Mitificar el narco: constructo de la ignorancia

El mito ha sido parte de la cultura y el folclore mexicano a lo largo de la historia nacional. La leyenda épica transmitida a través de generaciones, por medio de historias populares, canciones y corridos han logrado engrandecer o exagerar hechos históricos, dar vida a personajes ficticios y hasta supersticiosos.
El contexto contemporáneo ha jugado un papel fundamental en la creación de los diferentes mitos y leyendas. Varían de tiempos prehispánicos, al México colonial, la independencia, las guerras contra intervenciones extranjeras, la Revolución Mexicana, hasta nuestros días. Cada una de ellas con características muy específicas del momento histórico en el cual se les dio vida y, formando así, parte del imaginario colectivo de masas de población que comparten ciertas características sociales y económicas así como del escenario político del momento.
Excluyendo para fines del artículo aquellas leyendas de superstición sobrenatural, la característica principal de los mitos y leyendas del México revolucionario y anterior fue el invento esperanzador. El héroe popular con pasado de marginación que se revela contra el gobierno. El bandolero social que roba a los ricos para dar a los pobres. El Valentín de la Sierra (engrandecido), El Corrido de Gabino Barrera (ficticio), Joaquin Murrieta (verdadero pero mitificado por Hollywood con el personaje de El Zorro) y tantos otros.
A diferencia de los mitos históricos del México guerrero y rebelde que buscaban un héroe popular que sería el justiciero de las masas, la leyenda contemporánea que gira al rededor del crimen organizado aludiendo a la supuesta “grandeza” de un capo del narcotráfico muestran nada más que la creciente descomposición social, la cultura del capitalismo agresivo individualista, la necesidad de mostrar poder por medio de la ostentación desmedida y la consecuencia de un forzado nivel precario de educación provocado por la marginación desde una clase política que la utiliza con fines electorales. Deja de existir el valor de la justicia social y se sustituye por la acumulación personal de capital.
El mito del capo que se quiere hacer pasar por el bandolero social de antaño rebasa los límites que anteriormente existían. Ya no solo es exclusivo de un sector social, sino incluso cae en el sectarismo y un nuevo tipo de narcocultura o narcomoda que influye más allá del folclore. Que lucra desde la moda, hasta la construcción de capillas de veneración. Y a pesar de que el elemento común de la pobreza sigue vigente, ya no es exclusivo de él.
Son varios los argumentos erróneos o hasta ridículos que se escuchan en grandes sectores de la población en defensa de unos u otros capos del narcotráfico y no precisamente por personas que se dedican a dicha actividad, sino que simplemente sienten una extraña admiración y exotismo provocado por el deseo de una vida de lujos más allá de su imaginación o fuera de su rutina trabajadora y sistemática. Entre algunas de esas lamentosas declaraciones se escuchan sandeces que afirman: “La economía nacional necesita de los narcos”, que “los narcos ayudan a la gente”, qué tal capo “debería ser presidente de México”, entre otras barbaridades.
Se olvidan quienes hacen esas ridículas declaraciones que el narcotráfico también vive de actividades como el secuestro, la extorsión, el tráfico de personas, la prostitución forzada, la esclavitud, el asesinato y el terrorismo. Que si ayudan a un mínimo de población en sus zonas de influencia, no es por bondad sino por estrategia de protección individual y que, la gran mayoría de aquella población vive amenazada de muerte en caso de no proteger a quien hacen llamar “el patrón”.
Si hacemos a un lado la leyenda épica así como la argumentación y contra-argumentación coloquial, el narcotráfico representa como tal una amenaza a la seguridad internacional en todos sus niveles (entendiendo dicha noción como la intención de perjudicar y la capacidad de afectar al Estado). Sus consecuencias afectan desde lo económico, político y social, hasta lo medioambiental e, incluso, la misma democracia. Es por estas razones que las Naciones Unidas y otras organizaciones internacionales (OEA, UE, entre otras) han celebrado distintos tratados de cooperación así como un número de Convenciones para combatir el tráfico ilícito de drogas y estupefacientes, así como la corrupción que de él emanan.
