La idealización de la falsa realidad. Parte II.

Hay dos cosas que, en mi experiencia personal, he idealizado de sobremanera: los viajes y las relaciones.

Objetivamente hablando me considero una persona que realmente disfruta de viajar, pasar horas arriba de un avión o de un tren, conocer aeropuertos, contar la cantidad de ciudades por las que he pasado, contar la cantidad de despegues y aterrizajes que he tenido (por suerte hasta el momento la suma de despegues y aterrizajes ha sido la misma), sacar un número ridículo de fotos a edificios, plazas y paisajes. Caminar bajo la lluvia de Londres, perderme en el metro de New York o en las oscuras y angostas rutas de Transylvania.

Con respecto a las relaciones, reconozco que he idealizado una de ellas por sobre las demás de forma categórica. Fue como jugar en el Barça de Guardiala, una experiencia increíble que difícilmente vuelva a repetirse. Fue ese momento cuando la entropía del mundo parecía un rompecabezas en donde todas sus piezas calzaban a la perfección y nada parecía poder perturbarlas.

Después de eso todo parece ser menor, el Bayern Munich y el Chelsea son grandes equipos pero no son el Barcelona de Iniesta y Messi. Lo mismo pasa con mis relaciones.

Para ponerle un toque más de pimienta a esta historia, surge el tema de nuestra memoria y cómo ella juega con nuestros recuerdos. Las neurociencias dicen que los recuerdos se reescriben cada vez que los invocamos. Esto quiere decir que la memoria no es un fiel reflejo de aquello que pasó, si no que está influenciada por nuestra propia, y poco objetiva, creatividad.

“Ya no sé si es un recuerdo o el recuerdo de un recuerdo lo que me va quedando”, El secreto de sus ojos (2009).

Entonces, ¿en qué quedamos? Es difícil saberlo, pero es importante ser conscientes de esto para que las idealizaciones del pasado no se conviertan en un limitante del presente. En el primer caso, para seguir viajando. En el segundo, para seguir amando.