Azúcar, huevos, harina y esfuerzo
María Inés Barbas tiene 77 años, vive en la comuna de Melipilla y trabaja hace más de 40 años en la venta de dulces y masas chilenas. Aprendió desde pequeña a elaborar pasteles, su madre le enseñó todas las recetas y además iban juntas a venderlos a la antigua línea del tren de la ciudad.

El inicio de su negocio se remonta a los años cincuenta, cuando su madre lo inauguró con la elaboración de tortas y masas. Tras el fallecimiento de esta, María Inés siguió sola con el local, a pesar de tener tres hermanos.
Ella decidió hacerse cargo debido a que fue la única que aprendió las recetas. Cuenta que al principio no le fue fácil, debía hacer todo a mano, con uslero y horno a barro. No tenía presupuesto para maquinaria, ni mucho menos para contratar personal.

En ese entonces la especialidad del negocio eran las tortas, merengues y calados. Pero algo hizo cambiar la antigua tradición. En Curacaví se empezaron a elaborar masivamente nuevos pasteles que le hicieron la competencia, los dulces chilenos.
María Inés estaba aterrada, sabía elaborar sus masas, pero no tenía idea de como se hacían estos nuevos pasteles. Pero a pesar del miedo, no se quedó atrás, logró aprender gracias a dos trabajadores que contactó y que provenían de Curacaví.
Al principio le fue difícil aprender y obtener ganancias, pero con el paso de pocos años, se vieron los frutos de su trabajo. Logró comprar maquinas para revolver masas y también hornos industriales. Además la elaboración de sus productos era excelente, comenzó a vender mucho más y pudo expandir su negocio.
“Mi principal motivación para renovar las recetas del local, fue salir adelante y darle lo mejor a mis hijos”.

María Inés está muy satisfecha con el desarrollo de su trabajo, dice que con las recetas de su madre y el descubrimiento de curacaví, logró obtener todo lo que tiene ahora. Viajó a Roma y a Israel, compró una pequeña parcela, y lo más importante, según ella, fue darle educación a sus dos hijos, Ana María y Marcial.
“Todo lo que tengo se lo debo a mi trabajo y el esfuerzo que hice para mantenerlo a flote”, asegura orgullosa por sus logros.

Actualmente, el negocio ha dado más frutos de lo que ella esperaba. Tiene doce trabajadores, maquinas que le facilitan el trabajo y además reparte sus pasteles en la zona de Melipilla, Santiago y en regiones como Coquimbo y la Araucanía.
“Seguir con el negocio de mi madre significó un gran esfuerzo, pero valió la pena. Gracias a el, yo me pude realizar como persona, aprender cosas nuevas, viajar y criar a mis hijos. Amo mi trabajo, ayudar y ver como salen los pasteles. Espero que mi hija continúe con el local cuando yo no este”
