Todo el mundo tiene un 4 de noviembre a la noche

Francisco Argerich
Nov 5 · 3 min read

Es 4 de noviembre y está oscuro. Hago mi ritual de todos los lunes cuando ya no hay luz, me siento enfrente de la computadora, me pongo auriculares, play a la lista con música más diversa que tenga y después a teclear.

Hay días que escribir es muy fácil, una idea chiquita que de repente se convierte en un montón de palabras. Tampoco quiero pecar de falsa modestia y decir que a todo el mundo podría salirle, una de las cosas que más me enorgullecen de mí es la capacidad que tengo de que mil imágenes en mi cabeza se conviertan en una historia para compartir.

Pero hoy estoy raro. Me gustaría encontrar una palabra más difícil o completa para poder explicarlo, pero raro se ajusta perfecto. Generalmente escribo sobre cosas que me pasan o pasaron, que veo o que vi, que siento o que sentí; pero hoy tengo la peor sensación que me puede pasar por el cuerpo: nada.

No sé cómo será para el resto de la gente. Para alguien sensible, esa aparición al mismo tiempo de la nada en la mente, cuerpo y alma es, como mínimo, rarísima.

Igual, yo me anoto en la lista de los sensibles con capacidades diferentes. Soy un sensible que se entristece poco, llora menos y no se enoja nunca. Entonces, se vuelve difícil explicar esa sensibilidad, pero esta situación me está ayudando a descifrar un poco más.

He escrito muchas historias en las que mi yo ficticio llora, o en las que lo hace algún personaje basado en la realidad; pero escribir una historia sobre alguien que no siente nada no es un buen relato, es sólo un capítulo más de una serie de Polka.

Así que ahora estoy intentando que esto me enoje, que me enfurezca; no puede ser que no se me ocurra ni una sola idea. Trato de que este intento de furia me traiga algún recuerdo de odio profundo para poder pasarlo a la hoja en blanco, pero de nuevo no aparece.

Es que en verdad, no estoy enojado. No estoy nada. Para enojarse hay que usar una fuerza que a veces creo que no tengo. Sospecho que es una fuerza relacionada al sentimiento de odio.

Trato de pensar en algo que odie profundamente, pero no lo encuentro. De hecho, me doy cuenta que admiro a la gente que tiene una capacidad de llevar el odio a semejante nivel de intensidad. Porque odiar no quiere decir sólo rechazar algo o alguien porque sí, sino que uno da por entendido que ese algo o alguien está en lo equivocado, o que es malo, o que es lo último que querría predicar en mi vida.

Aprovecho nuevamente para decirle a usted, odiador, que lo envidio. Lo envidio porque ahora me doy cuenta que soy un tibio, ni frío ni caliente, tibio. Admiro que estés tan seguro, yo ahora no tengo nada adentro y dudo de absolutamente todas las ideas que tuve, de todos los cuentos que escribí y de todo lo que me pasa por la cabeza.

Pensaba explicar cómo soy tan sensible sin hacer ninguna de las cosas que hacen los sensibles, pero ahora hasta dudo de poder hacer eso.

Sigo sin que se me caiga ninguna idea para escribir. Ya ni siquiera quiero seguir intentándolo pero a la vez no puedo darme por vencido.

Estas líneas que no merecen ni aplausos, ni felicitaciones, ni insultos, ni críticas; merecen justamente lo que estoy sintiendo en este momento: nada.

Tengo ganas de llorar mucho pero no me sale, de romper la pared de un golpe pero no tengo la fuerza, de explotar de una carcajada pero nadie me hace reír.

Quizás lo único que me pueda consolar en este momento es poder decirle a alguien que esté sintiendo algo similar a este vacío tan extraño: quedate tranquilo, todo el mundo tiene un 4 de noviembre a la noche.

Francisco Argerich

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Cuentos y un poco de deporte