A Cúcuta por la vía de El Vallado: una crónica de frontera

31 DE OCTUBRE DE 2016

La mañana era fresca, propia de Colón en los días lluviosos. La alarma sonó a las 6. F. tenía que alistarse para ir a la escuela. Luego de las rutinas de la mañana, de despedirnos de F., y del indispensable café, L. y yo salimos del apartamento del bloque 6 para dirigirnos al terminal del Municipio Ayacucho. Íbamos a Cúcuta a abastecernos de bienes básicos y tomaríamos uno de los buses blanquiazules de “Transporte Frontera”. Ya en el terminal aguardamos, desayunamos pastelitos de yuca y jugo envasado con sobreprecio. No tardó mucho en aparecer el bus. A las 8: 15 a.m ya estábamos montados y ocupábamos asientos. Las cornetas nos recibieron con un vallenato a medio volumen para ponernos en ambiente.

“… y será tu amor, y será tu amor, la luz que alumbre mi corazón…”

El pasaje de Colón a Ureña cuesta 700 bs. Esto era lo previsto, ya varias personas nos habían informado. Estos buses toman la vía de El Vallado, siendo su punto de arranque el terminal de La Fría, en el Municipio García de Hevia. Desde Colón descienden poco a poco por una carretera curvada que nunca se enderezará en todo el camino hasta Ureña. Al principio, en el paisaje predominan los bosques tropicales lluviosos, verdes, con varios espacios claros que pueden ser patios de casas familiares o pequeñas parcelas destinadas al pasturaje y, en algunos casos, al cultivo de caña de azúcar. Después de pasar por San Pedro del Río, se percibe el cambio de la vegetación, que depende, en buena medida, de si la carretera conduce a lugares más altos o más bajos a lo largo del camino.

A las 9: 15 a. m, ya nos encontrábamos en la alcabala de El Vallado. Allí los Guardias llevaron a cabo la breve revisión de costumbre. Le pidieron al chofer que abriera la maletera y, a los viajeros, que mostraran sus documentos de identidad. Nada fuera de lo normal.

“…y vuela, vuela, por otro rumbo, ve y sueña, sueña, que el mundo es tuyo…”

Minutos después, el paisaje se tornó algo más árido. Se asomó el primer cactus, luego otro. La tierra, un poco más seca, variaba entre un amarillo arcilloso y fragmentos bermejos, como los que le dan nombre a la Barranca colombiana.

Esta vía siempre me trae un buen recuerdo de la niñez. En ese momento pensaba en buscar algunas bolsitas de azúcar, arroz, una botella de aceite y unos tubos de crema dental. Hace 24 años, iba por allí con mi tío G., ilusionado porque él y mi tía M. –que ya estaba en Cúcuta- me comprarían un par de zapatos negros y camisas blancas para la escuela. En aquel viaje, por alguna razón, le mencioné a mi tío que hacía mucho tiempo ambos países habían sido partes de uno solo. Esa semana había escuchado con atención en el salón de clases a la maestra R. Ella nos había explicado cosas sobre la efímera historia de la “Gran Colombia”. Él levantaba sus pobladas cejas grises con gestos de curiosidad. Me hizo varias preguntas, así que, como mejor pude entonces, elaboré un cuento con el que él pareció quedar satisfecho. En efecto, unas horas más tarde, en un establecimiento de comida, mi tío G. le comentaba a las personas en la mesa que el niño era “desenvuelto”, que si se desarrollaba esa capacidad (en ese instante movía sus manos, como si amasase algo en el aire), “podría ser algo así como historiador”. Ya me habrá dejado alguna marca esa inocente conversación, a eso sigo aspirando.

Mirar por la ventana distrae. Frente a una ventana no sólo asistimos al desplazamiento por el espacio del paisaje observado. En ocasiones, mirar por la ventana nos lleva a un viaje por el tiempo también. De repente, a la derecha comienzan a emerger las figuras de galpones. Esa es Ureña. Al fondo, edificios y casas que cubren el horizonte. A media distancia, San José de Cúcuta se aprecia como una ciudad grande.

Son las 10: 33 a.m de la hora venezolana, hace un sol inclemente, ya vamos cruzando a pie el puente internacional Francisco de Paula Santander. Muchas personas van y vienen. Varios transeúntes que nos acompañaban en el trayecto llevan maletas con ruedas, presumiblemente para llenarlas de mercancías. Me detengo por un momento, bromeo con L., apunto con el dedo índice a una piedra que se hallaba en medio del río: ¿A quién le pertenece esa roca?”. No hay respuesta, sonreímos y continuamos caminando.

Pocos metros después de la mitad del puente hay un toldo. Un PN colombiano estira su brazo y hace un gesto de invitación indicando que debemos pasar justo por ahí. Nada complicado. Los policías entregan una tarjeta de migración que debe ser rellenada con bolígrafo. Una vez que los datos están completos, ellos la sellan y uno prosigue hasta el otro lado: “Bienvenido a Colombia”.

