Bernardo Blejmar: “Cada escuela tiene que encontrar su propio camino”

El educador argentino, autor del libro “Gestionar es hacer que las cosas sucedan”, sostiene que “la educación es un acto de amor” y que si bien los ejemplos de éxito que existen en el mundo lograron sus resultados transitando caminos diferentes, tienen en común que “están más preocupados por las personas que por los programas”. Agrega que estos modelos toman en cuenta la “integralidad” del niño, “crean redes”, “escuchan” y “declaran ignorancia”, lo que les permite “buscar y seguir aprendiendo”.

Blejmar tiene una larga trayectoria como docente en reconocidas universidades del mundo y se desempeña como consultor en el área de desarrollo y estrategia organizacional a nivel internacional. Estará en Montevideo los días 24 y 25 de abril dictando la conferencia “Educación siglo XXI: de Posibles Imposibles y Nuevos posibles”, organizada por Eduy21 con el apoyo de Fundación Itaú.

¿De acuerdo a su experiencia de trabajo, cuáles son las principales trabas que existen para la gestión en las escuelas?

Hay tres dimensiones de la gestión que a mí me parecen importantes. Una de ellas no está en manos de los educadores y remite a la sociedad misma. La televisión, la violencia, la miseria, la música, las redes son parte de algo que entra en la escuela gestionando más allá de los programas educativos. Esta es la dimensión de la cultura en la que vivimos, del discurso histórico en el que estamos, de los valores de nuestra sociedad. Por ejemplo, si el tema es el éxito a cualquier costa, esto también forma parte del set de valores. La segunda dimensión que bloquea o facilita son las políticas públicas educativas y el modo en que se gestionan. En ocasiones las políticas públicas educativas bloquean la posibilidad de desarrollo y autonomía de grandes procesos de transformación, sometiéndolos a rigurosas situaciones donde es más importante seguir un programa, una directiva burocrática, que el acto de educar. Si bien es importante que existan políticas para garantizar la equidad, la inclusión y el desarrollo, creo que juegan el doble rol de perturbar o facilitar procesos. Y por último, lo que bloquea o facilita la gestión en cada centro educativo, es la calidad y la consistencia de los educadores y del equipo directivo. Ahí hay muchas diferencias, porque hay escuelas muy cercanas en distancia pero muy diferentes según el equipo que las esté gestionando. Ahí es donde tenemos que trabajar.

¿Los adultos que formamos parte del sistema educativo, es decir padres, maestros, autoridades públicas, estamos creando las condiciones para aprender del propio sistema?

Creo que no. Aunque estamos tomando conciencia de que han cambiado una serie de cosas, entre ellas que el conocimiento ya no es patrimonio de la escuela. Está distribuido tecnológicamente en las redes, internet y en las pantallas. Eso tiene como todas las cosas su aspecto positivo y su parte riesgosa que ya conocemos. Con esta realidad entonces es posible que la escuela tenga espacios y tiempos para dedicarle a algo que creo que todavía está pendiente. Hablo de crear las condiciones para el encuentro, la conversación y el desarrollo de las personas como tales y no solamente para lo que podríamos llamar una “educación bancaria” como decía Freire (Paulo Freire) en términos de incorporar y sumar conocimientos que en muchos casos no van a ser útiles. La escuela ahora tiene que seleccionar cuales son los contenidos claves. Tenemos varios desafíos por delante y creo que hay conciencia de que hay que hacer algo distinto a lo que veníamos haciendo.

¿Se escucha la voz de los niños y jóvenes para mejorar los modelos educativos que tenemos hoy?

Cada vez más. Pero también creo que hay una asimetría que es necesario respetar. Si hay un educando y un educador es porque se constituye una relación asimétrica en términos de actores, es decir en términos de roles, maestro y alumno. Y hay una horizontalidad en términos de sujeto. Ambos dos son personas. Entonces me parece que escuchar es una cosa y someterse a aquello que definen los alumnos es otra. Por lo tanto es un diálogo, una conversación asimétrica en los roles y horizontal en las personas.

¿Cómo juega la expresión del amor en el acto de educar?

Educación es amor; no creo que haya educación sin amor. Puede haber transferencia de información y conocimiento, pero educación solo hay con un nivel de cuidado y confianza en el otro. Por lo tanto la educación es un acto de amor. Es darle al otro aquello que hemos recibido y dejar que ese otro cree lo que nosotros no tenemos. Esa es la posibilidad de que ellos hagan un mundo distinto, mejor al que nosotros hicimos.

En cuanto a modelos de gestión educativos que conoce y ha estudiado ¿hay algún ejemplo que considere vale la pena resaltar?

