Un hombre en la oscuridad

Una vez me tocó trabajar con un tipo bastante raro. No por su forma de ser ni nada por el estilo. Apareció de un día para el otro y se fue antes de cumplir el mes. Cuando se había soltado a interactuar, dijo algo que aún hoy recuerdo. La historia refería a un tiempo pasado en el cual vivía solo, en una ciudad distante, sin teléfono y sin contacto alguno con sus parientes más cercanos. “Un día pensé que de morir dentro de ese departamento tardarían en encontrarme o reconocerme. En esa época no tenía mujer, amigos, hijos. No tenía nada”, tiró como quien no quiere la cosa.

Me quede mirándolo fijo. La conversación continuó hacia otra dirección y pasó desapercibido para todos.

Menos para mí.


¿Era un suicida en potencia? ¿Estaba loco? ¿Era depresivo? ¿Quizás estaba ante un fabulador? ¿Era hincha de Racing?


Una noche viajaba por una ruta. Me había peleado con casi todas las personas que estaban a mi alrededor. Nadie sabía dónde ni cómo estaba. El camino se empezó a inundar de agua por la persistente lluvia. El colectivo comenzó a morder la banquina cada vez más seguido. No tuve miedo y miré las luces amarillas que venían de frente con una fuerza que creí desconocida. Creo que buscaba algo.

Lo primero que se me ocurrió fue que, de chocar y morir, nadie se enteraría.


Cuando mi compañero terminó su comentario me sentí emparentado con el pensamiento. En terapia hice alusión a la analogía. Mi psicóloga me dijo elegantemente que vivo preocupándome por todo, incluso por lo que sucedería de estar muerto. Tenía razón.

“Por lo que yo sé, ya estaba muerto” dijo William Borroughs cuando le comunicaron sobre el suicidio de Kurt Cobain. Meses antes se habían encontrado. Cobain había quedado maravillado por tener frente suyo a un referente de la literatura. Para Borroughs había sido un fiasco juntarse con alguien del cual desconocía por completo su vida y obra. De ese encuentro, el escritor recordaría solamente la expresión moribunda de las mejillas de Cobain.


A veces, como Borroughs, creo que esta persona en realidad estaba muerta. Que la invente para justificar un breve pensamiento. O que únicamente me sirvió de excusa para escribir y sentirme vivo como nunca.

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