lo evadió. Salieron juntos al aire en un programa de radio y estuvieron de acuerdo en inventar que se conocían: eran la pareja del momento en Twitter y un amor sin correlato físico no habría sido creíble. Lo que también dejaba de ser creíble, en los pensamientos más profundos de Maro, era la existencia misma de Sofía.
Un día cualquiera Maro descubre entre las menciones de Sofía a una tal Vale que la insulta por usar sus fotos y le pide que las borre. La trata de loca, de enferma, de gorda horrible. En el perfil de la tal Vale Maro descubre todas las imágenes que él tenía de Sofía, publicadas con fechas muy anteriores. Desolado, la encara y Cecilia reconoce, entonces, el engaño. A Maro no le alcanza: le exige un encuentro, quizás con la pretensión de conocer a la mujer que inventó a la mujer que ama, tal vez con el simple propósito de cerrar el círculo. Ante su negativa, la amenaza. Voy a hacer que todos mis amigos te ataquen, que te cierren la cuenta. No voy a parar hasta encontrarte. Despechado, publica su drama en Twitter. En una sesión de webcam pública, llora, la acusa, despierta la indignación general. Cecilia cierra la cuenta pero regresa algunos meses después con una foto de perfil de Kate Moss. No durará mucho: unos meses después cerrará la cuenta para siempre.
El caso de Mía es todavía más ilustrativo de la falta de límites a la hora de construir una identidad fake. Llevó una especie de noviazgo virtual con un muchacho que resultó ser una chica. Empezó en diciembre de 2011, cuenta. Me llegaban menciones siempre del mismo pibe. Revisé sus fotos y me pareció muy lindo. Empezamos a chatear seguido, nos agregamos a Facebook. Yo quería conocerlo pero él estaba en Irlanda, subía todo el tiempo fotos desde ahí. Un par de veces regresó a Argentina pero con una agenda muy ocupada, haciendo negocios de ingeniería naval en el interior. Me hablaba en términos muy técnicos, era un experto. La cosa siguió avanzando en lo virtual. Yo compartía sus publicaciones, mis amigos lo seguían, nos hacían bromas porque sabían que éramos “novios”. Nos mandábamos fotos provocativas, teníamos charlas muy hot.
Lo que siguió reta tanto a la casualidad que termina por confirmar el carácter nada excepcional de lo azaroso. Mía sale una noche y recibe una foto de Franco, se la muestra a uno de los que estaban en la fiesta y él revela, sorprendido, que lo conoce. “Es mi primo, Nicolás”. Mía contrarresta: “No, se llama Franco”. El primo supone entonces que Nicolás pudo haberle dado un nombre falso y dice “Claro, Franco”. Mía le escribe a Franco que, maravilla, coincidió con su primo en una fiesta, pero Franco no vuelve a contestarle. Al día siguiente recibe un llamado de Nicolás. Alguien te pasó fotos mías. No sé cómo pasó esto, pero nosotros nunca hablamos, no nos conocemos, se trata de una persona que se hace pasar por mí. Mía, guiada por sentimientos probablemente similares a los de Maro, decide ir hasta el fondo. Buscar, de alguna manera, la reparación del engaño. Junto a Nicolás rastrean su teléfono y descubren que Franco en realidad era Macarena, una chica solitaria y depresiva que ya había engañado a otros usuarios varones, presentando a Franco como un chico homosexual que buscaba pareja por Twitter. La chica cerró la cuenta y prometió no volver a hacer nada parecido. Mía y Nicolás empezaron a verse pero ella terminó por dejarlo. No era Franco, resume.