De inmediato se transforma el ritmo del movimiento. Hay ajetreo, taxis y microbuses ofrecen sus servicios, aparecen los primeros cambistas vociferando: “pesos, bolívares, siga por aquí”. Nosotros habíamos arribado sin un peso en el bolsillo, pero nos habían avisado que el cambio de monedas era ligeramente mejor en el centro de la ciudad. Un joven dijo: “saliendo, saliendo pa´l terminal, centro, aeropuerto, 1000 pesos, 500 bs”. Así que nos apuramos y nos montamos allí de una vez. La buseta blanca y verde arrancó. Adentro, un hombre muy elocuente le daba consejos a otro sobre nutrición, digestión y salud: “Esa yerba depura el sistema, hace que expulse todo, usted queda limpio”. No alcancé a oír el nombre de la yerba prescrita. “Yo soy nutricionista”, dijo. Este hombre, que iba en zapatos de goma, shorts y franela sudada, paró la buseta, se bajó y continuó trotando bajo el fuerte sol hacia una urbanización cercana.

Pronto estuvimos en el terminal, compramos pesos y nos dirigimos al centro. El alboroto se dejó notar rápidamente. La avenida Sexta era marcada por el trajín de la mano invisible del mercado. Muchos éramos venezolanos, no sólo del Táchira. Se inquiría en los precios de los productos, se comparaba, se escuchaba qué valía la pena comprar y qué no. En una tienda, un hombre moreno alto que vestía mono deportivo y camiseta de béisbol venezolano interrogaba a otro a cierta distancia: “Mira, vale, ¿en cuánto están los pañales ahí?”.

En varios abastos había cartelitos colgados que informaban que allí se aceptaban pesos exclusivamente, lo que no representaba ninguna sorpresa ante la continua baja de la moneda venezolana. Ese día, el precio de cambio era de 1,85. Una semana más tarde, mientras publico estas notas, ya el precio se modificó a 1,65 cop por 1 bsf. Otrora los cucuteños recibían complacidos el bolívar de sus vecinos. La cara de Bolívar en los billetes pasó de ser símbolo de libertad a símbolo del populismo. El rostro de Bolívar pasó de ser signo de un país petrolero con abundantes riquezas a un país de escasez y menguados recursos económicos.

Fuimos a un supermercado, volveríamos a pasar por la Sexta a la vuelta. Muchas personas se agolpaban en los negocios entre las 11 a. m y mediodía. Quizás está de más señalar que hallé lo que buscaba: azúcar, pasta, aceite, jabón, etc. En el pasillo donde se mostraba el café proliferaban las distintas marcas y tipos. Escogí una bolsa de café regular, era todo lo que quería. Mas, los ojos se paseaban absortos por el anaquel, cual niño en tienda de dulces, cual hombre primitivo llevado a la civilización. Había café con sabores a vainilla, a canela. Había café instantáneo, descafeinado, molido o en semillas tostadas. Ese pasillo era cafelandia. Yo no recordaba cómo se sentía tener que escoger ante la presencia de tan variadas opciones.

Con el morral casi lleno al salir, nos dedicamos a caminar un rato. Fuimos a la Plaza Santander, vimos las vitrinas de las tiendas, preguntamos por los precios de algunos medicamentos en droguerías (farmacias), etc. En una esquina, me fijé en la primera plana de un periódico local. Éste contenía una noticia acerca de nuestro país: “Se agudiza la lucha entre poderes en Venezuela”. Palabras más, palabras menos, esto era descrito en el texto.

Al caer la tarde decidimos regresar. El último bus de Transporte Frontera se va a las 6 p. m. de Ureña. Pasamos una vez más por la avenida Sexta antes de tomar la buseta que nos llevaría al puente. En varios puestos y tarantines todavía tenían productos manufacturados en Venezuela. Allí se podía adquirir sin inconvenientes la leche “Casa”, que empaqueta Mercal. Costaba 10,000 cop ¡demasiado! Lo curioso del asunto es que ese producto no es distribuido por empresas privadas en Venezuela. Si llegó hasta ahí, obviamente tuvo que pasar por las manos de funcionarios públicos corruptos. Recordé la frase: “Todo el poder para los CLAP”, ¡qué ironía!

Finalmente, volvimos a Ureña. El cielo se iba nublando. El tiempo empezó a refrescar. La tarde se hizo amena, la tarea había sido cumplida. Nos embarcamos en un viejo blue-bird azul que en pocos minutos emprendió su partida. Los morrales iban irregularmente pesados. Algo, por ahora, tendremos en la alacena.

Publicado en arepadigital.com: http://www.arepadigital.com/variedades/libros-historia-y-cultura/a-cucuta-por-la-via-de-el-vallado-una-cronica-de-frontera/

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