Un ejército de 250 olmos

SON LO más parecido a un ejército de élite de lo suyo, una tropa de 250 olmos altamente cualificados para resistir la más temida de las plagas que han diezmado su población, la grafiosis. La enfermedad de los olmos ha reducido drásticamente los olmedos en Europa por la rápida propagación de los hongos que se infiltran en la savia de los árboles y obstruyen su circulación hasta matarlos. La Agència Catalana de l’Aigua y Forestal Catalana en colaboración con El Ministerio de Medio Ambiente, que trabaja en un programa para la salvaguarda de la especie a partir de la reintroducción de especímenes genéticamente blindados ante el hongo invasor, planta estos días sus 250 esperanzas para la supervivencia de los olmedos que tanto bien hacen en las orillas de los ríos. Detrás del proyecto hay mucha ciencia y tanta política: un presupuesto, una inversión, un acuerdo de dos administraciones para colaborar.

La marcha por la ciencia que se celebró simultáneamente en 500 ciudades del mundo este fin de semana ha servido para reivindicar la necesidad de devolver la agenda científica y especialmente climática a los cuadros de decisión políticas. La última crisis evidenció que el recorte en I+D y en ciencia es la primera medida que aplican los gobiernos, pero no ha sido hasta la llegada de Donald Trump a la Casa Blanca que la cosa no se ha puesto realmente fea. Su negacionismo del cambio climático y su estrategia de cuestionar verdades con una campaña política contra las fake news pone en entredicho esfuerzos que desde el siglo XIX han llevado paulatinamente a la conciencia social ante los efectos del hombre sobre el cambio climático. Fue Alexandre Von Humboldt el primero en detectar que la mano humana estaba incidiendo gravemente en el medio ambiente: al talar los árboles de la selva que rodeaba el lago Valencia en Venezuela, las lluvias habían barrido el suelo, los riachuelos creados por los agricultores para regar sus tierras hicieron desaparecer el sotobosque, la falta de sombra de los árboles impidió que la tierra conservara la humedad y el lago bajó de nivel de agua rápidamente. Corría el año 1800 cuando lo documentó. El presidente de los EEUU, Thomas Jefferson, se reunió con el científico en aquella época y estableció con él una comunicación intensa. «Para ambos, la agricultura era un empeño republicano y un acto de construcción nacional», resume Andrea Wulf en su brillante biografía de Humboldt La invención de la naturaleza. El científico inspiró a otros políticos contemporáneos suyos, como a Simón Bolívar, a quien trató en su juventud parisina, y convenció de la necesidad de proteger el ecosistema hasta el punto que lo hizo eje de su acción política. «Que en todo los puntos en que el terreno prometa hacer prosperar una especie de planta mayor cualquiera, se emprenda una plantación a costa del Estado, hasta el número de un millón de árboles, prefiriendo los lugares donde haya más necesidad de ellos», decretó en Bolivia en 1825.

Está claro que Trump no es Jefferson, ni Obama o el ex vicepresidente Al Gore. Precisamente su documental La verdad incómoda, que desvelaba los estragos de la acción humana en el medio ambiente, se ha convertido en dardo de las críticas de quienes los califican de manipulador.

Politizar la ciencia es un error si se enfoca desde una perspectiva económica o ideológica. Sólo apelando al sentido de Estado se puede avanzar en lugar de retroceder siglos atrás

(Publicado en EL MUNDO DE CATALUNYA el 26 de abril de 2017)