Hay experiencias positivas en muchas partes del mundo y en la propia Latinoamérica. En Ecuador el sistema educativo genera un acceso a la docencia sumamente exigente pero también muy prestigioso, igual que en la conocida Finlandia. Hay una cantidad de experiencias que todavía merecen ser relevadas y puestas en común como posibilidades de aprendizaje.

¿Qué tienen en común esos modelos?

Tienen en común algunas cosas. Primero tienen en común un punto esencial que son las ganas. El deseo que tienen los educadores y el equipo educativo en la tarea de enseñar. Lo segundo que tienen en común es que de algún modo están más preocupados por las personas que por los programas. Conciben a la educación, no como un tema de formación solo a través de los conocimientos yo diría casi llanamente de la cabeza, sino que entienden que el niño es cuerpo, emoción, lenguaje e ideas y por lo tanto esos proyectos educativos toman en cuenta la integralidad. Por otro lado creen que la escuela sola no puede y por lo tanto generan redes con otras organizaciones y se abren a la posibilidad de mirar más allá del muro de la propia escuela. Y fundamentalmente escuchan y declaran ignorancia. Y al mismo tiempo esa declaración de ignorancia los lleva a buscar y seguir aprendiendo.

Usted afirma que “los indicadores más relevantes para evaluar los efectos del reto serán la calidad y la cantidad de capital social que se logre instalar en la organización. ¿A qué se refiere con “capital social”?

Es un significante planteado por Putnam (Robert Putnam) que de algún modo significa la calidad y la cantidad de vínculos que una organización, un país, una comunidad o una persona tiene. Esto quiere decir que lo que yo no puedo, lo podemos con otros, si es que los conozco, me conocen y tenemos un vínculo importante. Y la escuela, que no puede sola, necesita de otros. Ese es el capital social. Pensemos la cantidad de padres que pueden ayudar al hecho educativo a través de sus contactos, saberes y experiencias. La cantidad de personas que conocen a otras que nos podrían ayudar. Eso es maravilloso y es lo que ha llevado a escuelas muy distantes, muy perdidas en la geografía de nuestra Latinoamérica a encontrar caminos y salidas al aislamiento. Creo que el aislamiento es tal vez una de las principales barreras que tenemos que superar como escuela y probablemente también como comunidad.

En su libro sostiene que no hay un modelo único y que no existen recetas. Por diferentes caminos se puede llegar a un mismo resultado, mientras se garantice la creatividad y la innovación ¿En qué tenemos que ser “innovadores” y “creativos” en las escuelas?
 
Para mí gestionar es hacer que las cosas sucedan, en el sentido de que la educación es acción y transformación. Es la posibilidad de que algo que era va a ser distinto con un despliegue de mayores posibilidades. Por eso innovar también es hacer algo que yo no cree. Innovar no es solamente hacer algo distinto; a veces es procesar los mismos elementos de otra forma. La verdad es que no hay mapas únicos. Hay pistas pero no manuales. Por lo tanto está abierto a que cada uno encuentre su mejor modo. Cuando decimos que a un mismo lugar se llega de muy diferentes maneras, podríamos decir también que hay maestros que logran el encuentro con sus chicos a partir de clases magistrales, otros que lo hacen a partir de trabajos grupales y otros a través de experiencias. Lo importante es cómo se genera ese encuentro. A veces si uno mira las gestiones educativas de Corea, Finlandia, Ecuador o Israel, que son algunas referencias, entre sí son muy distintas, por lo tanto llegan a algunos lugares parecidos de forma diferente. No me parece menor el proceso, porque a veces se llega a buenos resultados con procesos no tan buenos. Pero lo cierto es que no hay un único camino y creo que Uruguay, Argentina, cada escuela, tiene que encontrar su propio camino, su singularidad. Así como cada chico es diferente y cada uno de nosotros es irrepetible como humano, cada organización tiene su singularidad que hay que respetar.

El 24 y 25 de abril brindará una conferencia y un taller en Montevideo titulado “Educación Siglo XXI: De posibles Imposibles y Nuevos posibles” ¿Cuál será el foco de estas jornadas? ¿Con qué se encontrarán los participantes?

Espero que desplieguen y gatillen ciertas ideas y emociones. Porque un encuentro no es solamente un intercambio de ideas; es un encuentro emocional. En la primera jornada habrá una conversación abierta acerca de algunas miradas sobre la educación en general. Espero encontrar una conversación con la gente; me importa mucho escuchar. En cambio la segunda jornada que es un taller, vamos a dedicarla a un tema específico que está planteado en el libro: el papel de la palabra.