Adelantado en la salida


Estás muy pos­esiva. Aunque no, no sería esa la defini­ción cor­recta. Eso me suena a que un demo­nio te poseyó. Debería decir, rísp­ida, afi­lada. Como botella rota en la mano del bor­ra­cho que sin dudarlo la hundiría en la panza del amigo que, obvio y tardío, se arrep­entiría de haber defen­dido con tanto fer­vor su pos­tura. Algo así podría ser.

Estábamos sen­ta­dos a la mesa de un bar, ella no se había quitado el saco de lana y yo tenía un cig­a­r­rillo apagado en la boca. Ya no se podía fumar en cualquier lugar.

El bar estaba casi vacío, había una mesa hacía el final del salón ocu­pada por un tipo al que le calculé unos 60 años, vestido con traje, sin cor­bata, que hoje­aba dis­traído un diario mien­tras tomaba whisky. Lo supe porque pude ver al mozo acercarse con una botella de Chivas 12 Años y servirle una medida doble y generosa, imaginé que el viejo era cliente y envidié un poco su soledad y su distancia.

Nosotros ped­i­mos café, yo negro, ella con leche y dos medi­alu­nas. Norita cada tanto me miraba, o eso parecía. Tenía sobre la mesa su café con leche y mien­tras curioseaba por la ven­tana, mordis­que­aba una medi­aluna. Curioseaba, mordis­que­aba, me miraba. Y así. Siem­pre hacía lo mismo cuando le plante­aba cosas que eran impor­tantes para mi, me ignor­aba o divagaba. La ver­dad, yo ya estaba un poco harto.

- Norita, me estás escuchando?

- Si, si. Me decías que te sen­tís pre­sion­ado, obligado.

- No, te decía que estás afi­lada, difí­cil. Agresiva.

- Bueno, es lo mismo no?

Por supuesto que no es lo mismo Norita. Como tam­poco es lo mismo cojer todos los días que no hac­erlo por seis meses. Como tam­poco es lo mismo sen­tarse con el culo al aire sobre un hormiguero o no sen­tarse ni poner el culo al aire. Como no es lo mismo que yo sienta este can­san­cio y esta desidia que me llenan de polil­las las palabras y me revientan los dientes como boxeador en retirada, perdido, quebrado, sin nada para llevarse, sin mucho para dejar. Boxeador sin dientes, que ya ni sonrisa le queda.

- Lam­en­ta­ble­mente Norita, no; no es lo mismo.

- Siem­pre tan cor­recto vos. Siem­pre tan orde­nando para decir lo que decís. ¿Por qué no te sacás de una vez por todas la careta? ¿Ah? ¿Por qué no decís lo que ver­dadera­mente estás pen­sando? ¿O vos creés que yo no me doy cuenta que tenés ganas de man­darme a la mierda? ¿Que ya estás harto de nosotros y esta come­dia berreta? ¿Cansado como yo de este amor enlatado y que como yo, te querés ir bien lejos?.

Mien­tras hablaba, Norita había estam­pado desde una dis­tan­cia corta la medi­aluna que sostenía en su mano derecha con­tra el platito blanco en que el mozo la había traído, des­en­ca­de­nando una explosión de pequeñas migas que habían caído var­ios cen­tímet­ros a la redonda sobre la mesa. Un espec­táculo digno de una Nikon y un lente macro, y eso que yo de fotografía, nada. Norita miró con bronca las migas alrededor del plato, quizá pensara que la naturaleza estaba dibujando cosas, interviniendo a sus espaldas mientras ella decía o empezaba a decir sus verdades, y esa aparición de lo real la molestaba, la ponía más fiera y más filosa.

- ¿Sabés que pasa Car­los? Que yo tam­bién tengo ganas, ganas que me toquen otras manos y que nuevas bocas me digan otras pal­abras, ya estoy cansada de oírte decir todas las noches lo mismo, tus frases de poeta amargado y eno­jado que no me calien­tan ni siquiera un poco Car­los. Todo lo con­trario, me dan asco. ¿Sabés que quiero? Quiero que me lleven a cono­cer Nueva York, si, aunque pienses lo que seguramente estás pensando, que soy cursi y que mis deseos están con­stru­ídos con lugares comunes y nov­e­las de cotil­lón. ¿Sabés qué pasa? Mis sueños son mejores que la real­i­dad que vos me das, por eso los pre­fiero. Quiero que me toquen las tetas en un hotelu­cho barato de Brooklyn, que me las toquen hasta dejarme cansada y ham­bri­enta encima de la cama. Quiero que me empu­jen y me tran­spiren la espalda y se olv­i­den de mi y me busquen solo para usarme.

