Siempre se vuelve a Okupas

Hace un tiempo tomé el hábito de juntar cosas de manera compulsiva. Bolsas de negocios, tickets, folletos de bares, boletas de partidos políticos con distintas siglas, pero en especial logré acumular una gran cantidad de fotocopias. Ese hábito me lleva al también compulsivo y liberador acto de tirar esas mismas cosas, mientras me pregunto para qué las guarde.

El otro día me decidí a tirar kilos de papel: básicamente fotocopias de una licenciatura y un profesorado. Años de lectura y estudio, concentración, enajenación y demás cuestiones. Tuve la piedad de ir leyendo y escogiendo con qué deshacerme. Salvé muy pocos textos de unas muy pocas materias. Mientras acumulaba papeles en la mesa, en el piso y en el aire, no dejaba de preguntarme para qué tanta bibliografía inerte, para qué tantos programas mentirosos de cátedras risueñas. Para qué todo eso si en realidad la enseñanza, el aprendizaje y sobre todo la acción están en otro lugar. Textos viejos y docentes chatos pueden llevarte a un camino sin retorno. Existieron pocos pero buenos profesores con ideas movilizadoras, que con sus propuestas me hicieron conocer autores salvadores que abrieron las puertas hacía otros lugares. Se me vinieron recuerdos, personas y momentos encima. Me quedé con aquellos que sí valieron el esfuerzo, la pena y la alegría.

Con las cajas y bolsas listas para ser despedidas a un camino sin retorno me acordé de la escena de Okupas en donde los cuatro fantásticos van en tren a Quilmes a comprar merca. En el viaje, de la nada, surge un diálogo:

Ricardo: “Escuchame, lo tenes a Freud? Sigmund Freud? El chabón tomaba, boludo… Mirá las teorías que hizo”
Pollo: “Y? Eso te enseñaron a vos en la facultad?”
Ricardo: “No… En la facultad no me enseñaron nada...”

Tan triste como esperanzador, siempre se podrá tomar el tren hacia el sur.

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