Por qué vivimos en casa de nuestros padres (o quisiéramos volver)

Hace unos días leí un artículo escrito por el gerente de una empresa financiera, que evidentemente pertenece a la generación X, argumentando que los millennials están destruyendo la rentabilidad de las empresas, pues son “caprichosos, consentidos y no saben perseverar”. A mi parecer, el problema va mucho más allá y no sólo por la volatilidad de quienes somos parte de esta generación.

Al principio, lo que leí en ese artículo me hizo rabiar, pero luego me decidí a buscar las razones por las que somos percibidos así quienes tenemos entre 18 y 34 años, y pertenecemos a la generación del milenio. Esto dio pie a que empezara a pensar en una constante: aún vivimos en casa de nuestros padres –o somos insuficientemente independientes. Y busqué datos para corroborar lo inevitable:

Según el INEGI, 67.1% de los millennials mexicanos viven en casa de sus padres, 28.7% viven con sus parejas (no necesariamente casados) y sólo 4.2% viven solos.

¿Es un problema de los millennials? ¿Nuestras personalidades nos hicieron inútiles? No, es un problema económico pues nosotros como universitarios percibimos un salario 30% menor a lo que ganaban nuestros antecesores sin haber estudiado.

Aquí tres razones por las que aún vivimos con nuestros padres o nos gustaría volver:


1. Porque tenemos sueños y queremos alcanzarlos

Estar con nuestros padres, nos permite tener un nivel de vida más alto que el que tendríamos con nuestros salarios de, en promedio, $8,906 pesos. Y así, apoyándonos en ellos, podemos concentrarnos en hacer lo que nos apasiona y no en tener trabajos que no nos gustan, que de cualquier manera no nos permitirían independizarnos pues las empresas están eliminando los sueldos base altos, y los intercambian por bonos para cualquier tipo de “extra” que les entregues.

En pocas palabras, podríamos vivir “más o menos” entregando nuestra alma a una empresa consolidada donde no nos apasione lo que hacemos, o podemos vivir “más o menos” haciendo lo que nos apasione.

Seguramente dirán que nuestra estabilidad profesional pende de un hilo, y que deberíamos tomar lo que se nos dé en lugar de buscar crear lo que queremos, pero no se trata de una lucha de voluntades sino de una constante búsqueda del equilibrio entre el bienestar físico, espiritual, social y profesional.

2. Porque tenemos deudas y queremos pagarlas

Somos la generación más preparada de la historia: tenemos títulos universitarios y especialidades diversas, sabemos utilizar la tecnología y tenemos capacidad de análisis y adaptación. Sin embargo, para obtener ese nivel de educación, muchos de nosotros tuvimos que endeudarnos con un crédito educativo o de otras maneras para obtener las herramientas necesarias.

Si a nuestros salarios bajos le restamos el pago de nuestas deudas, difícilmente podremos costear la renta de una vivienda, el pago de servicios y además el estilo de vida al que aspiramos.

Esto se convierte en un círculo vicioso, pues si no estudiamos no tendremos acceso a oportunidades, pero para tomar las oportunidades debemos endeudarnos, y nuestras oportunidades se convierten en lo que paga nuestras deudas.

3. Porque ganamos menos que cualquier generación y el costo de vida es más alto

En 1970 el salario mínimo en México era de $82.74 pesos, y según Miguel Reyes, director del Observatorio de Salarios Mínimos, valorando la inflación al día de hoy, eso equivaldría a $10,800 pesos. ¿Sí les dije cuánto gana nuestra generación con el mínimo de una carrera universitaria? Hoy, en 2016 el promedio es de $8,906 pesos… y te va bien.

Nos vemos obligados a tener más de un trabajo para acceder a lo que nuestros padres tuvieron con menos esfuerzo, pues la riqueza se sigue concentrando en generaciones más viejas que nosotros.

Pero nos gusta ser saludables, comer bien, hacer ejercicio, viajar, tener acceso a últimas tecnologías. Aún con dos o tres trabajos, apenas podemos alcanzar esos ideales sin tener en cuenta nuestra vivienda. Y personalmente, no creo que aspirar a una vida más apasionada tenga que ver con caprichos, sino con lo que creemos que debería ser la vida para todos, no sólo para nosotros.


Como dice otro artículo que encontré al respecto: “no tenemos un problema de gastos, tenemos un problema de ingresos”. No estaremos saliendo pronto de la casa de nuestros papás, ni estaremos alcanzando el nivel de vida que esperamos siendo independientes pronto.

No tenemos la capacidad económica para formar familias según nuestros estándares, ni para tener una casa propia (por lo menos sin ayuda de nuestros padres); no podemos tener acceso a grandes créditos y aún así eso implicaría endeudarnos nuevamente sin un beneficio posterior.

No aguantamos menos que generaciones anteriores como se piensa; al contrario, ellos nos han puesto en una posición donde no podemos alcanzar lo que nos han enseñado que podríamos tener.


Actualización: No, no vivo con mis papás ni volvería a su casa. Sí, sí trabajo más de 10 horas al día para permitirme mi independencia.


Este artículo originalmente fue una colaboración para Referente.mx publicada en 2015.