Eduardo

UNA YA TIENE una edad en que a veces ve muertos. Me pasa hace ya un tiempo, pero la sensación es más recurrente en los últimos años. Sucede más o menos así: voy sentada en el autobús, mirando por la ventana, y me parece reconocer a alguien que camina por la calle. Enseguida descarto la idea, porque caigo en la cuenta rápido que aunque tenga sus andares, aquella gabardina ¿inconfundible? O unas gafas idénticas en un rostro de una nariz similar, no puede ser quien pensaba porque ya murió. Parecen un pariente, un amigo, incluso un vecino. Pero sabes que no pueden ser. También he vivido esa extraña sensación mientras comía en un bar, y alguien llamaba mi atención en un pasillo. O en un cruce de calles, esperando al cambio de luz del semáforo. Es inquietante, pero a la vez me fascina. Cada fallo en el reconocimiento lleva a un recuerdo, como un hilo a su ovillo, y de un rincón de la memoria emerge gente que ha significado algo, que ha dejado una huella imborrable. La irrealidad que envuelve esos momentos se prolonga unos segundos y deja una mella casi imperceptible en el día que queda por delante.

Hoy hace un mes que falleció Eduardo, el de los libros. A Eduardo Fidalgo aún no lo he confundido por la calle con otro hombre delgado, con su boina y un poco encorbado, moreno de sol y, sobre todo, acarreando una cartera de piel muy chula, la cartera donde llevaba los libros que vendía por las redacciones de diarios en Barcelona. Ya cruzaba la puerta de nuestra redacción en los tiempos que estaba en la calle Diputación con una gran bolsa de novedades para todos los gustos. Sobre todo novela, pero también biografías y algún ensayo o incluso cuentos infantiles, cuando llegaba la Navidad. Le podías llamar y pedir títulos concretos, él a menudo avisaba a su vez cuando iba a pasar por la oficina. Y si no llevabas suelto te fiaba. Era un grande. Te transmitía recuerdos de algún compañero de El Periódico y luego, cuando ya nos habíamos trasladado a la sede actual, se llevaba tus saludos al otro lado del Paseo de Gracia, a El País, su siguiente parada en el recorrido de una tarde.

Así las cosas, Eduardo estuvo presente en este primer Sant Jordi que siguió su curso habitual sin él. En la añoranza de todos los que comprábamos más libros de la cuenta estos días, sí, pero también en el recuerdo de todos los títulos que conocimos por él, las reediciones de Stefan Zweig en Acantilado, las primeras traducciones de Gay Talese en Alfaguara. Las novelas negras que siguieron la estela de éxito de Henning Mankell, como las de Mari Jungstedt o Camilla Lackberg. Insistía con cabezonería en que probáramos nuevos autores, o simplemente desconocidos. Más de uno descubrió quiénes eran los pictos el día que trajo consigo el último volumen de las aventuras de Astérix. Nos animó a leer Casa de Hojas, el ladrillo de terror de Mark Z. Danielewski pese a que esos estrambóticos pies de página y notas laterales eran de lo más desalentador.

Uno de los muchos libros que nos recomendó, Mendel, el de los libros, cuenta la historia de un librero que, en palabras del narrador, «lo sabe todo y lo consigue todo. Un ejemplar de una raza en extinción, un saurio antediluviano de los libros». Eduardo habría pasado por Jakob Mendel si no fuera porque el gran personaje de Zweig era eso, ficción.

(Publicado en EL MUNDO DE CATALUNYA en mayo de 2015)