La última tarde

¿Recordás si te dolió crecer?

Yo a veces lo pienso, y creo que sí; y bastante, como un dolor de panza después de comer demasiado, lo recuerdo como un dolor de muela de esos que parten un pedazo tuyo en dos. Bueno así mismo duele crecer.

La inocencia no se conserva demasiado, no al menos esa línea delgada en que te das cuenta que de verdad el mundo no es mágico. No hay hadas, no hay duendes, no hay nada.

Podes seguir creyendo, pero entonces estás medio loco.

Es posible no estar en tus cabales, pero es más lindo vivir pensando que hay un poco de magia en el mundo.

Hace mucho en uno de esos lugares lejanos que solo vamos cuando necesitamos estar solos, o cuando queremos escuchar leyendas, o mejor aún, uno de esos lugares a los que vamos cuando necesitamos creer en algo.

El paisaje arbolado, las pequeñas casitas, las débiles luces nocturnas, y un murmullo, siempre había un murmullo.

Así era y así lo fue durante mucho tiempo.

En este pueblo había muchas leyendas, todas estas sin ser comprobadas.

Un día como todos los días los niños se juntaron a jugar en un patio, aún la fantasía vivía dentro de ellos, los monstruos, el misterio, las luces brillantes en la noche, todo era verdad ¡Tan hermosa era la inocencia, tan poderosa la imaginación!

Esa tarde de juegos, antes que les cambien los deseos sería la última. No lo sabían pero así era.

La magia existía, vivía adentro resguardada en un lugar de la mente. Hasta que un día se convierten en adultos cínicos y ya no creyeron en nada ni en ellos mismos.

Se sentaron y contaron que todos en el bosque habían experimentado alguna presencia extraña. Y aunque buscarán alguna respuesta lógica no la había, el bosque debió estar encantado.

Una vez Ramiro, sintió que la ventana golpeaba muy fuerte, se acercó y vio muchas luces cayendo del cielo. De grande aprendería que solo era una lluvia de estrellas y viento. Tuvo la suerte de verlo, pero en ese momento sintió que el universo lo había elegido y que su destino estaba marcado por esas estrellas. Se impresionó mucho, pidió tantos deseos que para cuando terminó ya no había más que las estrellas de siempre, si, si era verdad, él vio que las estrellas lo habían elegido. Toda la galaxia entraba en el marco de su ventana, o al menos eso es lo que grabó en sus retinas, las hermosas luces del universo, lo estaban esperando. Tal vez hubiera sido un buen astronauta, pero… En el pueblo nadie necesita astronautas.

Luego de algunas risas, Martín también tenía una historia.

Volvía de jugar a la pelota y el sol recién se estaba yendo, el cielo era naranja y rosa, típico atardecer de verano. Caminaba a su casa pateando piedritas, una y otra vez hasta que pateó una muy fuerte y rodó bastante lejos, embelesado en su juego siguió la dirección de la piedra, ahí llegando a las orillas de un riachuelo de agua estancada, al que todos llamaban río. Lo llamaban así para hacerlo más lindo aunque sea por fonética. Él había escuchado que en el río habitaban fantasmas.

Esto fue producto del miedo que produjo un suicidio ahí mismo. La superstición puede más que el sentido común en muchos casos. Si algo vive ahí es la desesperanza.

Quizás el fantasma más terrible, es la sombra del desamor que inunda el lugar.

Todas las tardes un hombre anciano se sentaba en la orilla del río y hablaba por horas con alguien que no estaba ahí, claro, él era el fantasma.

Él era un fantasma pero no por estar muerto, él simplemente no interactuaba, pasaba las tardes en el río y solo se iba para comer.

Nunca se cruzaban en el pueblo con él. Vivía solo y estaba muy triste.

Claro, las circunstancias hacían que pareciera un fantasma, pero la verdad es que se sentaba en la orilla y esperaba que la tarde muriera y le regalara unos cuantos colores. Eso alimentaba su espíritu, porque hasta en el día más malo el atardecer regala sus colores.

El pequeño miraba fascinado el atardecer, cuando notó al anciano.

Se llenó de miedo al ver sus arrugas y su ropa maltrecha a las orillas del río ¿qué hacía ahí?