Citando a Fabián Novak en su ensayo Amenazas Globales a la Seguridad: El Narcotráfico, para el año 2005 se estimaba que “el comercio de drogas en el mundo moviliza alrededor de 500 mil millones de dólares al año, representando casi el 8% del comercio mundial. Si a eso le agregamos que las Naciones Unidas calculan que anualmente se lavan aproximadamente 200 mil millones de dólares en el sistema financiero mundial, se puede fácilmente concluir que el narcotráfico implica una amenaza real para la estabilidad y seguridad de los Estados”.
Económicamente hablando (y desmitificando a quienes aseguran que el tráfico de drogas es un motor económico que beneficia a los Estados), donde opera el narcotráfico (y por ende la inseguridad), se ahuyenta a presentes y potenciales inversionistas nacionales y extranjeros que pudieran acelerar el desarrollo nacional. El gasto público se reduce en inversiones de desarrollo humano para ser utilizado para el combate de prevención y sanción del crimen organizado. El sistema financiero es utilizado por los cárteles para financiar sus propósitos y se provoca una perversión de la economía que se torna inflacionaria, afectando directamente a los ciudadanos.
En el ámbito social, las consecuencias en nuestro país han sido evidentes en todos los aspectos de la vida cotidiana. Los daños a la salud provocados por los consumos de estupefacientes han ido en una constante a la alza especialmente entre las personas jóvenes. La inseguridad ha alcanzado niveles sin precedentes: Más de 250,000 asesinatos en los últimos 12 años, violaciones a derechos humanos de los ciudadanos tanto por los criminales como por las fuerzas armadas, la aparición de autodefensas que reaccionan ante la incapacidad del Estado de brindar seguridad, y un clima de terror generalizado a nivel regional.
La violencia no solo aumenta por los ataques de los cárteles. A mayor cantidad de población con adicción, los asaltos y hasta los asesinatos de quienes buscan por todo medio saciar su vicio se hacen presentes en los barrios, colonias y rancherías.
La cultura del miedo se vuelve normalidad donde operan los grupos del narcotráfico. Las ejecuciones selectivas y ejemplificadoras generan el terror de aparentar estar en contra del criminal. Los valores se vuelven nulos y la cultura de la opulencia se vuelve deseo generalizado.
La democracia es seriamente fragmentada. El narcotráfico se logra impregnar en todos las instituciones del Estado y la sociedad. Servidores públicos, jueces y candidatos son ejecutados para que en su lugar queden quienes aprecien la corrupción y garanticen la impunidad. La prensa es acallada y se informa a la población solo lo que las élites del poder permitan. Se amenaza a todo tipo de organización social que perjudique o ponga en jaque sus intereses. Todo esto, pues, para poder ganar territorio, poder y lograr sus objetivos de expansión y protección, deben corroer todo tipo de institucionalidad que se les oponga.
Se debilita exponencialmente la soberanía del Estado. Citando de nuevo a Fabián Novak en Amenazas Globales a la Seguridad: El Narcotráfico, “cuando la infiltración del narcotráfico en el Estado alcanza proporciones muy significativas, cabe hablar de un «narco Estado», el cual representa un peligro para la seguridad y estabilidad de sus vecinos, los mismos que pueden verse tentados a intervenir en los asuntos internos de aquél a efectos de evitar la expansión a sus territorios de las actividades ilícitas derivadas del narcotráfico”.
El desastre ecológico se hace presente. La deforestación ilegal para aumentar sus territorios de siembra o para la extracción ilegal de recursos naturales para maximizar sus ingresos, la erosión de la tierra y contaminación del agua por el uso de químicos y fertilizantes ponen en jaque la biodiversidad. No solo las comunidades aldeanas sufren las consecuencias graves a la salud y a la vida, sino también la flora y la fauna del lugar.
Desmintamos el mito del “traficante social”. No existe. Y cada que vean una novela o serie y escuchen un corrido del narco “a carta cabal, galán y bondadoso”, recuerden este artículo. No es justo, por ninguna concepción posible, que se quiera comparar al narco con el héroe o bandolero social de antaño. No es lo mismo la justicia colectiva que el asesino que maximiza ganancias. No es lo mismo quien desafió al tirano por bien del pueblo que quien pactó con un gobierno a cambio de impunidad. No es lo mismo Pancho Villa que el Chapo Guzmán.
