De como conoci a Sigifredo Noriega Barceló

Obispo Sigifredo Noriega con su hermano Dagoberto, en el nuevo Estadio Sonora, durante uno de los juegos de la Serie del Caribe

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Una Anecdota

Creo que para ninguno de nosotros es desconocido que el Obispo Sigifredo tiene una fuerte afición al beisbol y el verlo ahora portando la franela de México, que vistieron sus queridos Yaquis de Obregón para ganar la Serie del Caribe 2013, me hace recordar el momento en que conocí a Sigifredo Noriega Barceló.

Fue una tarde de sábado… hace ya unas cuatro décadas… tenia yo unos nueve años y la tía Alicia me había despachado, creo que con tres pesos en la bolsa, a que me fuera a cortar el pelo con Don Pablo Noriega, que lo hacía tal vez como afición o como actividad extra a sus labores de juez y demás… y era uno de los dos peluqueros hábiles en el pueblo además de “Nacho María”.

Entre a la casa de los Noriega Barceló, que tenía un amplio corredor que daba al patio y donde Don Pablo había colocado la silla en la que sentaba a sus clientes para cortarles el cabello con una maquinita manual.

Apenas me estaba yo acomodando en la silla, cuando comencé a escuchar una continua voz en inglés, que podía adivinar emanaba de una radio. Provenía de un extremo del corredor, un rincón que me quedaba fuera de la vista.

Don Pablo debió haber notado de inmediato mi cara de sorpresa, al escuchar esa fluida transmisión en lengua extranjera en aquel pueblo donde el único que yo sabía podía escuchar la radio en inglés era Don Alberto Noriega, porque dominaba ese idioma después de sus andanzas en California.

Tras notar mi asombro, Don Pablo con un orgullo que no podía ocultar, me dijo: “Es mi hijo Sigifredo, está en el seminario, y vino a visitarnos”.

Luego al ver que yo aún continuaba con mi cara de sorpresa me explico: “está escuchando un juego de beisbol”… y al seguir yo con los ojos de asombro, agrego, “el entiende ingles”. Uno o dos años antes, Sigifredo había estudiado en el seminario de Montezuma, Nuevo México, ubicado en una muy bonita zona del norte de ese estado, cerca de la frontera con Colorado.

Al terminar el corte de cabello, y caminar por el corredor hacia el pasillo de salida de la casa, pude ver a aquel joven Sigifredo, delgado, vestido con sencillez, sentado en el suelo, en la orilla del corredor, junto a la radio en la que seguía el juego con atención.

No hable con él, ni fui presentado, pero ese momento se me quedo grabado para siempre, y al llegar a la casa de mis abuelos, le narre a la tía Alicia aun sorprendido, que había visto a un hijo de Don Pablo escuchar un juego de beisbol en inglés.

Tía Alicia solo se sonrió y me dijo… “es el Sigi… es muy talentoso e inteligente, toca muy bien el piano y el órgano”. Tiempo después comencé a ver a Sigifredo creo cada año, o cada vez que venía al pueblo… Tía Alicia siempre hablaba de él con mucha admiración.

Cuando el padre Huicho decidió sustituir el viejo órgano de la iglesia, que estaba instalado arriba en el coro y funcionaba a base de pedales y que en ese entonces solo lo tocaba mi tía Alicia, por uno nuevo, electrónico, de doble teclado y con decenas de funciones, la tía se intimido por el nuevo aparato y resolvió no usarlo, hasta que llegara el Sigi, para que le mostrara como usar el sofisticado instrumento.

Creo que el órgano pasó seis meses en la caja, hasta que llego Sigifredo y lo estreno, sacando de él armoniosos sonidos que invitaban a la oración y que nunca antes se habían escuchado en la Iglesia y en pueblo.

Pacientemente, Sigifredo mostro a la tía Alicia como dominar el nuevo instrumento, pero ella nunca pudo utilizar todas las funciones y cada vez que Sigifredo visitaba el pueblo, la tía le cedía el lugar en el órgano para aprender un poco más sobre las capacidades del entonces moderno aparato.

Aún así, la tía siempre decía que no podía tocar como Sigifredo… Alicia, nunca oculto su admiración por el Sigi, desde sus tiempos como seminarista y después en el ejercicio de su sacerdocio.

Tía Alicia no vivió para verlo ser ungido como Obispo, pero sé que allá en el cielo se llenó de gozo, como todas esas almas que sabían tenían en Sigifredo, a un digno representante de Cristo en la tierra.


Originally published at desdelapirinola.tumblr.com.

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