Nobleza de espíritu

ME DIO hace unos días por poner un poco de orden en casa y reorganizar el espacio. Entre los libros que moví de un sitio a otro un título llamó poderosamente mi atención. Nobleza de espíritu, tres ensayos sobre una idea olvidada, fue publicado por Arcadia en 2006. Rob Riemen, es uno de estos pensadores que desde la atalaya de la institución que preside, el Nexus Instituut de Tilburg, emite reflexiones y publica revistas para fomentar el análisis crítico de nuestra sociedad. Alude en el libro a los intelectuales que han desistido de su función crítica.

Si su frase de contraportada es un aviso en toda regla, «sin nobleza de espíritu, la democracia sucumbe ante su propia libertad», la fecha de lectura, anotada en la en la primera página, aún da más que pensar. El 1 de noviembre de 2006, los catalanes pasábamos por las urnas (o no, que ya la abstención era considerable) para elegir president de la Generalitat en un momento que parecía de inflexión. Lo era: el Estatut se había aprobado el año anterior, tras un referéndum, y el tripartito de Pasqual Maragall, que reivindicaba el logro de autogobierno con alegría, volvería a consolidarse con José Montilla a tenor de los resultados electorales. Noviembre de 2006 arrojaba un escenario político catalán con una Convergència i Unió de ¡48! diputados, un PSC con 37 y una ERC con 21. Ciutadans irrumpía en el arco parlamentario con tres, Iniciativa gozaba de 12 y el Partido Popular, de 14.

Con la mirada aún puesta en esa fecha garabateada en La nobleza de espíritu, el recuerdo se congela en una foto sepia. Han pasado diez años y seguimos ahí enzarzados, tirando unos y otros de una cuerda que no se acaba de romper y que nos distrae de todo lo que no es eso, tirar fuerte. En el Gobierno un Mariano Rajoy, presidente en funciones durante meses y sin prisa aparente. También un Rey que convoca una tercera ronda de consultas ¡tercera! Y una sensación de que la nobleza de la política, el fin último de su ejercicio, ni está ni se espera. La crisis sometió a la política, como a todos los ciudadanos, a un estado de sitio mental, a una vida de excepcionalidad, pero sólo algunos se dieron por enterados de que eran necesarios esfuerzos por el interés común. Las empresas de economía social, las cooperativas, el voluntariado a pequeña escala pero en todas partes sí que tomaron nota. Pasó el 15-M y nacieron partidos, otros se consolidaron, aún los hubo que se estrellaron o se tuvieron que reinventar. Pero la esencia de la mala gestión sigue intacta, ajena a quienes se debe, a los ciudadanos. Y la política en 2006 no era tampoco admirable. Luis Bárcenas llevaba desde el año 2000 sumando millones de euros en mordidas a sus cuentas, según se enjuicia ahora en el caso Gürtel, sin ir más lejos.

Cuenta Riemen que la decadencia de la sociedad se acrecienta cuando se pierden los valores morales, la dignidad, y también cuando se cruza la línea roja que separa el ejercicio de la libertad y el acrobático salto por encima de las leyes. Él escribe con la desesperanza de la mirada atrás, a un siglo XX lleno de decepciones sobre todo en Europa. Pero su reflexión es perfectamente vigente hoy, aquí. Y deja una puerta abierta a revertir la situación, aunque sea a través de las enseñanzas de otra filósofa, Jeanne Hersch que defiende que uno no debe rendirse ante los errores porque «el pasado no está jamás cerrado, sino que cobra significado a través de nuestros actos posteriores». En eso estamos, esperando aún «actos posteriores».

(Publicado en El Mundo de Catalunya el 19 de octubre de 2016)