La felicidad es un arma caliente

El sábado Barovero jugó su último partido en el Monumental. Lejos de idolatrarlo, lo cuestioné más de lo que lo valoré.

Cuando cruzó el límite de la cancha me invadió una profunda soledad.

Me puse a llorar como cualquier pibito que se viraliza en las redes sociales. Lloré tanto que mi novia se acercó a abrazarme. Vencido y rendido como estaba me acorde de la primera vez que lloré por este tipo de cuestiones futbolísticas: esa noche había sido mi viejo quien me dio su hombro. Pero esa vez estaba en juego el acceso a una final. El sábado lloré por el Hombre.

Barovero tiene el inigualable don de unir generaciones de hinchas que profesan su respeto y admiración básicamente por lo que hace y por ser un tipo sencillo y de perfil subterráneo. Lo quieren las abuelas, lo idolatran los hijos y lo aman los niños.

Mientras lloraba me sentí un poco más solo que unos minutos atrás. Se comenzaron a suceder las imágenes de sus años en River en mi cabeza y no pude omitir mis recuerdos ante cada uno de esos momentos. Cuando terminó el partido me noté un poco más viejo. Sentí que lo pasado ya estaba definitivamente pisado. Ahora, incluso, creo que lloré por la incertidumbre del presente y el miedo que me genera el futuro.

Es muy probable que cuando uno está distraído la realidad que nos rodea puede confluir hacia un punto. Único. Y resplandeciente.

Ese destello se puede transformar, inevitablemente, en un momento de inadvertida felicidad.

Mientras me secaba las últimas lágrimas me acordé de aquella noche de noviembre donde el punto resplandeciente estaba en la mano estirada del Hombre de verde. Ese grito seguirá soplando en el viento y en la vida de cada uno de nosotros.

Si algo aprendí es que la verdadera felicidad la suelen realizar aquellas personas que valen la pena, los deseos, la angustia y fundamentalmente el amor.

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