diles que nos están matando

la primera vez que leí pedro páramo lo leí dos veces: una de las diez de la noche a las dos o tres de la mañana, en mi cuarto; y luego de las dos o tres hasta las diez de la mañana, también en mi cuarto. fueron doce de las horas más, no quiero decir dichosas, porque la dicha es luminosa y lo rulfiano no es luminoso, pero —

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hace dos días leía sobre un científico que grabó –en un profundo pozo siberiano– las voces que emanaban del infierno. ciencia dura. anoche también leía el testimonio de un espeleobuceador que sobrevivió sesenta horas en una caverna con poco oxígeno, sin luz ni comida. y hoy que juan rulfo cumple cien años no puedo sino pensar que pedro páramo es una especie de bajada espeleológica, pero sin linterna, o con una vela cansada, en la que estamos más en las manos –llamémoslo así– de las voces de los fantasmas de comala que en las propias. se sabe: pedro páramo es el libro de alguien que cierra los ojos, pero no las orejas. “y aunque no había niños jugando, ni palomas, ni tejados azules, sentí que el pueblo vivía. y que si yo escuchaba solamente el silencio, era porque aún no estaba acostumbrado al silencio; tal vez porque mi cabeza venía llena de ruidos y de voces”.

en los descensos al inframundo el albedrío no es libre, porque ni siquiera existe. si acaso se tiene el control de la respiración (a cada terceto de la commedia le corresponde una bocanada de oxígeno) y la respiración importa bastante para leer pedro páramo: si uno no controla sus pulmones, ese libro acaba por asfixiarte, sin condescendencias, entre calor y sollozos. con sus asesinatos, sus violaciones, sus familias abandonadas, sus tristezas sociales ancestrales, sus iglesias culposas, sus lamentos y gritos que vienen de quién sabe dónde (“tal vez sea algún eco que está aquí encerrado”), pedro páramo es un libro de horror, no de muertitos; es un libro sobre méxico, no sobre su folclor. “nos están matando” es la rulfianísima consigna de este martes tras el asesinato del periodista javier valdez. “no le quedaba otro camino. se resolvió a eso también por bondad.”

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aquéllas fueron doce de las horas más reveladoras de mi adolescencia. la dicha es luminosa y lo rulfiano no es luminoso, pero reveladoras sí fueron porque para revelar una película hace falta oscuridad. y qué buen país es méxico –rulfo y valdez lo supieron– si se quiere relatar lo escuro.