La incompetencia como diseño

Si el boricuazo es la conciencia de lo posible en el Puerto Rico que vivimos entonces la ley PROMESA es exhibit 1 de la incompetencia como diseño del colonialismo que nos abruma. Ciertamente la oración anterior puede ser simplista pero si continúa leyendo intentaré reinvindicarme.

El boricuazo es más bien un investigador de textos escondidos. Es un Indiana Jones poscolonialista light obsesionado con el rescate de una dignidad maltrecha y escupida como bagazo. Su vocación es hacer público lo invisibilizado por la historia oficial. Ciertamente tiene una dimensión de entretenimiento y un feeling de autosobo estilo perro sato al atardecer, pero en el centro de su proyecto está la reconstrucción de lo que Arcadio Díaz Quiñones llama nuestra memoria rota. La catarsis y la inspiración de autoestima que sobreabunda en sus presentaciones documenta una ausencia aterradora de lo que el evento mismo convoca. Las preguntas que nos debemos hacer son: ¿Qué nos dice el boricuazo acerca de quiénes somos? ¿Acerca de quiénes quieren que seamos? ¿Vale la pena estirar su proyecto hacia el rescate formal de lo que nunca se ha inscrito en nuestra historia, en nuestra memoria y en nuestro ser? Las risas que provoca el boricuazo son espejo de las lágrimas de un pueblo a quien se le ha enseñado a ser incompetente por diseño. Un pueblo a quien se le ha inducido a olvidarse de sus propias posibilidades frente a sí mismo, frente a los demás pueblos y frente a Dios.

La invisivilización y la ausencia que le sirven de terraplén y escenografía al boricuazo quedaron desnudas en la aprobación de la ley PROMESA. Esta ley sirve de exhibit 1 a nuestra situación de país. Lo que vivimos es prueba contundente, dicen muchos, de que “no nos podemos gobernar”, de que “no tenemos los recursos”, y de que somos incompetentes como trabajadores, como administradores, y como seres humanos, para asumir la responsabilidad de nuestras propias vidas y de nuestro propio futuro. El salivar escondido de muchas personas en este país a favor de PROMESA es, a mi entender, la subordinación de un entendimiento ideológico limitado y miope tanto a sus propias posibilidades como a la experiencia de crecimiento de un país de pasar de la adolescencia a la madurez. PROMESA no es posibilidad de acercamiento al imperio sino estrategia de mantenimiento de la colonia. Tanto así que el imperio mismo pareó la ley con la inclusión de la colonia en el tan mentado y prometido plebiscito. El poder que realizó esta inclusión de última hora no es local. No seamos ingenuos. Fíjese en lo que esta inclusión ha logrado hacer con el liderato político del país. Todo es parte de la promoción de la incompetencia como diseño.

PROMESA no fomenta los principios democráticos y los valores personales y comunitarios de lo mejor del imperio. Lo que hace esta ley, sin rubor alguno, es pavonear el poder que una visión económica que lleva vertiginosamente a ese país al precipicio tiene para plantarse como ejecutiva política del bienestar y futuro de sus subordinadxs. Su traje de salón y justificación simplista es la incompetencia de los puertorriqueños para gobernarse. Una incompetencia establecida por diseño y fomentada por la concupiscencia de los bufones locales que se han lucrado del sudor y el trabajo del pueblo. Basta unir lo que sabemos - por cuenta gotas - del manejo de los bonos y pecunio del país con la partitura fundsamental de PROMESA que dice así: The provisions of this Act shall prevail over any general or specific provisions of territory law, State law, or regulation that is inconsistent with this Act. La supremacía de la ley, junto a la concupiscencia y jaibería de quienes saqueraron al país y ahora se presentan como parte de su paredón de fusilamiento, no solo van más allá de la imaginación de Gabriel García Márquez y su familia Buendía mentada, sino que demuestran a la saciedad la incompetencia como diseño en la estrategia colonialista presente en el Puerto Rico que vivimos.