El anciano al ver su cara de espanto se paró y caminó hacia él, pero el pequeño salió corriendo, no era la primera vez y no sería la última vez que la gente huía de él, pero todas las veces le dolía el alma igual. No siempre estuvo solo, pero casi siempre estuvo triste. Un día creyó en cambiar al mundo, pero el mundo se negó y le quitó cosas que amaba. Siempre que la gente huía sentía la misma opresión en el pecho, la misma pesadez en las piernas y las lágrimas agolpándose en sus ojos. Así que se escondió entre los árboles, de modo que cuando Martín miró de nuevo hacia ese lugar no vio nada y entonces era verdad que existían los fantasmas en el río. Y así lo creyó por unos años más, hasta que el hombre y él se encontraron en la calle, Martín le regaló un poco de atención y el anciano fue más feliz que viendo el atardecer.

Martín habló de aquello con sus amigos, acerca del horrible fantasma y todos prestaron atención, esa era única la prueba que necesitaban.

Pero en fin, pasaron muchas historias por ese patio y tarde particular, hasta que llegaron al final.

La única niña en el grupo comentó que todas las noches escucha lamentos, que no sabe bien de dónde vienen, pero suenan fantasmales, voces que piden ayuda. No les teme, sólo quiere poder ayudarlas.

Quizás sea el cementerio, quizás sea la comisaría, o probablemente el hospital. Lo que sea no es un fantasma, está vivo. Es un lamento real.

Viene desde adentro de la injusticia pero no lo saben, solo sueñan que un alma pide llegar al cielo.

Un cielo que se nos promete pero que realmente no conocemos.

La tarde de a poco moría y caminaron a sus casas mientras ella contaba su historia, escucharon los gritos mientras se acercaban a la casa de la niña.

Sintieron mucho miedo, no había dudas, los espíritus salen de noche.

Los niños muertos de miedo, no entendían como ella no moría de miedo.

Ella sabe a qué hora exacta empiezan los gritos, y a qué hora se apagan.

A veces siente que su madre también escucha los gritos, por eso la encuentra mirando largas horas por la ventana con la vista tan perdida y los ojos tan grandes que entran todas las constelaciones, pero seguro que también entran un par de lamentos y por eso se ve tan triste. Ella ha intentado preguntar, pero todos bajan la mirada. Los adultos siempre ayudan a la impunidad.

Aprenderán casi todos ellos al crecer que hay cosas de las que no se habla.

Hoy solo piensan que son fantasmas, y quizás en el futuro lo sean. Cuando llega a la puerta de su casa, ella se prepara para la larga noche que se avecina.

Muchas veces, al oír lamentos y pedidos de auxilio, corre y se duerme con su hermano más chico, no porque él vaya a cuidarla, es más bien para asegurarse que él esté bien.

Otras noches sin embargo todo está en calma, no hay gritos y el cielo se llena de estrellas. Parecen brillar más fuerte y ella sueña que son las almas que finalmente se fueron.

Algunas otras noches toma valor y mira por la ventana de su pieza, la medianera baja la deja ver las demás casas y edificios precarios que los rodean en el semi-campo que viven.

Le molesta que la luz de un lugar apunte siempre a su ventana y le alumbra la cara.

Su cortina no llega a taparla, se siente muy observada, y solo logra dormir si se tapa la cabeza con la sábana.

Esa misma noche todos se sintieron distintos, quizás sea porque se dieron cuenta que los gritos provenían de una casa, y quizás sintieron ahí mismo morir la ilusión o peor. Se sintieron impotentes. Ese sería un sentimiento que los acompañaría muchas veces en la vida.

Esa noche al intentar dormir, sentirían la magia yéndose, dejándolos solos, ya no hubo manera, ya no hubo más explicaciones inocentes, ahora todo era como era.

Ojala no dejasen que la indiferencia les marque el alma, ojala que pudieran vivan orgullosos de ser quien eran.

Ojalá se recordase siempre la infancia y las ilusiones que se tenían.

Si hubiera un momento antes de partir en que te dejarán revivir una sensación, elegiría esa inocencia en la mente, esas ganas de creer en fantasmas. Lamentablemente nunca creí, los vivos siempre me dieron más miedo.

Me gustaría creer que esa magia que un día nos deja, queda flotando en el aire esperando que alguien pase y se la lleve.

Que vive en los días de verano de tardes eternas y cielos naranjas. O en los inviernos de café con leche. En donde sea solo espero que alguien la encuentre otra vez.

Y que haga con ella miles de cuentos que llenen el mundo…

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