Julieta Cardona, periodista y escritora mexicana, tiene otra historia: la de Nadia Solf, la mujer peruana detrás de las exitosas cuentas de Twitter @unhijodeputa e @hijadescarriada. Nadia dio vida a Alonso y a Antonella Riccardi. Dos hermanos de nacionalidad inglesa (padre británico, madre latina), ambos irreverentes, creativos, exitosos, ricos y de muy buen aspecto físico. Alonso se presenta como un abogado casado y con dos hijos (uno de ellos con cuenta de Twitter) que en determinado momento, coincidiendo con su repentina popularidad, adquiere un cáncer cerebral que le impide el habla y la posibilidad de comunicarse con sus amigos virtuales. Antonella es soltera y estudia marketing en Oxford. Aunque los perfiles resultan en apariencia excesivos, el engaño dura meses. Para cuando alguien descubrió que las fotos de Alonso eran de un tal Darren Rogers y las de Antonella pertenecían a una estadounidense llamada Rebecca Finch, los Riccardi eran dos de las cuentas más influyentes de Twitter en español, superando ampliamente cada uno la barrera de los cincuenta mil seguidores. Al enfriarse el escándalo, ambas cuentas siguieron publicando como si no hubiera pasado demasiado. Nadia logró mantener, incluso, algunas de las compasivas amistades de personas que se habían relacionado con ella y estaban dispuestos a seguir haciéndolo. Al fin y al cabo, ¿quién podía decir que esa relación no era real? Tal vez Nadia no se llamaba Antonela, tal vez no era la de las fotos, tal vez no tenía la vida excesiva y lujosa que decía, pero muchos de los que alguna vez le confiaron una anécdota o recibieron una palabra de afecto de ella se sentían en deuda con esa persona y con esa voz detrás del personaje. El perdón y la continuidad de la relación es una de las dos formas privilegiadas de elaborar el desengaño. La otra es, por supuesto, la confrontación y el alejamiento.
Contra lo que pueda creerse, las historias de relaciones amistosas y amorosas con identidades fake abundan en la red. Basta ver el excelente documental Catfish, dirigido por Ariel Schulman y Henry Joost (en Youtube está completo y con subtítulos) para sumar otra historia que no ahorra detalles ni morbo. La película cuenta la historia de Nev, un fotógrafo que por medio de la red apadrina a una pequeña artista y termina enamorado de Megan, su infartante hermana, hasta dar con una titiritera inesperada detrás de la mujer de sus sueños. El proceso de fascinación, duda, búsqueda de la verdad e inevitable desencanto es una curva que se repite en todas las historias pero que en esta brilla por su completa documentación.
La mayoría de las redes sociales tienen hoy formularios específicos para denunciar el robo de identidad, pero el proceso de resolución es tan engorroso (alrededor de seis meses) que resulta más ágil denunciar a los impostores simplemente por violación del copyright de las fotografías, un delito al que Facebook y Twitter sí parecen prestarle atención. Según la organización Identidad Robada, que dirige el abogado y especialista en informática Daniel Monastersky, en nuestro país se registra al menos un robo de identidad por hora. El proyecto de ley para tipificar este delito descansa en la cámara de diputados desde junio de dos mil diez. Revisando los diferentes casos, es imposible eludir la pregunta: ¿Qué lleva a una persona a inventarse toda una vida ficticia y, no conforme con eso, hacer que los demás la crean? ¿Con qué impulso se exhibe hasta el hartazgo una vida completamente inventada? En el caso de Cecilia se excusa cierta vocación científica, con una observación participante no desprovista de graves errores de método. En los demás aparece como causa recurrente la soledad, la evasión del propio yo, la oportunidad de relacionarse con el mundo desde la computadora, el teléfono, la tablet e irrumpir en ese mundo con una identidad hecha a medida.
Hernán Scorofitz, psicoanalista y profesional del Hospital Borda, señala que la elección identificatoria es universal: todos, al abrir una cuenta en una red social, elegimos un nombre de usuario que puede no ser nuestro nombre y una foto de perfil que puede ser real o no. La decisión de crear una identidad falsa y proponerla como verdadera podría responder tanto a una estructura neurótica (un individuo que proyecta un Yo en un fake en términos fantaseados porque tiene una imagen de sí absolutamente desvalorizada), a una estructura psicótica (un individuo que se disocia en un “otro Yo-Fake” desde la certeza delirante) o un perverso (que construye ese fake para gozar manipulando un Otro).
¿Por qué lo hice? Porque podía, confesó Cecilia, y tal vez sea la respuesta que atraviesa el origen de estas identidades. Si existe la posibilidad técnica de ser otro es inevitable que se construyan identidades difusas y salgan a deambular por la red, etéreas y apacibles, como una legión de fantasmas.

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