Periodismo negro por periodistas blancos

Reinaldo Sietecase, Marcelo Figueraz y Juan Carrá, tres periodistas y escritores de novelas policiales, hablan de su propio oficio con la honestidad brutal que éste les reclama, sobre la tragedia nacional que atraviesa el género policial argentino y de Rodolfo Walsh.

“En Argentina nos cuesta creer que el que busca la verdad está ligado a las fuerzas de seguridad.” Dice Reinaldo Sietecase mirando al frente, su figura recortada en el proyector detrás de él que dice “fundido en negro”, nombre de la charla. Delante está la audiencia, 50 personas de todas las edades sentadas en el auditorio David Viñas del museo del libro y la letra, organizador del encuentro.

Sietecase es el primero en hablar y será el primero en irse, ambas circunstancias atribuibles a que hoy tiene que estar en el noticiero de Telefé. Pero ha sido convocado a la charla por otra faceta suya, menos conocida, que es la de escritor de novelas policiales; ya lleva tres, Un Crimen Argentino, A Cuántos Hay Que Matar y No pidas nada, que acaba de editarse bajo el sello alfaguara.

Hablando de la idiosincrasia del género policial en Argentina, Sietecase afirma que la verosimilitud que demanda el género ha llevado a que en la narrativa policial argentina, a diferencia de la del resto del mundo, sea raro que el protagonista sea un policía. Esto lo atribuye al papel que jugaron las fuerzas policiales durante la dictadura y también a los escándalos de corrupción y convivencia sobre el delito que pesan sobre las distintas fuerzas. Es por esto, en su opinión, que es más común encontrar en el policial nacional a los periodistas como los “héroes” (aunque el reniega del término). Por estos motivos el eligió reivindicar la figura del periodista en su última novela, No pidas Nada, bajo la figura del Tano Gentile, un periodista de una revista que empieza una investigación periodística y termina involucrándose, desenmascarando la vinculación de ex represores con una serie de suicidios.

Sietecase también recordó el proceso que lo había llevado a escribir su primera novela, 20 años atrás. Empezó en los años 80 cuando un abogado penalista de apellido Massiaro asesinó a un hombre y sumergió su cadáver en ácido sulfúrico para diluirlo. El crimen, por algún motivo, había quedado gravitando sobre su conciencia, y cuando fue a cubrir un motín en la misma cárcel en la que estaba preso el abogado asesino, Sietecase pidió entrevistarlo, por pura curiosidad. Se encontró con un hombre “ como un Hannibal lecter, un tipo cultísimo que te citaba a Foucault y casi te convencía de que lo de él era una injusticia, un seductor terrible” Massiaro también había llegado a ser consejero del director del penal y le escribía los discursos. La historia de este hombre, que no tenía forma de canalizarse en la crónica que él tenía que escribir del motín, se volvió una obsesión para él y empezó a juntar información sobre Massiaro y su crimen, ya que quería escribir su historia aunque desconocía el formato, porque nunca había escrito ficción. Finalmente encontró la vertiente para su personaje al tomar un curso con Tomas Eloy Martínez donde éste les pidió a los asistentes que escribieran una historia con periodismo narrativo. Él llevó la historia de Massiaro, y tras exponerla Martínez le dijo “Lo que tiene usted ahí es una novela”, Sietecase no se lo esperaba, “es una buena historia” contestó con humildad, pero el autor de Santa Evita le insistió “yo no digo que usted la pueda escribir, solo le digo lo que es: una novela”. Tras este impulso, él empezó a escribir lo que sería “Un Crimen Argentino” , donde Masiaro devino en Mariano Márquez, el abogado que protagoniza la trama. Tanto lo fusionó, que hoy no recuerda el nombre de pila de Massiaro: “Lo borré, para mi ahora se llama Mariano Márquez”.

Cuando se fue quedó una silla vacía, pero Marcelo Figueraz la ocupó con un espíritu que planeó sobre la audiencia durante su segmento de la charla: el de Rodolfo Walsh. Figueraz vino como autor de El Negro Corazón Del Crimen, donde se metió en el momento bisagra de la vida de Walsh, cuando aún es R (letra con la que lo nombra en la novela porque, en su opinión, aun no era Rodolfo Walsh) aquel escritor novel, admirador de los cuentos ingleses, puramente deductivos, ansioso por el reconocimiento de la élite intelectual, que al investigar los fusilamientos de José León Suarez se ve sumergido en un vértigo de realidad política, violencia institucional y persecución que lo forjan como intelectual y lo conminan a buscar una nueva forma de narrativa para expresar todo lo que había estado viviendo desde el momento en que en un cafetín porteño escuchara decir “hay un fusilado que vive” (esa frase tan fundacional): el non-fiction.

Por último Juan Carrá comentó sus orígenes, diciendo que al principio no quería cubrir periodismo de espectaculos ni policial, pero que al ser de Mar Del Plata, su primera función fue cubrir la temporada de espectáculos, cosa que hizo y, cuando se abrió una vacante en el diario Átlántico para la sección policiales, aplicó para poder formarse como periodista en el ambiente de una redacción sin importar la sección para la que escribiera. Finalmente terminó especializándose en policiales, y fue el mismo ambiente de redacción, las peleas con la policía y su reciente paternidad, lo que lo llevó a escribir su primera novela, lloren mientras mueren, como una manera de “exorcisar” lo que vivía a diario.

Cuando Carrá terminó de exponer, se abrió el debate con la audiencia para hacer preguntas y, tras algunas del auditorio, se dio por terminada la charla a las 21 45.

Like what you read? Give Franco Roth a round of applause.

From a quick cheer to a standing ovation, clap to show how much you enjoyed this story.