buenas noches, señor sol

en lo político: de los muchos símbolos que juan gabriel es, su priismo es menos importante para los que lo escuchan y bailan que para sus críticos — críticos que, es de suponerse, no disfrutan demasiado de su música — no lo hacen ahora ni lo hacían antes de enterarse que juanga estaba alineado con el régimen.

en lo político: no sé cuántas veces haya juan gabriel cantado voten por el pri (solo sé de una, horrible, previo a las elecciones del dos mil), pero es muy difícil calcular cuántas veces le cantó al amor salvaje, al corazón vacío, al dios de las relaciones rompidas, a la distancia –que todo lo destruye–, a las noches heladas, al destierro, y a la recompensa y salvación que pueden brotar cuando se embonan las miserias con armonías dulces y ritmos bailables. y también, como nuestros ancestros, le cantó al sol.

en lo político: en un país donde extrañamente tener un mundo propio y reordenarlo en poesía o canciones es todavía asociado con jotería, putería, con pocahombría, pues sí: juanga –quien “creaba una realidad musical nomás suya”, como dijo monsiváis– es símbolo queer total. y háganle como quieran los asquerosos fóbicos, porque es imposible disociar al divo de dicha aura.

entre lo político y lo personal: juan gabriel escribió alguna vez un himno del destierro, y lo hizo bailable y pachanguero. no puedo imaginar ahora mismo un logro musical más alto en un mundo en el que –al menos desde ‘la odisea’– estar lejos del terruño solo significa melancolía, saudade, extrañamiento. dicho lo cual:

en lo personal: no hay cosa que –del otro lado del mundo, a miles de kilómetros de distancia de méxico, sentado en el oscuro bosque de la duda– me guste cantar más que “yo soy tan solo un pobre triste loco y solo vagabundo — y nadie me da un ride”.

en lo colectivo: lloremos juntxs y bailemos hasta que amanezca.

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