Un mensaje en el autobús
Es otra mañana merideña de mayo, de nubes con tono gris que presagian la caída de lluvia en pocas horas. Camino hasta la parada del autobús en La Floresta, son las 8 a.m y hay bastante tráfico. Por la avenida López Contreras suben busetas, taxis y mototaxis, mientras las personas se apiñan en la parada minuto a minuto. Se descongestiona el lugar por santiamenes y vuelve a llenarse de gente, es día de trabajo. Llego, observo la primera página del periódico que está colgado de una pequeña barra metálica en el quiosco que se halla justo al lado de la parada: sigue la devaluación del bolívar frente al dólar. Apenas un instante después pasa el autobús que me lleva al centro de la ciudad, me monto y logro obtener un espacito en este. Al subirme por la puerta de atrás tuvo que darme paso un hombre mayor, algo bebido, que estaba sentado en la escalera de la compuerta.
Noté de inmediato que iba hablando mucho, su voz era tosca. Nadie le prestaba atención, él estaba empeñado en querer parecer muy cortés. La ropa que llevaba puesta estaba desgastada y algo sucia. Tomó un puesto luego, pero al llegar a la parada siguiente le ofreció su asiento a una señora y volvió a la escalera de la compuerta trasera. Continuó vociferando allí, hasta pretendió darle forma a una soflama. El hombre decía muchas cosas incomprensibles. Algunas incluso comenzaron a atemorizar a los circunstantes, a aquellos que de repente se detenían a observarlo. Su rostro tenía algunas cicatrices y muchas arrugas. Es probable que una vida dura hubiese causado que luciera más viejo de lo que en realidad era. Llevaba el pelo muy corto, quizá se afeitaba la cabeza de vez en cuando. Las cicatrices sobre su cráneo también se dejaban distinguir.
El hombre, de modo imprevisto, me miró a los ojos por un par de segundos, sonrió. Íbamos ya a la altura del cementerio en la avenida Los Próceres. De golpe se levantó, se irguió con fuerza, vio a través del cristal de la ventana y gritó: “ya falta poco”. Se persignó y se besó los dedos que había dispuesto en forma de cruz. Repitió: “ya falta poco”, ahora extendiendo el brazo hacia la estatua de la virgen que se encuentra cerca de la capilla del cementerio. La segunda vez lo dijo con un pesar en el que parecían contarse cada uno de los años de su vida. Mirando hacia la virgen profirió un último alarido dentro del autobús: “ya pronto nos vemos Madre Santa, ya casi estoy ahí”.

Cuando terminó de soltar estas palabras se mostró ligeramente aliviado. Se sentó de nuevo, puso la palma de su mano derecha sobre la cabeza cuasi rapada. Los demás pasajeros se vieron algo confundidos, algunos incluso se intercambiaban miradas con los ojos pelados, como de lechuzas en guardia por la noche. No pude evitar verlo por un momento más. Luego, giré mi pescuezo también. Antes me había percatado de que por los surcos de su cara se deslizaba una lágrima, ¿qué había visto este hombre en su vida?
En una ocasión conocí a un hombre que había pasado mucho tiempo en la cárcel; encontré varias similitudes en sus miradas. No podría saber si este era el caso del hombre del bus. Ya en la siguiente parada, a la altura del semáforo de La Viña, él se bajó. Desde la acera nos dijo a todos: “Buen día y buena vida”.
Hace un año tomaba las notas que ahora comparto aquí en un cuaderno. Al hombre no lo volví a ver ni en el autobús ni en ninguna otra parte de la ciudad. Quién sabe si de verdad le faltaba muy poco para “estar ahí”, o si solamente nos enviaba un aviso a todos los demás, para recordarnos que aún estamos aquí.
