La alemana

Una historia intercultural al calor de la final del mundial


La tarde previa a la noche en que conocí a la alemana un perro me mordió. Era la segunda vez que me pasaba en la vida (que me muerda un perro, no conocer a una alemana) y ni siquiera tuve tiempo de asustarme: sólo sentí la electricidad en mi pantorrilla y, al girar, vi al diminuto perro alejándose. El Gordo se reía escuchando mi historia.

—Tenés que ponerte las vacunas.

—Ni loco.

—¿Tenía collar?

—Qué se yo, vi que se iba y me fui yo también.

—Si tenía collar seguro tenía las vacunas.


Todos los jueves nos juntábamos en la metropizzería con algunos amigos del Gordo. Me caían bien, la mayoría estudiantes de ingeniería, del interior, de Brasil, migrantes universitarios. Yo era el único de humanidades en la mesa, a veces bromeaban con eso, mi desconocimiento de todo lo práctico, esas cosas. Estaba a gusto ahí.

Las dos chicas llegaron tarde pero el pedido de todos modos estaba demorado. Saludé a Juana, la conocía de una reunión anterior. Ella me presentó a la alemana, un ejemplar altísimo y precioso, rubia, buenas tetas y gambas, sonrisa amplia. Se llamaba Ingrid, era de Munich, estaba de intercambio. Pronto comprobé que su inglés era muy malo y su español calamitoso, me pregunté cómo hacía para entender las clases, los apuntes, concluí que el “intercambio” en realidad eran unas vacaciones encubiertas. Le pregunté lo mismo que se le pregunta a un turista, por qué eligió Argentina, para facilitarle la charla. “Oh, el tango, Borges, Maradona”, lo ceremonial. Parecía aliviada. El Gordo habló de un reality show de moda, de unos tipos que sobrevivían en una isla, contó que uno había estado a punto de morir por el veneno de un sapo, yo no sabía que existían sapos venenosos pero me pareció irrelevante preguntarlo.

Mientras esperaba la cerveza en la barra llegó Juana, parecía evitar que la vieran desde la mesa, pensé que pasaba algo malo. Dijo en voz baja “Le gustás a Ingrid” y continuó hacia el baño, me quedé pensando si se lo había dicho ella o si lo estaba suponiendo o si sólo me alentaba a abordarla. Volví a la mesa y todos reían y ya dejé de cuestionármelo, pero ya no dejaba de ver los ojos celestes de la alemana.

De a poco se fueron todos, había fútbol al día siguiente, fumamos en la vereda antes de despedirnos, hablamos de política. Juana me preguntó frente a todos si podía acompañar a Ingrid a su departamento, que era cerca, pero la inseguridad y eso. Asentí y me dio las instrucciones, era a dos cuadras de la casa de gobierno, el Gordo me pidió un cigarrillo antes de irse. Caminamos por la plaza Belgrano, ella deletreó “Gracias por acompañarme”, parecía haberlo practicado. Había comenzado el invierno pero no hacía frío, me sentí obligado a explicarle que en el norte de mi país nunca hace frío de verdad, que en la práctica el invierno no existía. Acompañaba las frases en inglés gesticulando mucho con las manos, como hacen los yanquis en las películas cuando hablan con un mexicano o un oriental, ella asentía apenas, era obvio que no entendía un carajo.

En el ascensor nos miramos en el espejo, ambos teníamos las manos en los bolsillos, supongo que nos dio gracia a la vez porque empezábamos a reír, también la cerveza estaba haciendo su efecto. Íbamos en piloto automático, sabíamos lo que iba a pasar, estábamos contentos con eso.


El departamento era de lujo, muy por encima de todos los estándares de casi toda la gente que conocía entonces. Sacó unas latas de cerveza de la heladera y me alcanzó una, se puso a ordenar ropa repitiendo en cada frase una misma palabra en alemán, seguramente “perdón” o “desastre”. Yo me entretuve mirando una gran bandera del Bayern que estaba sobre el televisor, ella pareció entender que me interesaba el fútbol y comenzó una emocionada exposición sobre su equipo favorito, supongo, o tal vez estaba recitando a Kant, era imposible saberlo. Sentí que era suficiente, puse la palma de mi mano en su mejilla y la besé. Fue un juego de tensión maravilloso: Ingrid era una de esas chicas muy activas en la cama, las que te empujan el rostro contra su pubis, las que te toman de la muñeca para que las toques donde quieren, una completa feminista sexual. Yo estaba bien con eso pero me sentía algo intimidado por su extranjería, su sofisticación, su primermundismo, también un poco cebado con el estereotipo del macho latino, con que luego recordara en Europa que en ese rincón salvaje de Sudamérica la habían cogido muy bien, la idea me resulta algo ridícula ahora. Los dos logramos lo que queríamos, creo, porque al final de la noche ella terminó por entregarse del todo, boca abajo, espléndida.


Al día siguiente caminamos juntos de su departamento hasta plaza San Martín a encontrarnos con el grupo. Llegamos despeinados y ojerosos, no nos habíamos duchado. Marcos y el Gordo me observaban celebratorios, una de sus compañeras preguntó a la alemana qué habíamos cenado la noche anterior, ella hizo un esfuerzo por armar la frase y contestó con aplomo.

—¿Anouche? Anouche comí pija.

Todos nos miramos con gravedad un segundo pero nadie pudo contener las risas. Ni siquiera Ingrid, que no entendía la gracia de su mala pronunciación de “pizza”, ni qué era comer una pija, que por otra parte era estrictamente lo que había hecho la noche anterior.


No sé qué fue de Ingrid, ella seguramente no sabe qué fue de mí. Se nos fueron el tiempo, los amigos comunes, la voluntad de buscarnos. Pero mañana juegan la final del mundo Alemania y Argentina y sé que, cuando los jugadores comiencen a disputarse la pelota, los dos recordaremos nuestra propia y menos trágica batalla.

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