Un policial en serio

Sobre Rituales de sangre, de Alejando Soifer

El cuento policial nace al calor de dos victorias decimonónicas: la del racionalismo y la del Estado. Para el ser urbano contemporáneo el límite entre buenos y malos era el de la ley, de ahí que el detective resulte un protagonista natural. El siglo veinte con su escepticismo feroz se ocupará luego de dinamitar esa dialéctica.

Rituales de sangre, de Alejandro Soifer, es ante todo un policial bicéfalo. Sebastián —intelectual, seductor, solitario— es el hijo dilecto de los investigadores clásicos. Joven y nihilista (“No tenía planes ni ganas de empezar a hacerlos”), casi una estampa generacional. De su lado está la civildad, la lógica, el refinamiento holmesiano del hombre que encuentra más soluciones en el conocimiento (diálogos, libros, Google, Wikipedia) que en la violencia de las balas. Quiroz, el reverso de la moneda —brutal, rezongón, corrupto— encarna al poli duro del noir en versión argentina (“Vos mejor que la juegues calladito o te meto un tiro y te dejo en una zanja al lado de la villa”), tan decadente como la sociedad que lo rodea y en la que —como un héroe trágico— aún lucha por la justicia.

Sebastián y Quiroz, entonces, investigan un crimen. El conflicto es eficaz por conservador: no buscan encontrarse a sí mismos, no se pierden en dilemas psicológicos, no hay en ellos pretensión de deconstruir la realidad o bucear en las tibias aguas de la reflexión existencial. Alguien cometió un delito (una masacre familiar espantosa, inexplicable) y hay que atrapar al culpable, que no es en este caso la mano asesina sino la organización anónima y poderosa detrás de la mano. Los buenos intentando atrapar al malo. Simple, perfecto.

Una ancestral secta mesiánica surgida del lecho del judaísmo ultraconservador (locos entre locos) se cierne como una fuerza oscura sobre los protagonistas. Correrá sangre: mucha sangre, desde el título. Con rigor documental y fascinaciones atrapantes, el enigma se rodea pronto de círculos tenebrosos y desconocidos. Sebastián ingresa a ese infierno con la arrogancia y la destreza del judío ateo. La Iguana Quiroz, con el desconcierto del goi y del viejo oficial caído en desgracia. Sheila, la hermosa hija de un rabino severo, será la Beatriz que los termine guiando en el viaje. Los unirá el espanto. También el amor.

Con una prosa precipitada, desnuda y violenta, por momentos alucinada, Rituales de sangre devuelve al policial a su origen plebeyo y masivo. Recupera, en ese movimiento, la tradición literaria más importante de todas: contar buenas historias.