“You’re so vain 
 You probably think this song is about you”

(You’re so vain — Carly Simon)

Si analizamos la historia moderna (y la no tan moderna), es posible observar un componente que se repite constantemente en los momentos de profunda transformación: la participación de la sociedad civil. Desde el movimiento de lo Indignados en España y Occupy Wall Street, hasta la primavera árabe, siempre la sobresale la participación de amplios sectores de la sociedad, en especial de los jóvenes. En estos casos el papel de las redes sociales ha sido importante, pero como lo señala Moisés Naim, solo han sido las herramientas para articular el sentir (por lo general de hartazgo) de los ciudadanos. Esto no es exclusivo de países ricos o sociedades avanzadas, el caso particular de los movimientos después de la Revolución de los Jazmines, se da en sociedades profundamente trastocadas en muchos sentidos, desde lo social y económico hasta lo político.

Llama la atención lo que ocurre en México. Somos un país lacerado por la violencia, por la impunidad, por la corrupción, por la pobreza; con un estado fallido y con oportunidades solo para unos cuantos. Un país donde, de acuerdo a la sabiduría popular, la ley es solo para los pobres y para los pendejos. Un país libre solo en el papel. Un país cansado. Harto. Hastiado. Asqueado. Hasta la madre.

Pero a pesar de todo esto, del tan mencionado hartazgo y de los evidentes y profundos problemas que nos aquejan y del hecho que cada vez más voces se alzan reclamando cambios, no hemos podido, al día de hoy, generar una acción concreta que genere transformaciones para bien.

Mucho tiempo pensé que no podíamos ponernos de acuerdo por un tema de apatía o un tema de miedo. El “para qué hacemos algo si todo seguirá igual” o “es que si hacemos eso, nos puede pasar algo”, cada vez aparece menos, cediéndole el lugar a un nuevo discurso. Un nuevo discurso que duele todavía más que la indiferencia y el temor y que gira alrededor de un solo concepto. Un concepto de tres letras que evita que nos pongamos de acuerdo en esas cosas pequeñas que generarían grandes cambios. El ego. Una palabra tan pequeña, pero con un impacto mayúsculo.

Pareciera que todos creemos que nuestra causa es la más importante. Mentira. No pareciera. Así lo creemos. Y me incluyo, no por cínico, sino en un acto de autocrítica. Y no porque sea un gran activista o una persona importante, simplemente porque he trabajado desde la sociedad civil y he caído en muchas ocasiones en esa confortable trampa que está repleta de autocomplacencia y arrogancia.

Ese pequeño amigo está presente y rondando en la sociedad civil. Está siendo esa manzana de la discordia que evita que gente buena y bien intencionada no llegue a acuerdos, permitiendo que los de siempre con sus mañanas de siempre nos tengan como siempre, solo que más enojados.

Dice el Dalai Lama que el ego es el principal enemigo de la compasión. Mientras no lo dejemos de lado, mientras no dejemos de vernos a nosotros mismos y a nuestra profunda arrogancia y ganas de figurar, difícilmente vamos a poder lograr esa transformación profunda que nuestra ciudad, nuestro estado y nuestro país requieren. Ya nos dimos cuenta que los de siempre no harán lo que tienen que hacer, así que, o empezamos a pensar en “nosotros” antes que en “yo”, o seguiremos siendo ese país lacerado y hasta la madre de los problemas, pero que no logra hacer nada solo por ego.