Déjalo ser… (al desnudo)

Cuando tenía 17 conocí a Leandro que tendría 3 o 4 años más aunque parecía mucho mayor. Se había mudado solo cerca de casa y de vez en cuando se quedaba mirándonos jugar al fútbol en la plaza del barrio. Cuando lo invite a sumarse me dijo que no le gustaba el fútbol pero que mirar lo distraía.

Leandro fue uno de mis primeros grandes amigos. Maduré a su lado y en muchos aspectos crecí a su imagen y semejanza. Con él aprendí mucho de música y bastante de literatura. Le dio forma a mi curiosidad y potenció todas mis ganas intelectuales hacía planos inexplorados.

Al poco tiempo también comencé a vivir solo. Y nuestra amistad mutó en una especie de convivencia: iba a su casa y pasaba un par de días; de lo contrario lo esperaba a cenar y se iba al día siguiente. Con su influencia me compré mi primera guitarra y aprendí la mayoría de los acordes. A dos guitarras, cantando por lo bajo y riéndonos con miradas cómplices: él era Lennon y yo McCartney. Bajo esa metodología recorrí mis primeros años de cursada en la facultad mientras él terminaba un profesorado de Lengua y Literatura.


Siempre tuvo una gran virtud: no me dejaba ni me permitía estar triste. “Preparo el mate y vos pone un disco”, me solía repetir. Una mañana de otoño elegí Revolver. A partir de ahí, escuchar ese disco es un mantra. Mi vida mejoró un 100%. A la música y literatura le sumamos marihuana: fumé como nunca lo haré mientras mi mente levitaba con Pescado Rabioso, La Máquina de Hacer Pájaros, Led Zeppelin, Frank Zappa o lo que fuera que pusiéramos.


Pero repentinamente, Leandro dejo de pasar seguido por casa. “Ando oscuro”, me dijo. Su mirada comenzó a desvanecerse, su cabeza se estaba limando muy progresivamente, su ánimo era de mierda y su irritabilidad pronto se transformaba en violencia. Me di cuenta que la merca (que había empezado a tomar y que intentaba desmentir) lo estaba consumiendo y no a la inversa.

Una noche me invito a cenar a su casa. Estuve esperándolo afuera media hora. De golpe apareció detrás mio como un fantasma: pálido, con la nariz chorreando. “Mejor andate, dale, no seas boludo…”, repetía.

Intenté hacer algo y me sentí sobrepasado. Entre la impotencia y el dolor me di cuenta que no me bancaba sus vaivenes, su estado violento y paranoico, la desviación nociva de su cabeza… Estaba perdiendo el aura.


La última vez que nos vimos estaba mal. A modo de despedida, aunque él no lo supiera, le regalé “Let it be… Naked”. Creo que intente decirle que se limpiara, que volviera a las raíces sin tanta sobrecarga, como pensó McCartney cuando volvió a editar el disco.

Al año de estar oscuro se volvió a Benito Juárez, el pueblo donde vivía su familia. Me han dado distintas versiones de su vida: trabaja en un municipio de un pueblo bonaerense y tiene un hijo; se fue a vivir a Salta hace unos años y se dedica a la docencia. Las dos son tan ciertas como falsas. Prefiero imaginar su destino que conocer la crudeza de la realidad.


El otro día escuché Revolver y me acordé de esa mañana con Leandro. De alguna manera, los Beatles simbolizaron nuestra amistad y nuestra unión. De alguna forma, ellos resolvieron (más temprano o más tarde) todos nuestros problemas para hacernos felices y eternos.