Le bril­l­a­ban los ojos. Se había recostado sobre la silla y parecía evo­car recuerdos en lugar de construir deseos. Como si esos sueños con los que me estaba hachando al medio la vida, ya hubieran ocur­rido. Como si fuera capaz de sen­tir esos olores y esas manos con las que ahora me hacia sufrir en un bar cualquiera y en una noche que nunca supuse que ter­mi­naría así. Norita había abierto una puerta, se estaba yendo.

- Yo estoy sola hace muchos años Car­los, vos me acom­pañaste tan poco. Nada de nada me acom­pañaste. Pero si me di cuenta la clase de hom­bre que eras después de la primer noche jun­tos. Un tipo que se lava los dientes a los dos min­u­tos de cojerse una mina, o es puto, o es una mierda de per­sona. Resul­taste ser lo segundo, de lo primero todavía no estoy segura. Pero no se qué me pasó, me habré cansado que te dejé quedarte. Que me olvidé quién era y me dije que quizá, que tal vez podías ser el indicado. El que se muera para darme per­miso de morirme yo. Me equivoqué y quizá sea tarde. Pero igual no me importa, lo mismo voy a hacerlo.

Norita hablaba y se limpiaba enér­gi­ca­mente las manos con una servil­leta de papel, tomaba la servilleta con la mano derecha y envolvía de a uno los dedos de su mano izquierda, girando con odio el papel y limpiando, primero un dedo, después el otro, hasta terminar con todos y soltar la servilleta rota y sucia sobre la mesa. Mien­tras hacía eso no dejaba de mirarme a los ojos y torcer los labios como si estu­viera mas­ti­cando espinas. Como cuando comemos pescado, que tenemos que rebus­car entre la carne hecha papilla, hur­gar con la lengua en ese paté caliente y ácido hasta dar con una espina y ahí realizar un ridículo movimiento de boca, lengua, cara interna de las mejil­las, y entonces sí sacar la espina por un tubo de labios, una cav­erna de expul­sión, y una vez afuera de la boca tomarla con los dedos y no estar seguros de qué hacer con ella, hasta que final­mente no resolvemos nada mejor que dejarla apoy­ada sobre el borde del plato, como un tesoro asqueroso que nadie fes­teja haber desenterrado.

Así movía Norita su boca mien­tras me decía las peo­res cosas que jamás me había dicho, rebus­cando entre nue­stro pasado y dejando a un costado las cosas bue­nas para sólo detec­tar las espinas y sacar­las de la boca y encon­trar­les un mejor des­tino que el borde del plato. Yo. Clavaba con certeza cada una de sus espinas en mi y me dejaba un poco más roto que la servilleta, un poco más sucio, un poco más inútil a cada palabra.

Norita apre­tu­jaba su abrigo de lana con­tra su cuello y comen­z­aba a pararse de la silla mien­tras bus­caba algo por detrás del respaldo. Yo estaba seguro que había salido de nuestra casa sin cartera y que tam­poco había traído bufanda. Pero algo bus­caba y el no encon­trarlo la ponía más frenética.

- No me jodas más Car­los. Voy a pararme. Voy a dejar de ver tu puto cig­a­rro apa­gado de siem­pre, voy a salir por esa puerta y no voy a volver más.

Ya había aban­don­ado la búsqueda por detrás de la silla y parada frente a mi parecía darle inicio a un proceso irreversible de ausen­cia. Miraba nerviosa hacia los costa­dos, por un momento pensé que quizá estaba bus­cando al mozo para pagar la cuenta. Pero no, sim­ple­mente dejaba que su mirada se fuera primero, o tal vez ansi­aba encon­trar una señal, la patente de algún auto con sus ini­ciales, un señor de pelo canoso con tri­cota azul marino, un pájaro noc­turno, una can­ción en la radio, algo que por mín­imo que fuera, le con­firme que todo lo que dijo fue un error, un arrebato provo­cado por la cafeína, una descarga eléc­trica que había logrado las­ti­mar los cir­cuitos, pero no romper­los. Un sím­bolo de la rutina, una pal­abra de la ciu­dad que con­firme que aun podía arries­gar un par de años más por mi, por nosotros. Pero no, nada de eso pasó, ni tri­co­tas, ni pájaros, ni can­ciones. La noche se rompía por fuera de nues­tra mesa de bar y nosotros; perdón, yo, qued­aba ais­lado en la oscuridad mien­tras Norita escapaba al naufra­gio y me dejaba hundirme despacito en un terrible y solitario mar.

