Viaje al fin de la noche

Por fuerza y peso propio, hay cosas que perduran aunque hayan dejado de existir. Lo de Oasis es un ejemplo: los dos primeros discos (Definitely Maybe de 1994; What’s the Story… de 1995) fueron obras cumbres para el naciente britpop. Y la vara fue tan alta para ellos mismos que casi todo lo que vino después fue desechable.

A Oasis se le toleró cualquier idiotez imperdonable para otra banda o artista: creerse mejores que los Beatles, el menosprecio excesivo hacia su público, la copia burda de su propia obra, desearle el VIH a otros músicos. Incluso se le elogiaron aspectos que llevados al plano local son aborrecibles: futbolizaron el britpop sin ninguna culpa. Pero los Gallagher a eso le pusieron onda. Y los hizo distintos.
 
Su influencia puede apreciarse en Kasabian, con el oído muy atento para quedarse con la sonoridad de Definitely Maybe; o en The Coral que adoptó las canciones guitarreras con gancho folk de Noel. Si Blur era el día, Oasis fue la noche. Operó como banda sonora para nuestra vida nocturna e inmortalizó canciones que se hicieron himnos. ¿Quién puede discutir Live Forever, Cigarettes & Alcohol, Slide Away, Columbia, Hey Now, Roll with It o Morning Glory? La pluma de Noel era tan eficaz como necesaria era la voz de Liam. Y su sonido y las melodías lograron una simplicidad tan encantadora como potente. Esa cualidad también genera otro efecto cuando se escuchan esos mismos temas interpretados en solitario por Noel: son versiones más limpias y menos arrogantes. A Liam la composición y autoría le llegaría con los años, hecho que sumó otro problema al interior de la dupla.

A Oasis los vi dos veces cometiendo, en ambos recitales, locuras de joven-fanático-mongoloide como caminar del Campo Argentino de Polo a Retiro a la 1 de la mañana (!) o vagar por horas en la Terminal de Retiro para hacer tiempo (!!). No puedo dejar de sorprenderme de lo que uno es capaz de hacer por un par de horas de aquello que le gusta.

El otro día vi Supersonic, el documental producido por los propios hermanos donde se repasan los orígenes y primeros años con un excelente material de archivo además de una mirada minimalista del Manchester de los 80 y 90. El documental es tan bueno que termina como tiene que terminar: el recital de Knebworth en agosto del 96, el punto máximo de la carrera de la banda con 250 mil personas como testigos. En el film no hay señales de debacle creativo. Esa astucia para omitir también les da cierta grandeza.

En el 98, Charly dijo que con una canción de los Beatles, Oasis hacía un disco. García tenía razón, obvio. Ante esa verdad se me aparece la noche que caminé de Palermo a Retiro, absorbiendo los sonidos, las figuras y las formas del verano porteño. Esa madrugada eternice una imagen: el brillo de los edificios dorados de Avenida del Libertador, tan reales como ficticios, tan imponentes como ausentes.

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