Miedo a las alturas

¿Miedo al fracaso o miedo al éxito?

La primera vez que tuve que viajar en avión fue cuando tenía 4 años, iba acompañado por mi madre y viajaríamos al sur del país a visitar a mis abuelos, durante el trayecto de mi casa al aeropuerto yo me sentía muy emocionado, ya había visto los pequeños aviones cursando el cielo y la verdad es que no parecía algo por lo cual debería asustarme, todo cambiaría al entrar a la pista de abordaje.

El aeropuerto de la ciudad de Mexicali nunca ha contado con las tradicionales pasarelas de acceso a los aviones, por lo cual, para abordar teníamos que salir directamente a la pista y caminar por nuestro propio pie hacia el avión, de una manera en que las dimensiones de la aeronave se aprecian mucho mejor, el avión al cual debía subir tenía un tamaño impresionante, no se podía comparar de manera alguna con los minúsculos aviones que yo había observado moverse por el cielo dejando un rastro de nubes a su paso.

En ese momento sentí mucho miedo, le dije a mi mamá que por favor no subiéramos al avión porque era demasiado grande y porque era imposible que pudiera mantenerse en lo alto debido a que el aire no podría sostener algo tan pesado. Mi madre me tomó de la mano y me dijo “Todo va a estar bien”.

Para ser complemente sincero no le creí, pero vamos, tenía cuatro años, poco o nada podía hacer al respecto así que seguí caminando hacía el avión, completamente convencido de que ni siquiera lograríamos despegar en esa monstruosidad.

Unos minutos después de haber subido al avión, tres azafatas comenzaron a explicarnos que hacer en caso de emergencia, la verdad es que yo no comprendía del todo porque si sabían que el avión se caería, a tal grado de que nos enseñaban que hacer cuando ocurriera, de todos modos intentaríamos que el enorme aparato subiera al cielo.

Cuando por fin logramos despegar mi nerviosismo aumentó, seguramente en cualquier momento el viento que rodeaba al avión dejaría de sostenerlo y caeríamos irremediablemente al suelo, cerré mis ojos y esperé el momento del impacto aguantando el llanto, nadie más lloraba y yo tampoco quería hacerlo, aunque estuviera muriendo de miedo.

Un momento después, el avión se estabilizó en el cielo y mi madre me tocó el hombro, me dijo que me acercara a ver junto a ella por la ventanilla, lo que vi fue hermoso, las nubes avanzaban a nuestro lado una tras otra, parecían algodón de azúcar flotando por todo el firmamento, hacía abajo la vista no era menos atractiva, pude ver una enorme zona azul que, según mi madre, se trataba del Mar de Cortés y también observé los campos de trigo y algodón, que formaban bellos patrones en el suelo. En ese instante perdí el miedo, el avión ya tenía varios minutos en el aire, quizá lo lograríamos, quizá el avión no caería, y aunque lo hiciera, la vista ya habría valido la pena.

Desde ese día han pasado varios años, ya no siento miedo de subirme a un avión (lo cual es grandioso ya que debo viajar muy a menudo), y la verdad es que ya ni siquiera recordaba la historia que acabo de contar, pero el mes pasado me ocurrió algo que detonó ese recuerdo.

Tenía que volar desde Mexicali hasta la Ciudad de México, y aunque iba acompañado por una amiga, nos habían asignado en lineas de asientos distintas, de manera que me tocó sentarme con una señora y su hijo de unos cuatro o cinco años.Antes de despegar, pude notar que la señora y el pequeño niño se encontraban igual de nerviosos, supongo que era la primera vez en un avión para ambos.

Traté de decirles que no pasaría nada, pero la señora estaba tan nerviosa que prefirió refugiarse en sí misma cerrando los ojos e ignorando por completo al niño quien una y otra vez le repetía que tenía mucho miedo.

Cuando comenzó el despegue la mirada del pequeño era de terror y ahora también lloraba, buscaba a su madre en busca de auxilio o consuelo pero solo encontraba a una señora muerta de miedo sujetándose de los posa-brazos del asiento y que definitivamente no abriría los ojos por mucho que insistiera su hijo.

Fue entonces cuando me atreví a preguntarle al niño qué si ya había visto el mar, parece ser que la pregunta lo sacó totalmente de su contexto pues dejó de llorar y se me quedó viendo como dándome a entender que no sabía de lo que yo hablaba. Me moví un poco para que el pudiera ver a través de la ventanilla y le señale el mar, esa enorme masa azul se veía igual de hermosa e imponente que la primera vez que mi madre me la mostró a mí.

El niño quedó fascinado y siguió viendo por la ventanilla, incluso me señaló emocionado un pequeño velero que se encontraba navegando y del cual yo no me había percatado. Me preguntó que si por qué en el suelo se alcanzaban a ver algunos cuadrados de un color y otros de otro, así que le expliqué lo mejor que pude que se trataban de distintos campos de cultivo.

Resulta imposible para mí asegurar si el niño dejó de tener miedo a volar en avión a partir de ese día, lo que sí puedo decir es que no volvió a llorar o sentir miedo durante ese vuelo en particular, incluso invitaba a su mamá a ver por la ventana y se mostró muy emocionado al ver los edificios por la ventana cuando estábamos a punto de aterrizar en la Ciudad de México.

¿Pero qué tiene que ver todo esto con el miedo al éxito o al fracaso?. Probablemente nada, pero el ser humano aprende de las formas más insospechadas y a mí esta experiencia me ha hecho reconsiderar las razones por las cuales me daba miedo enfrentarme a nuevas cosas.

Al inicio yo estaba tranquilo y hasta emocionado porque pensaba que los aviones eran objetos pequeños y que era la fuerza del viento lo que los mantenía en el aire, fue hasta que vi su verdadero tamaño, cuando me di cuenta de la magnitud del reto que representaba mantenerlo en el aire y lo que hizo que me temblaran las piernas. A menudo afrontamos responsabilidades que se encuentran dentro de nuestra zona de confort y nos sentimos bien al poder cumplir con ellas, pero cuando nos enfrentamos a un reto más grande solemos poner en duda nuestras propias capacidades para conseguirlo.

Cuando el avión iba subiendo yo sentía mucho miedo, cada vez estábamos más alto y la caída sería más desastrosa, pero cuando llegó a su altura máxima y pude contemplar la vista, me sentí mucho más tranquilo. Y es que pensamos que en la vida real, mientras más lejos llegamos más responsabilidades adquirimos, nuestro historial nos precede y se esperan de nosotros más y mejores resultados, por lo cual suena muy tentador auto-sabotearnos y permanecer en nuestra zona de confort donde creemos que siempre obtendremos los resultados esperados, es más sencillo ceder con el miedo al éxito y mantener los pies en la tierra, que enfrentar el miedo al fracaso a cinco mil pies de altura, pero si nos aferramos a no seguir subiendo, jamás disfrutaremos la vista de allá arriba.

Debemos dejar de pensar que mientras más alto lleguemos más dura será la caída y de conformarnos con el clásico más vale malo por conocido que bueno por conocer.

Nadie dice que debas ser el siguiente Mark Zuckerberg o el nuevo Bill Gates, pero cada uno de nosotros conoce su propia montaña y aun cuando no logremos llegar a la cima seguramente encontraremos nuevos senderos por los cuales abrirnos paso.

Se vale equivocarse, se vale cometer errores, se vale fracasar de vez en cuando, es congruente reconocer nuestras propias limitaciones y trazarnos metas adecuadas para la realidad que vivimos, lo que no se vale es ser conformista y quedarnos en el piso por temor a levantarnos.