Posmodernidad, transmodernidad y el fin de lo social a manos de la tecnología

Francesc Llorens
Sep 5, 2018 · 5 min read

He leído no hace mucho que alguien se alegraba al corroborar que Internet es un invento hippie. Esa idea me ha rondado por la cabeza insistentemente, porque, sea o no verdad que una naciera de los otros, lo que sí es cierto es que ambos, Internet y hippies, han muerto del mismo modo. En otras palabras: forman parte del tiempo “del mismo modo”.

Si es cierto que en la sociedad histórica de las necesidades había una neta separación entre teoría y praxis (Marx), si es cierto que en una sociedad sin necesidades la teoría estaría enteramente politizada y esa distinción se habría abolido (Barthes), entonces, por idéntico razonamiento, en una sociedad cuyas necesidades son creadas artificialmente ya ni siquiera tenemos teoría y todas las energías (lingüísticas, políticas, utópicas…) deben ser reinyectadas en lo social indefinidamente, en un fantástico efecto de diálisis, con el sólo objeto de mantener su cadáver (el de lo social) congelado sub specie aeternitatis por encima de nosotros.

Nunca ha habido otra utopía que la propia modernidad, y ésta ya fue clausurada (aunque todos habríamos deseado, sin duda, un acto apoteósico para “representar” ese final). Sin embargo, nuestro universo ya no pertenece al orden del apocalipsis, y por eso una experiencia histórica de cierre estuvo, y está, fuera de lugar. Sólo podría establecerse una necesidad teórica de disuasión, que consistiría en conjurar la desaparición de lo social con el lenguaje. Y eso es precisamente lo que sucede hoy. Disuasión paradójica y extrema, puesto que nos devolvería para siempre el poder puro, liberado de la ideología, los conceptos puros liberados de sus objetos, los objetos puros liberados del hombre.

En los años 60, toda una trama de diferencias, microcódigos, polihistorias pequeñoburguesas o subversivas, fue invocada contra el terror hegeliano de una razón totalizadora. Lo privado, lo humano, frente a la monstruosa racionalidad de lo colectivo. La diferencia deleuzeana decía: liberemos el deseo sin finalidad, el intercambio sin valor. Y luego quería presentar esta experiencia de la fragmentación como un neovalor auténtico, jugado privilegiadamente en las esferas del arte y el psicoanálisis. Lo posmoderno, empero, fuere lo que fuere, no se reconocerá en el mundo atomizado, porque este mundo ligado a la desesperación revolucionaria y la rotura de los relatos, pese a su autoconciencia, nunca pudo dejar de aparecer como formalmente platónico; había en él una estructura de producción una metafísica de la verdad, una arquitectura de los flujos, articuladas sobre un paradigma esquizofrénico (economía libidinal). Se quiso reconocer en él un proyecto político, al que todos habríamos debido obedecer. Una nueva ciudad ideal sobre los territorios devastados y nihilistas del capital.

Fructífera imaginería, la del socius, la de la materialización de la negatividad. Lo malo, sin embargo, es que lo negativo desapareció muy pronto de nuestro horizonte. Y ahora asistimos a las formas positivas y profilácticas de lo real, a esa clase de brillo que impregna a los productos humanos cuando han abandonado todo campo posible de análisis, al universalizarse telemáticamente y sustituir, para escándalo de los intelectuales, su substrato metafísico por una desencarnada ontología iónica. Lo que se da en el presente es la retirada de la teoría, de la misma representación de las cosas según fines. Ya no podemos hacer hablar a la diferencia. Ninguna experiencia de la dispersión y la individualidad dice nada significativo. La dispersión, el fragmento, el collage, no tienen conciencia ni valor revolucionario, sólo se yuxtaponen en una planicie sin profundidad, en un fotomontaje del mundo. La única metáfora posible, pues, es la de la arquitectura sin ciudad y sin utopía (y, ciertamente, la arquitectura teórica se busca desde hace décadas en los lenguajes autófagos: Eisenmann).

Asistimos a la escritura recursiva del mundo. Nuestras palabras, sintéticas todas ellas (como nuestros mitos), continúan en la babia del infinito, por lo cual nosotros continuamos en un bobalicón y fascinante estado de indiferencia. Si hay alguna tarea posible, esta será la atribuida por Tom Wolfe al político neoyorkino: hacer que llevemos bien el hecho de que no pasa nada.

Todos los desencantos posibles, todas las advertencias posibles, todos los adjetivos posibles, han sido señalados ya y eso es lo que resta su poder a los conceptos y lo transfiere a las palabras consideradas en tanto, y solo en tanto, signos. La forma de nuestro universo es estética de cabo a rabo y lo demás es silencio. Formamos parte de un modelo vírico de sociedad, en el sentido de que no sabemos exactamente de qué dirección podría provenir eso que Lyotard llamó una nueva begebenheit. De ahí que esta no se dé como experiencia de discontinuidad de los fines, sino como una “desaparición” de las finalidades, lo que podría caracterizarse más precisamente como desviación del tiempo histórico, como olvido de sus hilos y de su proyecto. En el interior de esta borrachera del ser, en la bacanal lúdica de sus ironías, los relevos se suceden vertiginosamente. Los expertos en gestión del cambio, los insiders tradings, los gurús tecnológicos y los descendientes virtuales de aquellos ahora primitivos yuppies y dinks (dinks: ‘double income, no kids’) han eliminado por K.O. a los welthistorische individuen. Los “highly motivated teams”, los expertos en control de procesos y flujos, patriarcas de la optimización de sistemas, los lobbies y corporatismos, le han ganado por la mano a la publicitada eticidad de la Bürgerlische Gesellchaft, la sociedad sencillamente civil, bienpensante y objeto hasta hace poco de todas las teorias y los esfuerzos liberadores de los intelectuales. En fin, los “computer network concepts” han acabado con aquellos otros conceptos, la Naturaleza, lo Social, el Individuo, el Progreso… Aquí giramos todos, en el ruedo de un destino manierista del que no sabemos nada, ni siquiera cuándo fue inventado ni con qué perverso objeto.

Devaluado ya el concepto de posmodernidad, pero incapaz el hombre de detenerse y poner fin a las advocaciones, hay quien ha llamado “transmoderna” a esta weltbegriff, a esta “escritura del mundo”, pero ello no puede ser sino otro ejemplo de los límites de todo lenguaje. Estamos en ese punto de los lenguajes denominado autorreferencial: tras mucho buscar, y buscarse, todas las escrituras, todas las ontologías, no habrían estado sino hablando, orgullosas, de sí mismas. Una tautología snob, más próxima al best-seller que a un auténtico “concepto de mundo” -o incluso que a la fantasía de un concepto tal-. En el límite, todos nuestros discursos se parecerían a aquel “Live or Die” del que hablaba Baudrillard, pintado sin objeto y sin memoria en la puerta de una letrina del malecón de Santa Mónica, cuyo sentido no es otro que el de la indiferencia: “muérete tú, porque eres más estúpido que yo”.

Francesc Llorens
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