La Naturaleza del Conflicto


Un tiroteo en un pequeño restaurante parisino, una segunda descarga en una sala de espectáculos, una explosión en una brasserie cercana al estadio donde el primer mandatario francés observaba un encuentro de su selección nacional; y tres atentados más que en total acabaron con la vida de 137 personas. La noche del 13 de noviembre de 2015, la civilización humana presenció y protagonizó uno más de los diálogos violentos entre el mundo occidental y el medio oriente. Y por más que cada atentado traiga consigo un sabor a novedad, a sorpresa, o a noticia; podemos coincidir en que los crímenes de los que fueron víctimas 137 personas -de diversas nacionalidades, edades y credos- no comenzaron esa noche. La historia de la humanidad es la del conflicto, de esa pugna de intereses que nace en nuestra propia naturaleza y se manifiesta a través de la violencia que ejercemos sobre los demás en pos de satisfacer un deseo, cualquiera que este sea. Es en la misma necesidad donde radica la esencia del conflicto, en esa ambición desmedida del hombre por poseer algo significativo; alguna construcción social a la que le hayamos otorgado valor, como un dios, el dinero, el amor, la libertad o el poder. Son aquellos conceptos abstractos que la humanidad creó con el objetivo de dominar su naturaleza animal, a los que les fue concediendo relevancia y valor, los que dan rienda suelta al más feroz de sus instintos: la violencia. Pero en esa naturaleza donde están arraigadas todas las colisiones humanas, se oculta el antídoto necesario que podría, sino detener la violencia, por lo menos estabilizar e incluso salvar la raza humana.

“Y sin embargo, cada hombre mata lo que ama” exclamaba con premonición y advertencia Oscar Wilde en su afamada Balada De La Cárcel De Reading al hacer referencia no sólo del deshumanizado sistema penal victoriano, sino del mismo fuero interno que comparte la especie humana. Basta con echar un vistazo a la narración histórica que va desde Las Mil Y Una Noches hasta las calles de París, para darse cuenta de que mucho antes que el reo de la cárcel de Reading, el hombre mataba por amor, y así mataba también a lo que amaba. La codificación binaria con la que percibe su realidad es la que pone en marcha el motor violento de la civilización. Al organizar la realidad en este sistema de polos, la sociedad depende de un antagonismo virtual para mantener en pie las estructuras de la civilización. De esta forma, condición sine qua non para que exista el frío es el calor -al menos para el entendimiento humano-, para la felicidad es la tristeza y para la paz es la guerra. En esa sucesión de opuestos se llega al poder, a la tenencia o la falta de poder. Hace más de un siglo ya, William Ewart Gladstone imaginó con ilusión un tiempo en el que el poder del amor hubiera reemplazado al amor del poder. De más está decir que esos tiempos están lejos de llegar; pero la paradoja gravísima que la inocencia de Gladstone falló en encontrar es la estrecha relación que guardan el amor y el poder. Pues si bien, en palabras de Lord Acton, el poder corrompe; es el amor por el poder el que realmente destruye; la obsesión con la que alguien persigue aquello que ama, que le entrega autoridad al objeto amado y somete al que lo busca. Ese fanatismo con el que los hombres han buscado utopías con nombres de dioses, oro, petróleo, mujeres… que los obliga a ser vasallos de su propio sistema de supervivencia y que probablemente terminará por destruirlos.

A pesar de esto, no se puede rechazar el cambio, y se debe reconocer que si bien los conflictos son una constante en la evolución humana, la sociedad de hoy no es la misma que antes. La sociedad actual, perteneciente al mundo globalizado Post Guerra Fría agrega un nuevo matiz a la paleta de conflictos humanos, el problema de la identidad. Con el declive del atractivo nacionalista de las grandes potencias y el amor perdido por las identidades patrias, intensificado por las constantes olas migratorias, el nuevo orden mundial colisiona en un nuevo frente, uno casi invisible. Según Samuel Huntington, los conflictos más importantes en este nuevo mundo no serán principalmente ideológicos ni económicos. Según su teoría presentada en El Choque De Las Civilizaciones, las grandes divisiones en la humanidad serán culturales. Desde la psicología social, la identidad y la percepción de uno mismo, proveen a las personas de anteojos a través de los cuales pueden observar a los demás y su entorno. Sin embargo, esta identidad se construye y se transforma a lo largo del tiempo y varía según sus circunstancias. Por ello es fundamental conocer cómo y dónde se originan las disputas culturales e identitarias que hoy en día son la causa imperiosa de los conflictos internacionales.

Por más de que la evidencia histórica obligue a retratar un futuro desesperanzador, la civilización humana todavía puede encontrar un refugio de esa fachada violenta, propia de su misma especie, en una característica tan inherente de su naturaleza como la violencia misma: la compasión. En 1871, Charles Darwin publicó El Origen Del Hombre, donde describía cómo los humanos y otros animales acudían en socorro de otros en peligro; y aunque reconoció que tales acciones ocurrían esencialmente dentro del grupo familiar, asintió que la mayor virtud moral es la preocupación por todos los seres vivos. A la luz de este descubrimiento la conversación deja de ser una cuestión de innato o adquirido; ya que la interpretación de la teoría darwiniana como un “sálvese quien pueda” desaforado pierde relevancia cuando uno se hace al hecho de que la compasión y la simpatía por los demás, permitieron al hombre convertirse en la especie dominante del reino animal. Más allá de la teoría, el hecho de que la empatía florezca aún en tiempos tan endurecidos como estos, mantiene en pie la esperanza de que algún día la humanidad pueda prescindir del conflicto, de la guerra y de la violencia.

Los atentados de París, las incesantes embestidas en Medio Oriente, y una tradición histórica y cultural violenta que se cuela en cada generación; demuestran la cara más oscura de la humanidad, una que cada uno debe reconocer y hacerse responsable de ella. Es hora tal vez, de que la humanidad vuelva a recurrir a su sentido de colectividad y cooperación que, por medio de la compasión -no del deseo o la ambición-, le dieron al hombre el puesto más alto en la cadena evolutiva. Al fin y al cabo, lo que está hoy en juego es más grande que un “yo” en términos patrióticos, religiosos, culturales o ideológicos; la identidad en juego es la del ser humano como especie y su propia conservación.