Se nos ha educado para la incompetencia. Se nos ha alambrado el cerebro para luchar lxs unxs contra lxs otrxs y para descargar el dolor y coraje de nuestras desventuras y frustraciones en nuestros propios vecindarios. Dice Paulo Freire: “La autodesvalorización es otra característica de los oprimidos…De tanto oír de sí mismos que son incapaces, que no saben nada, que no pueden saber, que son enfermos, indolentes, que no producen en virtud de todo esto, terminan por convencerse de su ‘incapacidad’. Hablan de sí mismos como los que no saben y del profesional como quien sabe y a quien deben escuchar. Los criterios del saber que les son impuestos son los convencionales”. Podemos tener y admirar ejemplos discretos de éxito pero esto no se traduce en proyectos comunes y cotidianos de empresarismo ni en un ethos de adultez existencial. Reducimos la libertad de Oscar López a la criminalización de un ideal sin notar lo humano y lo justo de su situación. Ridiculizamos el #teamrubio sin notar cómo esto creó una consciencia de éxito colectivo que germinó en peloteros quienes, en sus preferencias individuales, no eran independentistas sino puertorriqueños, y cómo esta conciencia de equipo se logró traducir a la gente de a pie. Analizamos la situación de la Universidad de Puerto Rico como un evento discreto y separado de lo que nos sucede como país. Quienes luchan y protestan son o mozalbetes pelús o policías encubiertos. Freire habla del fatalismo y la violencia horizontal de la que son presa lxs oprimidxs. “Dada la inmersión en que se encuentran los oprimidos no alcanzan a ver, claramente, el ‘orden’ que sirve a los opresores que, en cierto modo, ‘viven en ellos’. ‘Orden’ que, frustrándolos en su acción, los lleva muchas veces a ejercer un tipo de violencia horizontal con que agreden a los propios compañeros oprimidos por los motivos más nimios. Es posible que, al actuar así, una vez más expliciten su dualidad”. El error de la izquierda puertorriqueña es pensar que esto no les sucede a ellxs y el error de la derecha boricua es pensar que estas categorías no son funcionales en Puerto Rico. Somos incompetentes por diseño.

En estos días que vivimos hacemos lo mismo para intentar resolver una situación nueva. Ejemplo paradigmático de la incompetencia por diseño. Hacemos huelga; asignamos culpas; criminalizamos la izquierda; moronizamos la derecha; en fin, respondemos como si lo que vivimos fuese lo mismo que siempre hemos vivido. En el proceso perdemos todxs porque se limitan los espacios de dignidad, se cancelan los procesos de comunicación y se exprime la democracia hasta reducirla a una simple policía de palito. Lo que vivimos no es lo mismo de siempre. ¿Qué hacemos para salir de la incompetencia por diseño? O como dice San Pablo: ¿Perseveraremos al pecado para que la gracia abunde? Lo primero es darnos cuenta que lo mismo no funciona. Las variables de interpretación tradicionales puede que no funcionen. Las estrategias de respuesta tampoco. Es muy fácil santificar y demonizar. Más las construcciones dualistas y absolutas nunca le han servido bien a nadie. El asunto es complejo, interdisciplinario y flota en un caldo de ‘no querer perder’ que fomenta rencor, violencia y separación. Tal vez debemos recordar el proverbio que dice la blanda respuesta quita la ira (y) la palabra áspera hace subir el furor (Proverbios 15:1). Lo blando aquí no es falta de firmeza ni de convicción. No es alejarse de la verdad ni del debate. Es vivir desde la libertad frente a Dios que nos hace esclavxs y siervxs los unxs frente a lxs otrxs. Es responder desde las experiencias de abundancia y escasez afincadas en solidaridad que han marcado y marcan nuestras vidas cotidianas y exclamar junto a Pablo: todo lo puedo en Cristo que me fortalece. Para deconstruir y descarrilar la incompetencia por diseño debemos comenzar por reconocer que lo mismo ya no funciona.

El futuro, sin embargo, tiene historia. Tiene carriles y tiene precipicios. No es un asunto de dejar todo lo que sabemos y conocemos atrás por algo sin pies ni cabeza que puede ser pero que no tiene bisagras. El resucitado es el mismo a quién crucificaron. Las marcas en las manos y los pies de Jesús nos dicen que lo que soñamos se inicia con lo que hemos vivido. Entonces el proyecto de reconstruir nuestra memoria rota es parte del proyecto de soñar el futuro que anhelamos. Lo importante son los criterios y los materiales que usemos para reconstruir puesto que serán los fundamentos de lo que podemos soñar. Debemos enfrentar la ausencia aterradora y el lamento de lo que no somos y de lo que nos consume. Debemos tocar, como Tomás, las manos y el costado de Jesús que son nuestras manos y costado. Entonces creeremos. Y al creer, veremos. Veremos lo imposible convertirse en proyecto y en sudor. Podremos explorar respuestas novedosas y atrevidas al momento que vivimos. Podremos desafiar lo mismo con lo soñado no como utopía desgastada sino como libertad aterrizada en el servicio y amor al prójimo que necesita. Ser humanos es tener la capacidad de imaginar y creer lo que no es actual. La imaginación es un ejercicio espiritual que afirma nuestra humanidad tanto en sus posibilidades como en su vulnerabilidad[1]. Ejercemos la vocación de la libertad que se desborda en el prójimo que necesita cuando, rescatando nuestra memoria rota, podemos imaginar las posibilidades para nuestro pueblo a partir de nuestras vulnerabilidades, y esto sin esconder ni domesticar la responsabilidad que esto conlleva. Entonces nos conoceremos, quizas por primera vez, y dejaremos de ser incompetentes por diseño para ser hijos e hijas de Dios.

[1] Phillip Hefner, Technology and Human Becoming (Minneapolis: Fortress Press, 2003), 44ss.

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