Esperar

Un hombre, grande, pasados los cuarenta, mira a través de un vidrio. Del otro lado del vidrio una mujer, joven, preparándose para los treinta, hermosa, golpeada, moretones en las cejas, los pómulos, la boca. El hombre detiene la vista en la boca de la mujer. Un segundo después aparece otra persona, desconfiada, histérica, celosa de la mujer pero atribulada. Observa, desde el borde de la cama de la mujer cómo el hombre la observa sin respiro. No a ella, la persona desconfiada, histérica y celosa, no. El hombre observa a la mujer accidentada, en la cama, que reposa. Esta persona, celosa, entiende que el hombre es un pervertido, un pajero sin remedio, que no puede evitar ver una mujer hermosa y aunque esté toda moretoneada la tiene que ver con esa mirada que, esta persona, cree que es lasciva. Decide correr el cortinado, cerrarle la vista al hombre, desaparecerlo, evitar la náusea que le provoca esa mirada atónita.

El hombre, grande y pasados los cuarenta, que mira a través del vidrio, cree que es posible, ahora que la encontró, esperar a la recuperación de esa mujer preparándose para los treinta y presentarse como quien realmente es: su padre.

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