Tierra de pingüinos

Estaba en cuarto grado. Mi señorita se llamaba Marta. Usaba grandes lentes de sol, mismo en días nublados, alta, delgada, pelo corto con claritos, segura y muy exigente. Era el primer año que teníamos clases de Ciencias Sociales y Ciencias Naturales, se acabaron los cuadernos, vinieron las carpetas y tuvimos que separar las materias con cartulinas de color.

Era abril de 1982, hacía frio y la proximidad del invierno se hacía notar en el patio gris y húmedo donde nos formábamos antes de entrar a clase. En esos dias apareció una docente joven que estaba haciendo prácticas en la escuela y la directora le encomendó una clase especial sobre ubicación geográfica, fauna y flora de las Islas Malvinas, que sería dada a todos los grupos. Entre diapositivas y mapas, pingüinos, krilll y otras especies raras, descubrimos aquel paraíso del que nunca habíamos oído hablar.

En la misma semana aprendimos de memoria, con la señorita de música, un himno nuevo que pasamos a cantar todos los días en el patio después de la oración a la bandera. Las Malvinas eran nuestras a partir de ese momento.