Regalo mis libros, si pudiera.

Fran Mirantra
Jul 28, 2017 · 3 min read

La última vez que me cambié de casa juré no volver a comprar un libro, al menos no compulsivamente como ha ocurrido otras veces, ni desear leer cada novedad editorial que los periodistas — amañados o no — promocionan en los escasos suplementos culturales impresos que van quedando. En mi velador nada entra sino libros. Acumulo dos torres de lo que voy leyendo, novelas, cuentos, ensayos, best sellers, pareciera que últimamente no discrimino género ni tradición. Es que desde que era pequeño mis primeros recuerdos son en la inmensa biblioteca de mi abuelo, un juez rural, mirando extasiado ediciones viejísimas de novelas de todo tipo, rosa, de anticipación, policiales, de aventuras, Reader’s Digest, Mampatos, revistas subidas de tono como Viejo Verde o Pepe Antártico, novelas chilenas, novelas costumbristas, y así, innumerables lecturas que devoré a través de los años hasta que comencé a crecer y el fútbol o los amigos me sacaron de ese paraíso que fue mi infancia. Cuando murió mi abuelo y la casa, de esas de fachada continua inmensas, se vendió para demolición, mi abuela me llamó para preguntarme si quería algunos de los libros que campeaban, literal, por toda la casa. Con un buen amigo al que hoy veo muy poco, partimos en camioneta a esa otra ciudad a buscar los tesoros. Nos trajimos prácticamente todos los libros y algunos libreros. Cómo eran tantos, nos repartimos el botín como dos vándalos después de un atraco. Mi amigo, bastante mayor que yo, con casa propia y que ya tenía una gran colección de libros se dio por pagado. Al cabo de los años y en otro de esos cambios de casa, lo llamé para preguntarle si quería algunos de los libros que habíamos buscado años atrás. Yo no podía seguir cargando tantos libros si el futuro seguía siendo incierto. Esa vez se llevó dos libreros grandes completos. Cientos de libros. Y yo me quedé con lo que pude pero que no deja de ser poco. Nunca los he contado ni pretendo hacerlo pero son bastantes. Lo sé porque cada vez que me cambió de casa me toca mendigar en supermercados por cajas para ellos. Y el ritual se repite, desempolvar, embalar, cargar, desembalar, desempolvar de nuevo, reubicar. Ya no estoy en edad para eso.

Cada día la biblioteca — suena pretencioso, no sé como llamarla si no — va aumentando y todo vuelve a lo mismo. Hoy, que el futuro está más incierto que nunca, he pensado desprenderme de ellos. Es el mayor bien que tengo, no tengo auto, ni casa, ni nada, sólo los libros. Pero si me voy lejos, no tengo cómo llevarlos. Hay gente que contrata un container para eso, para llevarse muchas cosas, pero yo no puedo hacer eso. Si me voy, será con lo puesto. He pensado subirlos a la plataforma Roneo, donde la gente vende o intercambia libros. Me he creado una cuenta pero no he subido ningún libro aún. Sé que tengo que hacerlo, pero me cuesta desprenderme. Me han acompañado toda mi vida adulta. Algunos los tengo desde que era niño. Otros son parte de la memoria de la casa del abuelo. En mi familia nadie los quiere. Nadie tiene espacio. Sólo yo he cargado con ellos desde que estaba en la universidad.

A veces fantaseo con poner una pequeña librería y ponerlos ahí a la venta. A veces sueño con retirarme al sur a una casa vieja y llenarla con ellos. A veces quisiera no tener que desprenderme. Son cosas materiales me dice un amigo y yo lo miro pensando “y porque no te vai a la ….”. No son cosas materiales, es mucho más que eso. El televisor es una cosa material. La mesa del comedor, el sillón, hasta el librero. Pero los libros no. Son parte de mi. Lo único que tengo, de lo único que siento orgullo. Ni idea de qué pero me han acompañado por todos lados. Son el pasado y el hoy.

He divagado con esto el último tiempo. Me duermo y me despierto pensando en los libros. Si me ven en Roneo, por favor no me compren el libro. Pasen sin pinchar. Si gusta me deja un comentario de cariño que en una de esas lo pongo en mi testamento.

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