- Carlos, esto es una mierda.

Dijo esta última frase con una con­vic­ción tremenda, innece­saria. Cam­inó hacia la sal­ida y mien­tras empu­jaba la puerta del bar me dedicó una última mirada. Después nada, desa­pare­ció y me quedé solo frente a una taza de café con leche media vacía, un par de medi­alu­nas mordis­queadas y una noche que ter­minaba en irónica tragedia.

Metí la mano en el bol­sillo del pan­talón, ahí estaban las llaves de nuestra casa. Por un momento me asusté al pen­sar que no yo, sino ella, podía haberse olvi­dado su juego de llaves. Las cosas están jodi­das para que una chica camine sola y tarde por la calle. Pero no, siem­pre que salíamos nos llevábamos los dos jue­gos, uno cada uno. Era nue­stro rit­ual per­sonal y no con­fe­sado, pen­sar que la noche podía ter­mi­nar de for­mas muy difer­entes a como la habíamos planeado y tomar por eso pre­cau­ciones, vos tus llaves, yo las mías.

Pen­sar que la noche podía terminar de formas muy diferentes. Como hoy.

Cal­culé que Norita, empujada por el enojo, tar­daría unos quince min­u­tos en lle­gar a la casa y una hora más en dormirse. Me levanté de la mesa y me acerqué a la barra. Pedí whisky, Chivas 12 Años, quería volverme viejo, quería entender lo que sólo es posible entender cuando las cosas se atraviesan y al hacerlo nos degarramos un poco, dejamos jirones de eso que somos y nos movemos lentos y dudosos hacía aquello que queremos ser.

Bebí, lo hice con ded­i­cación, sor­bi­endo a cada trago mi humil­lación y mi dolor. El alco­hol suavizó lo suficiente los golpes y sirvió para enderezar el amor. Decidí que lo mejor sería pedirle perdón a Norita y tratar de arreglar las cosas. A los 45 no me imag­in­aba con otra per­sona y a pesar de todo lo que dijo, creo que ella tam­poco se imag­in­aba con nadie que no fuera yo.

Supuse que ya habría pasado un tiempo pru­den­cial como para volver a casa y encon­trar a Norita dur­miendo. Quería dejar pasar la noche y aprovechar la mañana para hablar con la cabeza más despe­jada. Los mozos del bar estaban levantando las sillas y colocándolas sobre las mesas, la noche cerraba en la ciudad. Pagué lo mío y me fui. Afuera el frío era tajo en las manos y en la cara. En la puerta del bar le di fuego al cigarrillo y arran­qué. Cam­iné rápido y sin pen­sar demasi­ado. Llegué a casa, abrí la puerta, entré y me fui directo a la habitación. Todo estaba a oscuras y silen­cioso. Pensé que se habría dormido, eno­jada. Quizá debería haber salido detrás de ella cuando se fue del bar y arreglar las cosas antes. No dejar pasar tiempo. A veces es bueno esperar, pero otras la espera engen­dra odios que después, se hace más com­plejo desactivar. Encendí la luz del baño y el brillo tenue que escapó por la puerta abierta me dejó ver la cama. Estaba vacía. Encendí entonces la luz de la habitación.

Norita no estaba. Encima de la mesita de luz había un papel escrito a mano, con lápiz.

- Carlos, todo lo que dije fue ver­dad, no me arrepi­ento de nada. Me fui a buscar yanquis que la tengan más dura que vos. No me busques. Nora. P.D: siem­pre me rompió las pelotas que me digas Norita.

Me tiré en la cama a pen­sar un poco y de tanto ver el techo me quedé dormido. Al otro día no pude encon­trar la val­ija que usabamos cuando nos ibamos de vacaciones.

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