Despiértenme cuando sea de noche

En el amor como en el fútbol, no hay nada más triste que el fin de una ilusión. Los mundiales son lindos porque se empiezan a sentir cuando se sortea, se juegan un mes antes y finalmente sucumben tan pronto como tan largo es el olvido. Cuando conocemos a alguien pasa parecido. No existe mejor momento que esa breve etapa de enamoramiento donde todo se dota de un sentido único e inigualable. Lo más parecido a la felicidad plena. Claro que eso dura poco. Uno alcanza la cima y baja. Estrepitosamente o de a pequeños pasos pero ya nada será igual a esa primera etapa. En algunos casos ese vínculo se sigue manteniendo y quizás se transforma en un noviazgo o matrimonio devenido en amistad compartida; en otros no se llega a formalizar nada y se produce la distancia real más temprano que tarde. Bielsa decía que “lo ideal sería enamorarse una vez por año” (aunque aclaraba que ese no era su estilo de vida).


En “Dejen todo en mis manos”, Mario Levrero cuenta la historia de un escritor fracasado que acepta un trabajo extraño: viajar a un pequeño pueblo para encontrar a un desconocido que mandó a una editorial una novela magistral sin remitente ni datos. “Dejen todo…” es tan vivencial que se nos hace cercana, de allí el poder de su belleza. A este tipo de historias cortas y contundentes que van del minimalismo hasta la construcción de un universo propio las valoro más que libros pomposos como “Rayuela” o “Cien años de soledad”, textos que con el tiempo empecé a aborrecer (quizás más por sus devotos que por las obras en sí).

Escrita en primera persona, recorremos junto con el personaje el camino que lo lleva a Penurias y allí descubrimos un mundo infinito de posibilidades. En su incansable delirio, el personaje logra encuentros con un par de mujeres que redireccionan su espíritu. Es tan preciso y minucioso en sus palabras que no necesita demasiada extensión para dar cuenta del verdadero amor y de las ilusiones que se generan, aunque acaban cuando prosiga en búsqueda del autor anónimo. Es muy loca la idea de priorizar un trabajo sin sentido a la posibilidad de permitirse conocer a una mujer; como descabellado optar por una hipótesis a desmedro del amor latente. Por esos recursos que escapan de la lógica es que me gusta tanto leer a Levrero.


Si hay algo que le destaco a Gallardo es que nos permitió vivir ilusionados. Por estética de juego, por contundencia arrolladora, por avanzar a los tumbos, por la fortuna y el azar, por el trabajo y las ideas sostenidas, por la reinvención camaleónica que provoca cada seis meses... Podríamos elegir nuestra “etapa Gallardo” favorita. Seguramente la elección hable de nosotros mucho más de lo que creeríamos.

¿Cómo olvidar estos tres años de ilusiones permanentes?

Cada momento de mi vida tiene un partido de River anexado. Desde que está Gallardo, mi vida entrada en una adultez llena de obligaciones, responsabilidades y decisiones fue (y está siendo) más digna de transitar. Pero por sobre todas las cosas logró lo que nadie había podido en nuestra historia: que aquellos que se creyeron toda la vida superiores y mejores vivan con temor. A todos les llega su tiempo.


A la escritura de Levrero se la ha vinculado a la resignación y la perseverancia. Aunque sean contradictorias, están conectadas. Gallardo también tuvo que mezclar algo de eso. Siendo consciente de las fortalezas y debilidades, a veces se jugó con la idea de que todo estaba perdido pero igual, o justamente por eso, hubo que seguir. Hoy creo que no importa el final (aunque todos quisiéramos el mismo) porque lo que sustenta sus ideas es la aceptación de un potencial pero también de una desventaja (hoy léase Batalla) que, de tan arraigada, impulsa que las cosas avancen.

A veces tengo miedo de despertarme y que alguien me diga que Gallardo me dejó, o que se fue con otro, o que se cansó de mí, o que ya me dio todo lo que podía darme. Tarde o temprano se irá. Ahora que escribo pienso que lo peor sería que alguien me despierte y me diga que Gallardo nunca dirigió a River y que D’onofrio se inclinó por Martino o Gareca. Cuando aparece esa idea recuerdo que hoy vivo ilusionado. Y que en todo caso quisiera que me despierten de noche para, en silencio, mirar por la ventana y ver si alguna estrella distante es más luminosa que otra.