La difícil transformación del peronismo

https://www.youtube.com/watch?v=3lbVrxo-cBQ

Una pequeña (no muy pequeña) reflexión:

Tengo con Julio Bárbaro las diferencias que puedo tener con cualquier peronista. Sin embargo, nunca pierdo la oportunidad de escucharlo, y valoro mucho sus intentos por conseguir algo, si no imposible, muy difícil: transformar el peronismo, de un movimiento concebido como hegemónico y excluyente, en un partido ajustado a las reglas de una democracia republicana.

Para lograr esto, necesariamente, el peronismo debería renunciar a ciertos dogmas que resultan antagónicos a la convivencia democrática, y que en su fase kirchnerista fueron llevados a nivel de caricatura. La democracia no admite Movimientos, sino partidos. Y los partidos democráticos no pueden ser religiones de Estado, como el comunismo en Cuba o el fascismo en la Italia de Mussolini, porque son partes de un todo, y no el todo mismo. Ni el peronismo puede concebirse a sí mismo, ni el resto de los partidos pueden concebir al peronismo, como el único partido capaz de gobernar la Argentina. El dilema “yo o el caos” no tiene lugar en una democracia consolidada.

En otros países, la gobernabilidad no es objeto de debate en una campaña electoral, porque todas las partes tienen asumido que el país será gobernable gane quien gane. Más o menos gobernable, de acuerdo a diversos factores como la coyuntura económica o los números en el Parlamento, pero gobernable en definitiva. La disyuntiva no se plantea entre un partido capaz de gobernar y un partido incapaz de hacerlo, sino entre un partido con determinadas propuestas y un partido con otras propuestas para los mismos problemas. Así funciona en España, con el PSOE y el PP, o en Inglaterra con el Partido Conservador y el Partido Laborista. Ambas partes, aunque antagónicas y con diferencias profundas, se reconocen legitimidad, lo que no sucede en lo que podríamos llamar democracias autoritarias.

El poco apego que el dogma peronista históricamente ha profesado por la democracia de libertades (de opinión, de culto, de mercado), con excepciones puntuales, se cristaliza en la beligerancia de su vocabulario institucional y coloquial, y en esa concepción filosófica según la cual el peor pecado que puede cometer un peronista -aún peor que un crimen, como lo demuestra una historia plagada de crímenes perpetrados en nombre de la causa peronista- es la traición y la deslealtad… Y es también, curiosamente, el más común de los pecados peronistas.

El indeterminado mote de traidor le cabe a cualquiera que desoiga la disciplina interna del partido, y esta disciplina es cerradamente definida por un líder que no se atiene a ninguna regla más que a su propia voluntad y raciocinio. Esto es: es traidor todo aquel que se atreva a cuestionar la voluntad de una persona a quien se atribuye el liderazgo fáctico del Movimiento, el cual a menudo no coincide con su organigrama.

Definida en clave peronista, “traición” suena entonces muy parecida a “disenso”. ¿Qué clase de partido moderno tomaría la “traición”, así considerada, como un pecado capital merecedor de los peores castigos? ¿Qué nivel de democracia interna puede esperarse de un Movimiento donde el valor máximo pasa por la sujeción férrea al Líder y donde es traidor cualquiera que aspire a ocupar su lugar? Es signo de buena salud, y no al contrario, que un partido genere permanentemente la renovación de sus liderazgos. Es signo de buena salud que alguien quiera ocupar el lugar del líder.

Por eso celebro los intentos de Julio Bárbaro y otros dirigentes justicialistas por modernizar un partido propio de tiempos de autoritarismo que la mayor parte del mundo superó hace rato.